La nueva realidad, según José Antonio Vergara Parra

La nueva realidad

El saber no ocupa lugar pero la estupidez sí. Necedad voluntariosa o inducida, culpable o candorosa pero, en cualquier caso, necedad.

Ignorar la realidad, al albur de un buenismo patológicamente remilgado, sólo conduce al caos. O a la mediocridad. O a un estado catatónico e idiotizado que es, justamente, lo que advierto en estos tiempos. Tal es el pavor que, en términos generales, suscita la realidad que, ahuecando el ala, abrazamos la primera ocurrencia que se nos cruza por el camino.

La maldad, en sus infinitas manifestaciones, es muy real y, a diferencia del alelamiento, acostumbra a ser astuta y deliberada. Cojan una coctelera y agiten enérgicamente estos dos ingredientes, maldad y estupidez, y el letal brebaje quedará servido. La maldad no es únicamente la presencia del mal sino, además, la cesantía del bien. Y si el bien dimite o se emboba, anchurosa será Castilla para la malignidad.

La globalización, en tanto ocurrente eufemismo, no es más que un efecto secundario de un capitalismo de mano bien visible y alma ausente. El Pescador multiplicó los peces y el capitalismo lleva toda su vida esquilmando los recursos naturales de países paupérrimos y librando batallitas allí donde los intereses crematísticos lo aconsejan. El Pescador no hizo apología de la pobreza pero sí de la sobriedad y la solidaridad. Mientras tanto y con indudable éxito, el capitalismo salvaje ha creado una inmensa masa de consumidores compulsivos que, tras hipotecar su tiempo y recursos, ha perdido su libertad y, por ende, la vida misma pues donde falta o escasea la libertad no se vive; con mucho, se sobrevive.

En puridad de conceptos, la democracia supuso el predominio del pueblo sobre el tirano mas, desde sus orígenes atenienses hasta nuestros días, la voz del pueblo ha sido sistemáticamente hostigada por el autócrata unipersonal o colegiado de turno. El tiempo de vino y rosas en Europa parece periclitado o, cuando menos, presenta preocupantes señales de agotamiento. ¿Cómo competir con economías donde los derechos laborales ni están ni se les espera? ¿Renunciamos a los derechos sociales conquistados con sangre, sudor y lágrimas, para ser competitivos?  ¿Por qué Europa ha mancillado su espíritu constituyente, plegándose a postulados de élites no elegidas en elecciones libres y transparentes? ¿Por qué Europa ha dado la espalda a sus raíces cristianas inclinando el mentón ante señores nada recomendables?  No hablo de sanedrines oficiales y oficiosos,  pretéritos y coetáneos, para quienes el Verbo del Mesías fue, es y será un mero pretexto para hallar gloria y riquezas mundanas. No. Me refiero al Nuevo Testamento que,  pese a  hermeneutas desquiciados o  príncipes profanos, vino a situar al individuo y su innata y sagrada dignidad en el centro de todo.

En los dominios del Tío Sam, insólita es la presidencia que no libra su particular refriega pues la munición, cuando se acumula, hay que emplearla. No hay Comandante en Jefe que haya resistido la tentación posturear con zamarra y gorra castrenses mientras, imbuido de autoridad casi celestial, inicia su ascenso al Marine One.

Aunque la filosofía y la teología no acaban de verlo claro, naturalmente que hay guerras justas; por inevitables y legítimas. Lástima que Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Amando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López, padres intelectuales de la Teología de la Liberación y de la fundamentación de la guerra justa, no puedan explicarnos sus fundamentos. Clamaron por la paz y la justicia y por tan peligrosísimas reivindicaciones sellaron sus bocas. Como asesinaron a la empleada doméstica, Elba Ramos, y a la hija de ésta de tan solo quince años, para no dejar cabos sueltos. El Vaticano, que otrora bendijo santísimas cruzadas, dióles con la puerta en las narices a los jesuitas por insolentes. Se colige que la mejilla, la otra, es cosa de pobres que ya les aviará el Creador una segunda, eterna e indemnizatoria residencia. O eso deben pensar los príncipes mitrados que, sobrados de viandas y faltos de escaseces, le dan a la escribanía y a los dictados mas no para ellos sino para el resto.   

La respuesta aliada en la II Guerra Mundial, verbigracia, fue justa pues el mismísimo Satanás,  reencarnado en un canijo infecto, de bigote cepillesco (es decir, en el prototipo de la suprema raza aria), se propuso adelantar el infierno en la Tierra.

Pero no hablamos de esto. En África y en el mismísimo corazón de Europa hemos asistido a recientes limpiezas étnicas ante la mirada impasible e indiferente de los guardianes del universo. Se conoce que los genocidios y violaciones en masa no siempre cotizan en bolsa.

Si volvemos la mirada al este, el panorama es tanto o más desalentador. Páramos lejanos donde opositores políticos resultan azarosamente envenenados o la plutocracia más encarnizada cohabita con el despotismo iletrado.  Por no mentar los regímenes donde la mujer es hija de un dios menor.

Europa se descompone y España con ella. Franco, muerto en mil novecientos setenta y cinco, vive hoy pero ETA, que dejó el gatillo antes de ayer, es un susurro apenas inaudible. Así lo juran y perjuran los legatarios de la banda de la serpiente y los charlatanes útiles que les hacen de teloneros. No olvidemos a los sucesores inter vivos de Terra Iure cuya hoja de ruta fue, es y será la destrucción del Estado español. El mismo Estado que, regentado por felones y ambiciosos insaciables, ha malcriado al hijo pródigo cada vez que ha lloriqueado o ha sido necesario para  empadronarse en  La Moncloa. Lo que fuera partido, obrero, socialista y español, es hoy un califato que regala al haragán lo que esquilma al obrero, se alía con pérfidos y llama infiel a todo disidente o auditor. Súmese una siniestra, hippy  los martes, snob los viernes, que dijo ser transversal e incolora pero que, tras pisar moqueta, se ha revelado roja chillona y cursi, muy cursi, rematadamente cursi. Mientras la luz y los carburantes alcanzan precios casi punibles, ellos, ellas y elles andan atareados con la matria, el asalto a la RAE o la revisión sesgada de la reciente Historia de España. En tan críticos momentos para la Historia de España, el centro-derecha debiera estar unido en torno a un líder o lideresa con carisma para llegar, inteligencia y coraje para mantenerse y señorío para irse. Los españoles merecen un gobierno que les diga la verdad, aunque duela, y desde el ejemplo, emprenda una senda de prosperidad, paz y justicia.

Yo, como Alejandro, tengo el corazón partío y, en consecuencia, soy enteramente de izquierdas y enteramente de derechas. No puedo y no deseo ser otra cosa. No participaré en este juego cainita en el que a pueblo revuelto, ganancia de tramperos. Mi Señor no juega a los dados ni anda interesado en travesías verticales.

 

 

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