La ilusión por enseñar, según María Bernal

La ilusión por enseñar

El próximo lunes los alumnos vuelven por fin a las aulas. Con más incertidumbre que con ilusión, la Región de Murcia inaugura un nuevo curso atípico, a pesar de que se está intentando normalizar una situación que no se corresponde con la realidad; y si no, observen ustedes mismos la reivindicación que se está llevando a cabo por parte del colectivo “Docentes Unidos Murcia ”, que está trabajando contra viento y marea para una vuelta segura a las aulas, esa que le corresponde a la Consejería, la cual ha preferido esperar a que la providencia haga el milagro que todos esperamos: que no haya contagios.

Son muchos los ataques de ignorantes a los que los docentes se están enfrentando por reclamar trabajar en unas condiciones que garanticen la seguridad de todos. ¡Ojo! Meterse en un aula con 30-35 alumnos puede ser una auténtica explosión de propagación. Por tanto, no están pidiendo no ir a trabajar, sino ir a trabajar con seguridad debido a la aglomeración a la que se enfrentan.

Siempre han sido tachados de gandules. Pues ahora, con la pandemia se ha puesto muy de moda catalogar a profesionales, según la animadversión que haya hacia ellos. Y que conste que no pretendo victimizar a los docentes, porque mártires tampoco son. Simplemente, tengo la intención de situarlos en el lugar que merecen por su entrega incondicional y por tener que enfrentarse constantemente a aquellos ataques que nacen de la frustración o del odio de los fantasmones.

El principal problema que existe es que por culpa de los docentes que no tienen vocación, cree el ladrón que todos son de su condición. Y para poder levantar falsos testimonios hay que tener muy bien atados todos los cabos. Aún así, es un acto medroso, producto de la falta de educación que hay en la sociedad.

Me hace gracia leer que el 14 de marzo se paró la educación en este país. He leído tal rotunda afirmación unas cuantas veces. Y sinceramente, me parece la mayor falta de respeto al pilar que garantiza el progreso de toda nación, junto a Sanidad; por lo que considero este pensamiento como la mayor puñalada al sacrificio de aquellas personas que convierten a vuestros hijos en seres competentes y autónomos para la vida.

Y entonces recuerdo cómo en cuarenta y ocho horas todos los docentes tuvieron que reinventarse. Con el miedo que minuto a minuto se iba generando, tuvieron que explicar como pudieron, sabiendo que no todos los alumnos entendían por igual y buscando soluciones a cada contratiempo. Pero ahí estuvieron, al pie del cañón para que ningún alumno se quedara sin atender. Dieron números de teléfono, atendían por plataforma o whatsapp, pusieron a disposición las veinticuatro horas de sus días, y además hicieron de coaches para animar constantemente a sus alumnos.

Las jornadas pasaron a ocupar prácticamente todo el día, entre los meet, las reuniones, la corrección a través de una pantalla, los claustros, la búsqueda de normalizar la enseñanza, entre otros. Sin olvidar a los alumnos de atención a la diversidad, por los que se preocuparon como si de hijos suyos se trataran. Sufrieron día tras día porque el tiempo iba en su contra y los recursos eran escasos en función a lo que realmente la teleenseñanza requiere.

Después de seis meses, y creyendo que a la vuelta de las vacaciones de verano (porque vamos a ser coherentes y a dejar de decir estupideces tales como que cogieron vacaciones en marzo) todo iba a estar solucionado en cuanto a una vuelta segura se refiere, llegan al centro de trabajo y comprueban que tienen que apañárselas como sea para sacar a flote un escenario difícil de controlar. No quieren invertir en educación y delegan competencias y responsabilidades en los docentes. Y mientras tanto, “ancha es Castilla”

Ahora, andan como locos diseñando planes de contingencia, midiendo aulas, intentando encajar mesas a un metro y medio de distancia en espacios reducidos y sin apenas ventilación, haciendo programaciones porque son conscientes de que el papel de sanitario que tienen que desempeñar les va a llevar un tiempo considerado, ideando estrategias para evitar el contacto entre los alumnos y preparando material asequible. Y lo más mezquino es que supuestamente no van a gozar del dinero que se ha destinado para las distintas Comunidades Autónomas, al menos, parte de él. ¿Y por qué? Es una incógnita difícil de despejar.

Y mientras su preocupación aumenta en dosis exacerbadas, desde arriba se lavan las manos, se echan la foto en el lugar correspondiente y sálvese quien pueda, porque al aula se vuelve sí o sí, aunque se muera en el intento.

Ahora bien, a los docentes no les preocupa el desinterés de los políticos por la educación, ya que ellos son tan sumamente competentes que son capaces de mover montañas para que sus alumnos aprendan, aunque no haya recursos. Lo que a los docentes les jode es que, después de dejarse los sesos por el bien de sus pupilos, lleguen los papás de turno y en lugar de apoyar la causa por la que luchan, se limiten a decir que han encontrado la excusa perfecta para no volver a trabajar.

Evidentemente, hay excepciones y por ellas son por las que ningún docente debe perder la ilusión por enseñar y ayudar. Y es que ahí está la magia de la docencia: enseñar por encima de todo y de todos.

Fuerza para todos los que se desviven por la enseñanza, porque es la mascarilla que más os vais a tener que colocar hasta que dure esa pandemia de minusvalorar al profesor y para la que difícilmente habrá vacuna.

 

 

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