La revolución pendiente, según José Antonio Vergara Parra

La revolución pendiente

No sabría cómo titular este artículo aunque supongo que es lo de menos. Nadie soy en realidad salvo alguien que, en medio de las tribulaciones, anda renqueante tras respuestas. La muerte es un misterio respecto del que, pese a nuestros desvelos y presunciones, no hallaremos veredicto. Y siendo la meta un desenlace inevitable e impenetrable, la vida debería ocupar nuestra atención.

Nuestra existencia está plagada de sucesos e hitos azarosos que escapan de nuestro entendimiento. Todos, alguna vez, habremos sentido una engañosa sensación de control sobre nuestras vidas que,  antes o después, acaba esfumándose entre la niebla. Los años no aportan necesariamente sabiduría pero sí perspectiva. La suficiente como para saber que no controlamos ni la propia respiración.

Aún en tales circunstancias, la vida es un regalo misterioso y mágico que clama por ser gozada en su inmensidad. No tengo respuestas para casi nada ni pretendo orear moralinas o convicciones parametrizadas. Tras cincuenta y tres primaveras, con sus rigurosos inviernos incluidos, algunas verdades me han sido reveladas y su ocultación, por la razón que fuere, es éticamente inaceptable.

La búsqueda de la felicidad debiera ocupar cada pálpito y suspiro. Los caminos y sus posadas son diversos, como lo son nuestros calzados. Somos razonadamente libres y en ese albedrío anida el triunfo y también el fracaso. Hay una felicidad plena, henchida de sentido y sustancia que apacigua el alma; pero también la hay postiza que, tras un centelleo fugaz, deja paso al vacío.

Todo quedó dicho y todo quedó escrito. Jesús de Nazaret nos enseñó cuanto debemos saber. Tanto mayor será nuestra felicidad cuanto más fidelidad guardemos a su Palabra. No es fácil como tampoco lo fue para quien se hizo carne entre nosotros. Mas en ese empeño, en cada caída y ascenso, en cada alegría y aflicción, en cada certeza y en cada zozobra, Él habita entre nosotros. Sé bien que el hombre, por su torpeza e incluso por su maldad, ha adulterado la palabra del Nazareno. Sé, también, que la hermenéutica da para mucho pero me gusta pensar que todos LE buscamos con buena voluntad.

A estas alturas, deben saber de mi interés por la política y por la deriva de los acontecimientos. El presente me ocupa y el futuro me inquieta, como a todos los que tenemos hijos. Si el fin lo merece y los medios son lícitos, nada tengo contra las revoluciones grupales pero me temo que, como reza el título de este artículo, la revolución  perentoriamente pendiente es la individual. La prioridad en nuestras vidas y la forma de encarar la realidad marcarán la diferencia. Y tanto mayor será nuestro gozo y tanto mejor nuestra presencia entre los demás cuanto más elevados y acertados sean los principios que nos inspiran. Si amamos y respetamos a nuestras parejas e hijos, si somos amigos de nuestros amigos, si trabajamos con honradez y virtud, si medimos a nuestros semejantes por lo que son y no por lo que tienen, si honramos a nuestros padres, si nos convertimos al daltonismo dérmico, si perdemos el miedo a la pobreza, si estamos dispuestos a compartir el peso de la Cruz, entonces, y aún sin pretenderlo, sentiremos su presencia en nuestras almas y tendremos la oportunidad de ser verdaderamente felices. Porque el anverso de la cruz es el rostro de Dios.

Me temo que la razón es útil aunque insuficiente para corroborar lo afirmado. Aun a riesgo de contradecir a los racionalistas, como más o menos dijo aquél, hay razones que la razón no entiende, que son las del corazón. Porque una cosa es la cultura y otra la sabiduría que pueden o no caminar de la mano. Tal es así que hay mentes prominentes, de vasto saber, que no conocen a Dios; y seres sencillos que LE levan en el corazón. Y viceversa, como es natural.

Hemos de estar prevenidos porque el mal existe y nos acecha en cada esquina. Es cauto e inteligente. Aguardará el tiempo que sea menester para asaltarnos en la debilidad o cuando la vacilación maniate nuestra voluntad. Nuestra presencia de Dios ha de ser continua e incesante pues sólo así ahuyentaremos nocivos vientos.

Nuestra Madre Iglesia, que es Santa, Católica y Apostólica, pese a sus faltas que son las nuestras, está ahí para orientarnos y auxiliarnos, para que el Verbo del Mesías resuene con fuerza en los oídos que desean oír y en los corazones que claman por latir.

Es una opción, una bendita opción que se nos brinda. Seguro que no es la única porque el Dios en el que yo creo habla a toda la Humanidad aunque no todos le entendamos de la misma manera.

Feliz Navidad. De corazón.

 

 

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