Los artículillos de Antonio Balsalobre

Retrato

Definitivamente, Madrid está siendo la historia de dos ciudades. Una al norte, rica y apetitosa. Otra al sur, más pobre, más densa, más confinada, que como diría Dickens se adentra en “el invierno de la desesperación”. Pero no son dos compartimentos estancos. Los del sur tienen que subir al norte, para luego volver. “¿Quieres que me confine cuando regrese a mi casa después de atravesarme todo Madrid / en un metro atestado / para limpiar tus calles / para cuidar a tu padre enfermo / para servirte comida / para dejarte el paquetito de Amazon en tu alfombra?». Es lo que denuncian las asociaciones de vecinos madrileñas en un tuit. Este virus no para de sacarnos las vergüenzas. Nos retrata como lo que somos, como los espejos cóncavos y convexos del esperpéntico Callejón del Gato valleinclanesco: muy desiguales. A unos esbeltos y alargados socialmente; a otros, achatados y embotados.

Rondar la puerta

Leo que dirigentes del PP plantean vender la sede de Génova 13 para desvincularse de la ‘Kitchen’ y la corrupción. Me imagino dentro de unos meses, unos años, esta declaración de un militante apócrifo y escéptico: “La justicia no se descuidaba de buscarnos; nos rondaba la puerta… Vimos que duraba mucho este negocio, y más la fortuna en perseguirnos, (…) y como obstinados pecadores, determinamos, consultándolo primero con la Grajal, de pasarnos a las Indias con ella, a ver si mudando mundo y tierra, mejoraría nuestra suerte. Y fuenos peor, como vuestra merced verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y de costumbres”. No sé por qué recuerdo haber oído o leído ya esta confesión en algún lugar. Ah, claro. En la “Historia de la vida del Buscón” del portentoso Francisco de Quevedo.

Memoria

Que los restos del dictador dejaran de reposar junto al de sus víctimas en el mismo megamausoleo que, como mano de obra esclava, les obligó a construir, no fue en modo alguno un acto de venganza sino de justicia. De justicia a secas, sin adjetivar. Del mismo modo que lo es el anteproyecto de Ley de Memoria Democrática que, recogiendo el mandato de la ONU, el Parlamento Europeo y el Congreso de los Diputados, el Consejo de Ministros aprobó el martes. Hay quienes quieren sepultar la memoria, como diría Cernuda, en “vastos jardines sin aurora”, allá lejos, donde habita el olvido. No lo podemos permitir. Vivir es recordar. Sin ningún afán de revancha, que no lo hay y además sería extemporáneo. Sin ningún deseo de reabrir heridas (que en todo caso nunca se han cerrado del todo), sino con la inequívoca voluntad de «encontrarnos con la verdad, la justicia, la dignificación de las víctimas, el perdón y la convivencia de los españoles».

Banderas

Si las banderas curaran, Madrid estaría hoy libre de coronavirus. Pero el bicho no se amedranta tan fácilmente. Mucho menos ante una presidenta desnortada soltando una sarta de mentiras o medias verdades y envuelta en una escenografía “banderil” de película de Berlanga. Ante esa presidenta, el bicho se descojona. Sánchez, con cara de palo, aguantó el chaparrón. Es maestro en manuales de resistencia. Las insignias detrás de las cuales, usted, señora Ayuso, intenta parapetarse, no son banderas, son otra cosa. Las banderas verdaderas habitan en el corazón, representan a las patrias que cada uno de nosotros lleva dentro o en sus zapatos. El lunes, detrás de Ayuso, que fue quien las puso, no parecían las enseñas de un pueblo sino trapos esgrimidos para espantar conjuros. Al virus se le combate, se le intimida, de otra manera.

 

 

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