La maestra Justa Freire, por Rosa Campos Gómez

Maestra Justa Freire

Rosa Campos Gómez

La Educación es uno de los pilares fundamentales de cualquier sociedad, de ella depende la magnitud de su desarrollo. Justa Freire Méndez (Moraleja del Vino, Zamora, 1896), maestra y pedagoga, aportó alas y solidez a su progreso. Aprendió con su madre a enhebrar palabras leídas y escritas. Se formó en la Escuela Normal. En 1918, terminados los estudios, se afilió al sindicato FETE. En 1921 obtuvo plaza en el Grupo Escolar Cervantes de Madrid -donde trabajó durante trece años-, centro experimental en el que se enseñaba a los hijos de familias obreras, empobrecidas por las circunstancias laborales, ofreciéndoles una formación equiparada a la de los mejores centros de vanguardia.  Ángel Llorca -pedagogo formado en la Institución Libre de Enseñanza-, director de este colegio, pronto se dio cuenta del enorme potencial de la joven maestra zamorana, que fue becada por la Junta de Ampliación de Estudios, realizando viajes a Francia y Bélgica para enriquecer su labor en las aulas con los avances educativos más innovadores, transmitirlos en la preparación de docentes, colaborando en las Misiones Pedagógicas…

Freire inició un diario cuando entró en el Cervantes que mantuvo a lo largo de su vida, dejando información de primera mano acerca de los contenidos aplicados y de su experiencia; textos investigados -con publicación del libro ‘Justa Freire o la pasión de educar’- por María del Mar del Pozo, quien dice que no hay en ellos atisbo de amargura ni odio, a pesar de todo lo que le quitaron, y que siempre miraba al futuro con esperanza.

En esas páginas queda reflejado un magisterio impregnado de la filosofía respirada en la ILE que se extendía en diferentes ámbitos: diálogos entre maestros y alumnos; socialización en el tiempo de comedor; salidas a espacios culturales; excursiones a entornos naturales, observación de la botánica… Todo en pos de un aprendizaje que estimulara la curiosidad y el ensanche del saber en las diferentes disciplinas, y generara un futuro con igualdad de oportunidades e integración en la vida laboral y social.  Describe cómo los alumnos memorizaban textos literarios en casa, con ello se buscaba enseñar en varias direcciones que convergían en una cultura para todos; dos ejemplos: los recitales de poesía -estudiantes que se familiarizaban con el lenguaje poético, padres que, a base de escuchar a sus criaturas el ensayo reiterado, también los memorizaban- y las veladas familiares -con proyección de películas y de charlas, actos a los que podían acudir incluso los antiguos alumnos y sus familias-, favoreciendo así nuevas áreas y cauces de conocimiento.

En 1933, se le da el cargo de directora del Grupo Escolar Andrés Calderón, que la convierte en una de las pioneras en dirigir un centro donde todos eran docentes varones. En él prosigue con el sistema pedagógico que venía aplicando más las nuevas técnicas que va descubriendo. En la revista ‘Escuelas de España. 8’, pág. 7-14 -Hemeroteca digital, BNE- podemos observar la altura de miras, para aquella época, de este proyecto educativo y la fineza con que narra la labor realizada.

En diciembre de 1936, ante el peligro de los bombardeos, cierran el colegio. Maestros y alumnos que habían quedado huérfanos se trasladaron a Valencia, donde se siguió impartiendo clase en las colonias escolares y Comunidades Familiares de Educación, creadas junto a Ángel Llorca. Convivían generando un ambiente de calidez que paliara el dolor de los tiempos que vivían -modelo tomado internacionalmente como referencia en otros conflictos bélicos-.

Al terminar la guerra fue detenida cuando acudió a arreglar los papeles para volver a ejercer. Le preguntaron por su actividad. Tras explicar su trayectoria le dicen que si conoce a alguien responsable que argumente a su favor la dejan en libertad; animada les dice que acaba de cruzarse con un maestro compañero del colegio que podría apoyarla, pero le informan que ese hombre es él que acaba de denunciarla. Justa Freire fue juzgada por dos delitos: el de prácticas laicistas y el cometido por un grupo de alumnos de su colegio cuando una vez entonaron una canción rusa. Con estos mimbres le tejieron una pena de 6 años y un día en la cárcel de Ventas.  Sin embargo, como su vocación y su fe en el ser humano no la cercenaba nada ni nadie, organizó su particular escuela -ayudada por compañeras reclusas- dando clases de alfabetización, lectura y canto a las mujeres presas. Ella sabía que las canciones tradicionales de sus localidades les permitiría mantener su identidad y que no se aniquilara entre barrotes. Las animaba a cuidarse y a introducir la belleza en su día a día, como fórmula potente para mantener la confianza en el mañana.

La dejaron en libertad en 1941. Dio clases clandestinas en su casa hasta 1944, año en que fue contratada como secretaria en el Colegio Británico de Madrid -al que asistían los hijos de los embajadores-, aunque trabaja también como maestra, porque sabían de su talento y lo querían para formar a esos hijos de aristócratas y de familias de la élite española de entonces.

En 1952 solicitó la readmisión en el cuerpo de funcionarios del estado, se la conceden, con toda perdida de derechos y prohibiéndole ejercer en Madrid. Fue aceptada en Manresa (1954-1958). Solicitó de nuevo puesto en Madrid, esta vez sí se lo dieron. Volvió a ser contratada, como docente, en el Colegio Británico. Escribió artículos para ‘El Magisterio Español’, como antes lo había hecho con diferentes revistas pedagógicas, compartiendo conocimientos que todavía permanecen en la Enseñanza. Murió en 1965, en Madrid.

En 2017 se pidió que el Centro Padre Poveda -antes Alfredo Calderón, creado por el Gobierno de la II República-, se denominara Justa Freire, propuesta que denegaron. El pasado agosto su nombre fue quitado de una calle por decisión judicial. Mas una vida dedicada a la Enseñanza de manera tan clara y apasionada como la de Justa Freire -y de tantas docentes apartadas de donde eran necesarias- siempre sobrepasará cualquier invisibilidad que se pretenda.

 

 

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