La mirada de Pascual Lucas Motellón

   Fotografía de Carlos J. Lucas González

El poder de recrear la vida

Miriam Salinas Guirao

Pasaba el siglo XX su primer año después de alcanzar la mitad. Pasaba el esparto y la posguerra, pasaba el sudor del labriego y la fuerza del Segura. Y mientras la vida pasaba nacía Pascual Lucas Motellón. Su mirada revoloteaba en el campo ciezano “sin prisa y sin reloj”.

Él es el clásico autodidacta. El trabajo lo llevó fuera, pero en la década de los ochenta pudo volver a pisar su tierra con algo más de calma. “Con 19 años me fui, cogí mis maleticas, mi autobús y a Valencia. Justo por esa época me iba a poner con la pintura pero tuve que marcharme, con el trabajo no podía dedicarle tiempo y todo se me paró y se activó de nuevo en Cieza, al regresar”.

Guardaba alguna que otra creación cuando se propuso exponer, a partir de ahí fue rodado. Sus obras no dejaban indiferente. Expuso “en frente de los Valencianos, donde la centralita de Telefónica y en el Ayuntamiento. También en Cajamurcia, en el Museo Siyâsa, en Ricote, en Ulea, en Archena…)

Las primeras exposiciones reflejaban “paisajes, bichos, animales, todo tratado de un modo surrealista”. Pascual lo tiene claro: “Nuca he sido muy normal, cuanto más sorprendo al espectador, mejor me siento”. Pasear por sus creaciones es desentender la realidad y apreciar la rica creatividad. Hay ratones que salen de una barra de pan, hay un conejo vivo y altivo y su némesis sin lucha, despellejado y fresco. Hay cuadros vueltos del revés o eso parece, hay alimentos embolsados, mariposas con coronavirus, frutas ardientes y paisajes encendidos. El primer trampantojo de su última serie fue de verdad por detrás, lo pintó al principio del confinamiento y le gustó el resultado. “Luego me preparé diez o doce. También hice trampas con el Molino de Teodoro y con las casas de las Delicias. Es lo más fiel a la imagen, pero desde otro punto de vista”.

“Desconozco técnicas y formas de pintar. Empecé tarde y aun voy descubriendo. No he pintado bien nunca, y ahora pinto más, por lo cansino”. Pascual pinta y pinta con la mirada, pinta por dentro y desata el intelecto del espectador. Pinta y pinta con ganas, como cuando el sol quiere acabar el día. “Intento deformar la realidad. Me encantaba Dalí, soy seguidor nato; lo que más me gusta: las situaciones imposibles. Tengo unas 300 biografías, de todos los pintores: impresionismo francés, abstracción alemana, hiperrealismo… Me gusta lo que se acerca a la realidad pero se tiene que notar que es pintura, para hacer fotografía ya están las cámaras”.

Y en ese mundo de la imagen fija, tiene que contar. De las capturas y de la vida, del verde rugir de los árboles y de los sonidos de los animales. Del silencio. Del respeto a la naturaleza y de la pleitesía a la belleza. “Hay muchísimos animales, y sobre todo de noche. Hay muchísima vida, no somos capaces de imaginar la cantidad de animales, y muy cerca de nosotros. Los animales están ahí pero cuando llegamos haciendo ruido, los pobres se retraen”. Pascual tiene una manera de evitar las huidas para poder inmortalizarlos: “El ‘fototrampeo’ consiste en eso, unas cámaras que se activan mediante el movimiento y con infrarrojos iluminan de noche  y sin molestar el lugar donde están los animales: bebederos, nacimientos, senderos… La cámara se activa sola y se pueden captar maravillas de la naturaleza. Eliges el lugar cerca de manantiales o donde vayan a comer. Yo no soy partidario de ponerles comida porque se altera la conducta salvaje, no les echo nada, solo les espero”.

Y allí en el silencio, en la intimidad animal, en las entrañas de Cieza, graba la vida: “Lo más raro e impresionante que he podido filmar ha sido un búho real bañándose en la charca de un nacimiento y sacudiéndose las alas. Fue chulísimo”. En sus incursiones naturales lo acompaña Rafael Partera, con quien próximamente mostrará sus imágenes para el público, cuando sea seguro retomar las exposiciones.

Para Pascual es primordial cuidar lo que se hace en el medio ambiente. “Destrozar las ramblas con las motos, hacer mucho ruido, maltratar a los animales… no se imaginan el daño que le hacen al ecosistema. El ruido es lo peor, cuando vas al monte y no haces ruido,  los animales ni se enteran si vas a contemplar. Los animales siguen su marcha, tranquilos. Yo he podido estar a unos metros de perdices, de conejos, he podido localizar ciervos… es increíble”.

Cuando fotografía desde un puesto puede pasar horas dentro. “Hago una pequeñas choza, me meto dentro, me disfrazo, me oculto, eso para poder hacer imágenes; pero es complicado porque te huelen. Los zorros, por ejemplo, son imposibles”. Aun así, lo ha conseguido, uniendo las cámaras nocturnas a la fotografía ha podido retratar perdices, ardillas, conejos, jabalíes, garduñas, ginetas, nutrias, ciervos, cabras montesas, arruís, águilas reales, halcones, gavilanes, tejones, zorros. Para ello le sirve conocer sus rutinas y sus pistas: las huellas.

Y ahora que todo brota ahí fuera, que el sol seca la lluvia y la lluvia humedece lo cálido, que la Atalaya rezuma verde, que el Almorchón parece adelantarse en el terreno, ahora. Ahora toca mirar la primavera desde lejos. “Este año va a ser una de las primaveras más bonitas, no es normal que haya llovido tanto, probablemente haya influido que no se haya alterado la atmósfera, como antes. Da gusto salir y no ver rayas de avión, no hay más que nubes y luz en el cielo”. Pascual apuesta por el cuidado y la concienciación pero asume que “es complicado”. “Muy a largo plazo y empezando en las escuelas, en esa dirección quizá sea posible”.

Y ahora pasa Pascual las horas. Las pasa creando, como hace la naturaleza, “sin prisa y sin reloj”.

 

 

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