La remesa de articulillos sueltos de Antonio Balsalobre

Mar Menor, mal mayor

El problema del Mar Menor es que en los últimos decenios ha padecido males mayores. Empezando por la plaga del regadío ilegal del que se derivan los letales vertidos de nitrato a sus aguas, siguiendo por la presión urbanístico-turística, y terminando, desde 1996, por unos gobiernos regionales del PP devastadores, si no ecocidas. El resultado de toda esta tropelía es una laguna singular y única en Europa que agoniza, víctima de anoxia y dejadez, con playas donde se amontonan toneladas de peces muertos, cuyas imágenes recorren para nuestra vergüenza los telediarios de todo el mundo. Descolocado y medio zombi, López Miras arremete contra el gobierno central, cuando la Región ha tenido todas las competencias para actuar, en un intento desesperado de quitarse, nunca mejor dicho, “el muerto” de encima. Salvar el Mar Menor es tarea de todos, pero difícilmente lo lograremos si no atajamos su mal mayor: los veinticinco años de política medioambiental depredadora del partido que ha gobernado.

La regla

No seré yo quien contradiga al colombiano Juan Manuel Santos cuando afirma que en política la traición es casi la regla y no la excepción. O que la lucha por el poder saca lo peor de la condición humana. Y no solo en las dictaduras, que eso se da por hecho, sin también, y demasiadas veces, en democracia. Puñaladas traperas, perjurios, deslealtades, cambios de chaqueta, transfuguismo… Y en todos los ámbitos, lamentablemente. Desde el poder local a las más altas esferas del Estado. Me ahorraré nombres y ejemplos porque mejor que yo, el lector sabrá ponerlos. Solo me permitiré recordar que, corroborando esta tesis, en nuestra región asistimos desde hace unos meses al mayor espectáculo de travestismo y felonía política que se ha visto desde hace mucho tiempo. Pero aquí seguimos, como si nada.

Kabul-Alicante

Las imágenes de pánico en el aeropuerto de Kabul, donde decenas de miles de afganos intentaban huir antes de la toma del enclave por los talibanes, y en donde muchos de ellos fueron masacrados, han sido comparadas por la prensa internacional con la caída de Saigón en 1975. Los españoles, sin embargo, tenemos para nuestra desgracia referentes muchos más cercanos con qué cotejarlas. La encerrona de Alicante, por ejemplo, cuando al final de la Guerra Civil, en abril de 1939, miles de republicanos trataban de huir desde el puerto bajo las bombas franquistas y pocos lo lograron. Se concentraron allí, según testimonios contrastados, entre 15.000 y 20.000 personas de las cuales solo pudieron embarcar la noche del 28 entre 2.600 y 3.000 en el Stanbrook. “Algunos de los refugiados parecían llevar consigo todas sus posesiones terrenales”, dejó escrito el capitán galés del barco. A los que no pudieron abandonar España, ya sabemos lo que les pasó.

 

 

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