Los microrrelatos de Elena Sánchez

En un desierto de besos…

I

Con las palabras también se puede besar. Por eso la joven poeta se esfuerza en buscar la palabra certera, aquella capaz de sustituir a una tormenta de besos. ¿Existe? Poco a poco se las hace llegar a través del servicio de mensajería instantánea de su teléfono móvil. Él también es poeta. Un poeta de palabras ausentes, continúa pensando días después.

II

No paraban de llegar acompañados de insistentes y breves tonos musicales. Había quienes decidían silenciar el aviso de las notificaciones. Para acallar la conciencia se excusaban en el teletrabajo. En la residencia, un octogenario acercaba su nariz a la pantalla; aseguraba que algo allí dentro olía a golosina. El alzhéimer cada vez va a peor, comentaba en voz alta una auxiliar de enfermería mientras dudaba en responder al último mensaje con uno, dos o tres besos de emoticono. En un rapto de añoranza, fantaseaba con el sabor de los besos que enviaba su amante. Durante la cuarentena se había declarado una epidemia de besos virtuales. Otra vez los epidemiólogos habían llegado tarde.

III

¿A qué venía aquel arrebato de sonrisas amarillas y corazones de colores, aquella explosión de dibujos en pantalla intentando dibujar los contornos del amor? Secretamente sabía que pertenecía a la resistencia. No había besos sin otros labios con los que encontrarse, ni palabras que salvaran las distancias. Y lo otro, lo otro era la mayor mentirijilla que se estaban contando los adultos en el jardín de infancia de la virtualidad.

IV

Lo mejor de la vida es sentir deseos de bailar. Instintivamente la mujer acompasa el movimiento de su cuerpo a la cadencia suave de una bossa nova. El cuerpo se acaricia solo cuando se funde con la melodía. Un vecino escucha el dulce suspiro de la última nota. Y los besos, ¿dónde quedaron los besos?, piensa la mujer mientras cierra la ventana de su habitación.

V

Fue gracias a la navidad que pudo besar, por primera vez, las mejillas del que, más tarde, sería su marido. Esa navidad repartió más besos. Para una chiquilla como ella, lo bueno de la navidad era salir de la aldea y visitar las casas cercanas de familiares y vecinos. Era costumbre besar a los muchachos y muchachas de cada casa para felicitar las fiestas. Sin un motivo como ese, aquellos besos hubieran sido un atrevimiento. Nada que ver con lo que vino después. Besos en mitad de la calle, sin pudor. Sorprender a una hija besando a un joven en el portal de casa. ¿Quién lo habría imaginado? Aquella navidad, acompañando a su madre y a su hermana en la ronda de visitas, repartió muchos besos. Pero fue el calor de sus mejillas el que se quedó grabado en la memoria táctil de sus labios de chiquilla. Tuvo que esperar algún tiempo a que él viniera a buscarla y guardar aquellos dos besos como su bien más preciado. Y ahora, una navidad sin besos, ¿quién lo habría imaginado?

VI

La niña todavía no lo sabe; mueve tenuemente sus brazos, estira una pierna, después la otra. Intenta curvar la espalda. Toma todo el aire que cabe en sus recién estrenados pulmones; al expulsarlo su llanto se deja oír por toda la casa. La niña todavía no lo sabe, pero no tardará en sentir un calor que la arropa, el dulce arrullo y un olor que la reconforta. La niña no lo sabe, pero está a punto de crear un beso: llega hasta sus mejillas una leve caricia de algodón. La niña no sabe cuántas veces necesitará romper a llorar para encontrar un beso que la calme. ¿Es posible una vida entera buscando besos de algodón?

VII

Pasados los días, el poeta se decide a contestar. La poetisa no tarda en responder. Tras una ausencia de besos se apaga la pantalla.

 

 

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