Las estelas de luz de Manuela Ballester (I Parte)

Rosa Campos Gómez

Se merece visibilidad Manuela Ballester (Valencia, 1908 – Berlín, 1994), creadora relegada a la sombra, siendo muchas, amplias y largas estelas de luz las que ha dejado en la extensa y rica trayectoria que fue construyendo con plurales mimbres.

Hija de la familia formada por Rosa Vilaseca Oliver, modista, y Antonio Ballester Aparicio, escultor y profesor, segunda de seis hermanos —tres de ellos, Tonico, Rosa y Josefina dedicados también a la creación artística—, Manuela Ballester inició su formación en la Academia de Bellas Artes de San Carlos con solo 14 años, por su talento y por mediación paterna, matriculándose en la especialidad de pintura. El acceso de las mujeres a una formación superior presentaba muchas dificultades en esos años del pasado siglo, y el ser una de las primeras mujeres en acceder le proporcionó algunos sinsabores –mofas, descalificaciones personales…—, pero su padre le hablaba de todo lo que tuvo que pasar Luisa Roldán —de quien ya incluimos un artículo en este espacio—; tener esta referencia le supuso un verdadero estímulo para no dejarse arroyar.

Aún era estudiante cuando se presentó a un concurso de retratos, lo ganó. Las seiscientas pesetas que recibió del premio las invirtió en un viaje a Madrid para visitar el Museo del Prado, quería aprender directamente de las obras de Velázquez, Goya, El Greco…   Fue compañera de futuros artistas, entre ellos su hermano y Josep Renau, su marido años después. Este grupo, que formado en el clasicismo académico supo abrir puertas a la innovación que representaban las vanguardias, es conocido como la Generación Valenciana de los Treinta.

Al terminar la carrera (1928), y no elegir la enseñanza como trabajo —como hicieron la mayoría del grupo—, inicia su recorrido profesional con ilustraciones para libros, revistas y figurines de moda, diseños que siempre le gustaron, influida, sin duda, por el contacto con estas publicaciones utilizadas por su madre para su trabajo. Publicó en numerosas revistas y realizó cartelería. Los ingresos que va recibiendo le son imprescindibles para poder mantenerse. En otoño de 1928 ganó un concurso de portadas convocado por la revista Blanco y Negro, y al año siguiente el premio de la Editorial Cenit para la portada de la novela Babbitt, de Sinclair Lewis. Por este tiempo inicia su noviazgo con Josep Renau, una relación marcada por la fuerte personalidad de ambos que influyó de diferente manera en la vida de la pareja.

A partir de 1931 participa en varias exposiciones colectivas, pasando a formar parte de la Unión de Escritores y Artistas Proletarios. Preferían exponer en salas públicas —Blava, Ateneo Mercantil de Valencia, Agrupación Valencianista Republicana… — antes que en las salas privadas que consideraban más comerciales.  En las obras de Ballester se aprecia el llamado realismo español, al que Renau —que aportó un nuevo concepto del arte, entendido como vehículo de expresión y denuncia social— quería dejar atrás, pero ella, que también admiraba y seguía las vanguardias, nunca dejó la huella que recibió de Velázquez, también de Sorolla, al que su padre le enseñó a admirar.

La llegada de la II República fue para M. Ballester un acontecimiento que la llenó de energía, un chorro de aire fresco en el que la facilidad de trabajar desde una libertad deseada se le abría en su horizonte de mujer. Se crea la Unión de Escritores y Artistas Proletarios, asociación en defensa de la cultura, de la que ambos forman parte. Posteriormente —ya casados— Renau funda la revista Nueva Cultura, aunque es prácticamente toda gestionada por Ballester, generando contenido como crítica de libros, artículos de opinión e ilustraciones, porque él trabajaba como profesor de BB AA en la Universidad de Valencia, presidía el Patronato de las Misiones Pedagógicas, seguía con la creación de fotomontajes y cartelismo y de actividades políticas como militante del Partido Comunista, al que ella también se afiliará y para el que realizó el cartel ¡Votad al Frente Popular! (1936), para animar a las mujeres a votar. Ese mismo año, Manuela, ya madre de un niño de dos años, creará la revista Pasionaria, y seguirá continuando con sus publicaciones —ilustración y texto— en diferentes revistas, pintando y realizando carteles.

Josep Renau fue nombrado Director General de Bellas Artes en septiembre de 1936. El Gobierno de la República le encargó organizar el Pabellón español para la Exposición Internacional de París de 1937. Renau pide a Picasso una pintura que reflejara lo que se estaba viviendo en España, Picasso creó el Guernica. Otros importantes artistas expusieron, también Renau y Ballester, colaborando ella, además, en la puesta en marcha de todo el proyecto. Ese mismo año será madre por segunda vez. En 1938 partirán hacia Barcelona por motivos de trabajo. Ballester ilustrará la propaganda del Ejército de Tierra. Se le concederá el primer premio al diseño de la Medalla al Valor, galardón que, como diría ironizando, «ni se llegó a fundir».

Al terminar la guerra, Renau, ocupado en una misión, no se encontraba con la familia, por lo que tuvieron que coger el camino del exilio por separado. Manuela y sus dos hijos, junto a su madre —viuda entonces— y sus hermanas, Rosa y Josefina, cruzaron los Pirineos en un largo y duro caminar, perdiéndose en la noche; mas, a pesar de las dificultades y el hambre, consiguieron cruzar la frontera.

 

 

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