La voz de Ángela Figuera Aymerich, por Rosa Campos Gómez

Rosa Campos Gómez

Librepensadora, mujer con arrojo, Angela Figuera Aymerich es poeta imprescindible, a quien arrancaron de la docencia y escogió la poesía para seguir enseñando, comunicando la humanidad que sentía.

Nació en Bilbao (1902), en una familia acomodada, donde ella era la mayor de nueve hermanos, a quienes cuidaba, ayudando a su madre, de delicada salud. Con su padre, ingeniero docente, aficionado a la pintura y a la música, frecuentó los espacios donde estas actividades se daban. Contar en su casa con una buena biblioteca fue importante, porque pudo leer a clásicos universales muy pronto. Quiso tener estudios superiores, y se matriculó por libre en Filosofía y Letras. Aprobó la catedra de Lengua y Literatura. Trabajó como profesora en institutos de Huelva, Alcoy y Murcia entre los años 1933-39. Se casó con su primo, Julio Figuera, ingeniero de profesión, quien la apoyaría siempre en toda su trayectoria. Su primer hijo murió al nacer –“Debisteis dármelo. Yo hubiera debido tenerle un breve tiempo entre mis brazos, pues sólo para mí fue cierto, vivo…” –. Finalizaba 1936 cuando nació su segundo hijo, escuchando el estruendo de las bombas.  Al terminar la guerra le retiraron el título por estar a favor de la República, despojándola de empleo y bienes, su marido también fue represaliado en la misma medida. Partieron hacia Madrid buscando trabajo y anonimato. Fueron años muy difíciles, con Julio enfermo de paludismo y penurias económicas. Pasar alguna temporada en Soria, donde tenían familia y amistades, supuso un respiro entre tantas fatigas.

Conseguida cierta estabilidad, inició su camino como escritora. Imposible antes, porque lo importante era buscar trabajo, sobrevivir… En 1948-49 publicará sus dos primeros libros, ambos de temática intimista, después iniciará una nueva etapa en la que su poesía refleja lo que acontece en la vida cotidiana, y el grito ante las injusticias sociales que observaba. La censura estaba al acecho, acusando la sensualidad de sus poemas –“No queráis ignorar que el amor es un trance / que disloca los huesos y acelera las sienes; /y que un cuerpo viviente con delicia se ajusta / al contorno preciso donde late otro cuerpo” –, pero, sobre todo, impidiendo textos que evidenciaban la realidad social, por lo que envió a sus amigos exiliados en México los que sabía que aquí no le iban a editar. Así, ‘Belleza cruel’, premiado y publicado allí (1958), fue en España uno de los poemarios más leídos –que no vendidos–, llegando a ser el más copiado entonces, incluso a mano, para hacerlo llegar a personas encarceladas…  Incalculable riqueza emocional la que puede aportar un libro. El prólogo para este poemario fue escrito por León Felipe, donde se desdice de sus propios versos, “Tú te quedas con todo / y me dejas desnudo y errante por el mundo…/ mas yo te dejo mudo…”, reconociendo que los poetas que aquí quedaron, como ella, seguían poniendo la voz poética necesaria para la libertad y la vida; así lo vemos en ‘No quiero’ (que por su extensión me permito citar sin barras): “No quiero que haya frío en las casas, que haya miedo en las calles, que haya rabia en los ojos. No quiero que en los labios se encierren mentiras, que en las arcas se encierren millones, que en la cárcel se encierre a los buenos. No quiero que el labriego trabaje sin agua que el marino navegue sin brújula, que en la fábrica no haya azucenas, que en la mina no vean la aurora, que en la escuela no ría el maestro. (…) No quiero que mi hijo desfile, que los hijos de madre desfilen con fusil y con muerte en el hombro; que jamás se disparen fusiles que jamás se fabriquen fusiles. No quiero que me manden Fulano y Mengano, que me fisgue el vecino de enfrente, que me pongan carteles y sellos que decreten lo que es poesía. No quiero amar en secreto, llorar en secreto, cantar en secreto. No quiero que me tapen la boca cuando digo NO QUIERO…

Entrados los años sesenta, tras recibir incisivas críticas, fue desapareciendo de la escena literaria, aunque no dejó de escribir. Volvió con dos libros para niños, uno publicado en 1979 y otro editado después de su muerte, acaecida en Madrid en 1984. Desde entonces su marido se ocupó de que su obra no cayera en el olvido, trabajando en ello hasta que murió en 1994. Consecuencia de su importante labor es el libro ‘Obras completas’.

Ángela Figuera Aymerich fue valiente al escribir un tipo de poesía personalísima, desmarcándose de sus compañeros de edad de la Generación del 27. Poseía profunda, terrenal, transparente, comprometida, pero sobre todo de amor en todas sus vertientes, ella no la entiende de otra manera, como de tan hermosa forma lo dice en estos versos que pertenecen al poema ‘Nadie sabe’: “Abre tus ojos anchos al asombro cada mañana nueva y acompasa en místico silencio tu latido porque un día comienza su voluta y nadie sabe nada de los días que se nos van y luego se deshacen en polvo y sombra. Y nadie sabe nada.  Pisa la tierra, vierte la simiente, coge la flor y el fruto. Sin palabras, pues nadie sabe nada de la tierra muda y fecunda que, en silencio, brota, y nadie sabe nada de las flores ni de los frutos ebrios de dulzura. Mira la llamada de los árboles, bebiéndose lo azul (…)  Mira la estrella, vuela hacia su altura, toma su luz, enciéndete la frente, pero no inquieras su remoto arcano, pues nadie sabe nada de la estrella.”

 

 

 

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