Las revoltosas meninas, según María Parra

Las revoltosas meninas

Desde esta altura veo todo lo que está pasando allí abajo, en ese pueblo cuyo devenir conozco mejor que nadie: siglos y siglos oteando la vida de los ciezanos a los que doy sombra y seguridad. Mis piedras se entristecen cuando hay alguna desgracia que asola el pueblo, y por aquí he visto tiempos de epidemias, de feroces luchas, de muertes desgraciadas…pero también he sentido momentos alegres, de sana diversión, ocasiones en las que los ciezanos vibran al unísono, en los que gozan unidos, sin distinciones ni enfrentamientos. Y es el carnaval cada año, cercana ya la primavera, uno de esos momentos que incluso yo disfruto desde esta altura prominente. Hombres y mujeres hacen un hueco en su obligación diaria, en su trabajo habitual, para relajarse y desinhibirse. Ponen en juego su imaginación y su fantasía para conseguir un disfraz original y llamativo para sentirse únicos y admirados por los demás. Y se crea un espectáculo multicolor y desenfadado que merece la pena contemplar y nadie lo hace mejor que yo desde mi cumbre.

Pero este año observo algo muy original y tremendamente sorprendente. Pues, al llegar la tarde, he visto escaparse de la exposición “Un paseo por el Prado”, que tiene lugar estos días en el Museo de Siyasa, a hurtadillas y mirando de un lado a otro de la calle San Sebastián, para no ser descubiertos por nadie, a un grupo que me ha llamado mucho la atención. Y es que, sin duda, estos personajes causarán extrañeza y admiración en todos aquellos con los que se crucen en este torbellino carnavalesco en el que se convierte este pueblo antes de comenzar los rigores y penitencias de la cuaresma que tendrán su fin en la gozosa y rosada mañana del Domingo de Pascua.

Se trata de la infanta Margarita y su pequeña corte, que han salido de esa obra tan magistral como son Las meninas, donde el espacio es tridimensional, permitiendo al espectador mirar el cuadro y sentirse formando parte de la escena familiar y hogareña que Diego Velázquez retrató en 1656.

Con esta obra el pintor sevillano fue capaz, no solo de capturar el espacio en un solo lienzo, sino que además había llenado ese espacio de un contenido cargado de símbolos y de argumentos. Todo estaba medido. No había dejado nada al azar. Todo tenía un porqué. Como obra barroca, cumplía con esa huida de la vacuidad (horror vacui). Se trataba del resultado de muchas horas de trabajo, pero no solo con el pincel. Velázquez habría meditado mucho cómo darle forma a su obra. Y habría hecho un millón de bocetos buscando la densidad en el lienzo, pero siendo fiel a la realidad reflejando hasta el aire que se paseaba por la estancia.

Lo cierto era que Velázquez había conseguido que en cada rincón del cuadro estuvieran plasmadas las figuras de los personajes, quienes lograban cobrar vida desarrollando acciones simultáneas y distintas, pero todas ellas con el mismo común denominador de la presencia de los monarcas como marco histórico que sirviera de contexto.maría parra1

Sin embargo, la genialidad de Velázquez incluso iba más allá, porque además había recreado la escena dándole un papel también a los cuadros de pinturas mitológicas que habían colgadas en la estancia, contrastando así con el carácter de realidad de su propia pintura.

Pero, tras casi cuatro siglos de ser una obra expuesta ante las miradas de millones de personas de todos los lugares del mundo, su protagonista, la infanta Margarita, hija del rey Felipe IV, una niña de corta edad muy vivaracha y algo revoltosa, al oír la algarabía que se estaba formando con el trasiego de disfraces que transitaban por la calle San Sebastián, se le ha ocurrido la travesura de abandonar el cuadro para pasear por Cieza. Algunos de sus sirvientes, no pueden menos que obedecer su voluntad, aunque les parezca una osadía y teman la regañina de aquellos que permanecen en el cuadro, pues no se atreven a abandonar su espacio pictórico.

Solo al pisar la calle, todo les es novedad y sus rostros son un poema, pues la extrañeza les hace casi desfigurarse. Se amedrentan y se arremolinan entre ellos al ver pasar a un vehículo con cuatro ruedas, que para ellos circula a gran velocidad, ya que en nada se parece a ese carruaje con el que ellos se movían de un sitio a otro por tierras castellanas. La infanta da un salto para evitar ser atropellada por esa máquina infernal y sus damas, Isabel de Velasco y María Agustina Sarmiento, corren a su encuentro para cobijar y tranquilizar a la pequeña.

Una vez repuesta, comienzan a pasear por las calles de Cieza admirando todo a su alrededor y extrañándose de la indumentaria de la gente con la que se cruzan, pues son de todo tipo y colorido. Además, ven a mujeres cubiertas con atuendo masculino y también a hombres, con su barba y bigote, ataviados con prendas femeninas resultando ser de lo más llamativo y estrafalario en algunas ocasiones. Tras la enorme extrañeza inicial, pronto caen en la cuenta de que han llegado precisamente en carnaval, una fiesta donde todo es válido. Es por ello por lo que nadie muestra sorpresa ante sus figuras cuando se cruzan, pues piensan que forman parte de una comparsa maravillosamente caracterizada como nobles que provienen de otro tiempo.

Margarita de Austria llevaba un precioso vaquerillo, en seda color crudo con decoraciones en negro, con un joyel a modo de broche en el pecho y compuesto por sayo y basquiña. Se trata sin duda de un vestido muy rígido y pesado para una niña tan pequeña, por lo que le cuesta andar por las calles de Cieza, pero es tanto su entusiasmo que apenas se deja vencer por ello. Su peinado es muy sencillo, pues su pelo rubio cae suelto con raya a un lado y adornado con un precioso lazo rojo.

Mientras Margarita, Isabel y María Agustina, acompañadas por Nicolasito Pertusato, ese enano de origen noble tan apreciado en la corte vestido con coleto y calzas rojas, y Mari Bárbola, otra enana que siempre acompañaba a la infanta vestida en esta ocasión con un vestido de terciopelo negro adornado con galones de plata, siguen causando admiración por las calles y son elogiados entre el tumulto, Don Diego de Velázquez vestido al uso cortesano, es decir, de negro y con golilla, se atreve finalmente a salir también del cuadro, pero no se decide a abrir la enorme y pesada puerta del museo para adentrarse en las calles, sino que, movido por la curiosidad del lugar, se asoma por la parte trasera y queda extasiado al contemplarme a mí la Atalaya, envuelta en un paisaje tapizado por flores blancas, rosas, fucsias, rojas, violetas …, cuya luminosidad de la tarde y su colorido  en esta época del año y en esta parte de la vega del río Segura, poco tienen que ver con los que él está acostumbrado allá en la corte. Fascinado, coge su caballete, su lienzo, su pincel y su paleta de colores y se dispone a pintar este espectáculo tan embriagador. Con pulso firme y con un suave trazo deja que su mano sea conducida por el río que se desliza sutil entre riberas de cañas y juncos, o se deja atrapar por mi montaña imponente que actúa como castillo inexpugnable, o recorre los huertos pequeños cuidados con mimo en los que desea plasmar esos árboles frutales de melocotones, de albaricoques, de ciruelas, de nectarinas, de almendras, de naranjas y de olivos; algo que en la corte no puede contemplar. Inmerso en este trance, deja los colores pálidos y sutiles para emborrachar el lienzo de colores fuertes, agresivos: verdes intensos de las hortalizas que suscitan envidia a cualquier cortesano, azul brillante del cielo, blancos y rosas sugerentes en las flores que convierten en este tiempo el paisaje en un auténtico cuadro al natural… ¡Qué diferencia con lo que ha pintado hasta ahora! El genial pintor, el preferido de los Austrias, se pone manos a la obra afrontando con un enorme entusiasmo un nuevo reto.

Mientras, en la calle, la niña Margarita y sus acompañantes son la admiración de todos. Pocas veces se ha visto un grupo en carnaval tan bien caracterizado de personas de época. Ropas, joyas, adornos, maquillaje, etc… todo es realmente admirable y admirado. Todo el mundo comenta que, aunque es cierto que en este carnaval hay gente que ha cuidado mucho cada detalle de su disfraz para sorprender y admirar, nadie ha conseguido ser tan fiel a la realidad como este grupo de cortesanos, que rodeados de curiosos, hasta han bailado con gran elegancia y maestría al son de una chacona, de música alegre y desenfadada, en medio de la Plaza de España, cantando estos versos como solían hacer en los salones de la corte real:

“Bulle la risa en el pecho

de quien baila y de quien toca,

del que mira y del que escucha

baile y música sonora.”

El baile finaliza con un fuerte y largo aplauso del público que se había ido aglomerando alrededor, mezclándose así niños, niñas, hombres y mujeres que simulan ser japoneses, bomberos, abejas, Superman… por un día. Y es cuando la infanta y sus acompañantes saludan de forma ceremonial realizando exageradas reverencias y lanzando besos en muestra de su agradecimiento, cuando, de pronto, oyen en el escenario nombrar a la comparsa “Las meninas” para recoger el primer premio del concurso de disfraces de este año. Asombradas y apuradas por la gente que los rodea, no tienen más remedio que subir a recoger su premio. Margarita con el rostro sonrojado recoge un bonito trofeo en forma de máscara de arlequín decorada con gemas rojas y negras. Pero, a pesar de estar disfrutando de la fiesta, se ven obligados a retirarse presurosos, mientras todos les aplauden, pues ya es de noche y deben volver al museo de donde se escaparon sin permiso. Allí reciben la regañina de los monarcas por su imprudencia. Avergonzados y, tras convencer a don Diego para que vuelva también a su puesto, se coloca cada uno en el lugar que el pintor hace ya más de tres siglos les había asignado. A la mañana siguiente, son despertados por un griterío de niños que, guiados por su maestra hasta el museo, han llegado del colegio para contemplar esta obra de arte. Nadie sospecha la identidad real de los premiados este año en el concurso de disfraces, ni se percatan del detalle de que la infanta sostiene algo oculta entre su falda lo que parece una máscara salpicada de gemas de colores.

 

 

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