La lucha feminista, según María Bernal

La lucha feminista

El 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer, y como una de ellas me enorgullece que tengamos un día que, más que ser una fecha señalada, suponga la conmemoración del proceso de institucionalización que la ONU llevó a cabo en 1975 para continuar una ardua lucha por la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres.

Sinceramente, a mí no me gustan las etiquetas; etiquetar es clasificar, y clasificar es marginar y antes que tener tantas fechas etiquetadas, soy de las que piensa que todos los días son idóneos para que hombres y mujeres luchen, ya que en esta protesta no estamos solas del todo. Y es que a pesar de los energúmenos, cuyas mentes no son capaces de pensar más allá del patriarcado, esos terroristas sentimentales a los que hay que erradicar metiéndolos en la cárcel cuando haya pruebas evidentes, es cierto que también quedan aquellos que nos apoyan y hacen que juntos podamos remar. Por tanto, no estamos solas.

Que el gobierno de Pedro Sánchez diera luz verde a un Ministerio de Igualdad fue un gran acierto para seguir combatiendo la supremacía del hombre sobre la mujer, para darles todavía más voz y aliento a las víctimas silenciadas por el horror de la violencia de los impresentables e indeseables hombres machistas, y para seguir luchando por la igualdad de oportunidades entre ambos sexos.

La lucha feminista comenzaba en España allá por los años 40 del siglo XIX con la periodista y escritora Concepción Arenal. Después, llegaría Clara Campoamor y su lucha por alcanzar el sufragio femenino en España. El eco de ellas y de otras mujeres luchadoras, como las escritoras Rosalía de Castro o Emilia Pardo Bazán, se iría haciendo cada vez más fuerte hasta calar en los sectores más progresistas de la sociedad que, siendo representados por hombres, ya empezaron a ser conscientes de que la mujer merecía su reconocimiento en la educación del país. Después, vendría el siglo XX y con él los primeros movimientos feministas que seguirían la misma línea de actuación, la de la moderación y sentido común y se empezaría a dar pie a las primeras reformas del código civil en beneficio para las mujeres.

Y con un discurso carente de argumentos, apoyado cada vez más en el extremismo político, está dirigiendo Irene Montero el Ministerio de Igualdad, provocando con cada una de sus patéticas ocurrencias y leyes raras confusión y desunión entre las propias feministas, olvidándose, al parecer, de todo lo conseguido por aquellas progresistas y moderadas que sin recursos obtuvieron más derechos para las mujeres, que la propia Montero. Y en el nombramiento de esta mujer fue donde Pedro Sánchez, forzado quizás por su socio, Pablo Iglesias, se equivocó por completo.

La mujer que lucha por sus derechos no se desnuda y se expone en una plaza, como si Satanás se hubiera apoderado de ella; la mujer que lucha por sus derechos no odia a los hombres; la mujer que lucha por sus derechos decide por ella misma si quiere que sus hijas, por ejemplo, lleven un vestido rosa o negro; la mujer que lucha por sus derechos no se deja influenciar por la ministra de igualdad y sus inexplicables ideas: lenguaje inclusivo o persecución de empresas que utilizan la imagen de la mujer para publicitar sus productos. Es decir, la mujer que lucha por sus derechos, simplemente, lucha.

Recordemos la inentendible frase de “llegar a casa solas y borrachas” o el “bienvenidos y bienvenidas” del lenguaje inclusivo. Como si yo no supiera que ese saludo, que por cuestiones lingüísticas tiene que ir en masculino, no fuera dirigido hacia mí. Soy mujer y tampoco quiero llegar sola a casa, prefiero ir bien acompañada. Y por esto no me siento inferior.  Creo que soy autosuficiente como para decidir por mí misma; porque desde el siglo XIX nos están dando la oportunidad de progresar, de destacar y de ir haciéndonos un hueco en la sociedad por voluntad propia, hasta el punto de haber quedado claro que tanto mujeres como hombres somos imprescindibles para la evolución de la humanidad.

El feminismo es mucho más que llegar solas y borrachas. La lucha feminista debe promover la destreza de saber lo que queremos elegir y hacer por voluntad propia, pero no por la imposición de un estereotipo que se queda muy lejos de la ética y de la elegancia de las grandes feministas de la época, esas ilustres mujeres a las que le debemos estar donde hemos conseguido llegar.

 

 

 

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