La generación que nunca debió morir, según María Bernal

La generación que nunca debió morir

Hemos dejado morir a una generación que no conoció el egoísmo, porque la humildad era el único valor que les hacía feliz, el motor de unas vidas sencillas y llenas de amor.

Nuestros mayores, que asumieron el sacrificio y el trabajo como forma de vida, no tuvieron otra alternativa, y esto junto a la admiración de ser solidarios se convirtió en una gratificante experiencia, ya que vivieron momentos que ahora apenas se valoran; ya que adquirieron una educación increíblemente disciplinada y, sin apenas estudios, fueron artífices de tantas y tantas soluciones para las vicisitudes que tuvieron que superar y ante las que actualmente nosotros nos ahogamos porque no tenemos el ingenio que nuestros abuelos fueron cultivando, y de los que prácticamente no hemos aprendido.

Porque nos lo han dado todo hecho, a cambio de nada y porque vivimos en la era de ver cómo los idiotas se multiplican continuamente hasta tal punto que por culpa de sus actitudes muere esa generación que tanto nos dio, nos formó y nos valoró.

Desde el momento en el que se dio el pistoletazo de salida al mundo el día 21 de junio, la gente joven y adulta prefirió ser egoísta a ser precavida, y no precisamente por ellos, sino por la generación que prácticamente los cuidó, esa que ahora es vulnerable ante las adversidades del destino.

Y es que el grave error que se cometió fue decir que la población de riesgo eran los mayores de 60. Tengamos en cuenta que el hombre en muy pocas ocasiones es capaz de reflexionar y pensar en las consecuencias de sus actos. Pues bien, sabiendo que dichas consecuencias iban a ser leves para ellos, era de esperar, aunque resulte incomprensible para las personas racionales, que el ser humano cometiera un acto de egocentrismo indefendible: el disfrute a cambio de la muerte.

Hemos dejado morir a la generación que eligió dejar de lado su jubilación para cuidar de sus nietos; para apartarlos del sufrimiento mientras sus papás no estaban; para comprarles con una modesta pensión los caprichos que cualquier niño podía tener; para abrazarlos cuando lloraran, para acostarse y quedarse a su lado hasta que se durmieran; para convertir sus miedos en sueños; para hacer de la enfermedad un monstruo al cual combatir con la fortaleza a pesar del cansancio de los años; para defenderlos de las injusticias de la infancia, para convertir las rabietas en auténticas bromas; para que no les faltara el plato de comida día tras día y para quererlos y defenderlos de manera incondicional hasta el fin de sus días.

La palabra impedimento para ellos tras una larga vida de trabajo y de crianza no existía, porque luchaban por buscar la respuesta en lugar de la derrota; porque no había lágrimas, mientras existieran las posibilidades; porque podían alcanzar las estrellas si les pedíamos que volaran; porque difícilmente tenían tiempo para pensar en prejuicios, esos que a día de hoy tanto atormentan; porque eran las personas más maravillosas que la vida pudo ponernos en el camino, y sin embargo, las hemos olvidado.

Ni mil batallas hubieran sido capaces de acabar con la fortaleza de nuestros abuelos. Habían aprendido a ser la dinamita que todo problema hacía explotar para seguir viviendo con dignidad y dedicación, esa que en tiempos de pandemia muchos habéis olvidado. La prioridad desde el momento en el que nos confinaron era disfrutar una vez que pasara la tormenta; cuando ya estuviéramos a salvo. Pero todavía sigue lloviendo y a nuestros abuelos apenas les cubre el paraguas.

Hemos dejado morir a una generación, a pesar de las advertencias de las autoridades sanitarias. Son muchos los que durante este verano han hecho caso omiso a las medidas para evitar el contagio, son muchos los que han soslayado el peligro que suponía salir sin mascarilla como si el mañana no fuera a venir, y son muchos los que han elegido divertirse alocadamente, en lugar de asegurar que sus abuelos siguieran con vida; los que sí habrían respetado para que sus nietos no se hubieran marchado, ya que los abuelos son las únicas personas capaces de pintar recuerdos inolvidables en las almas de sus nietos.

 

 

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