La gallega y el porteño, por José Antonio Vergara Parra

La gallega y el porteño

El pasado sábado once de diciembre, la Vicepresidenta del Gobierno de España, Yolanda Díaz, fue recibida en audiencia privada y sin agenda específica (reservada únicamente a jefes de Estado) por el Santo Padre. Ríos de tinta han bajado por los rápidos del torrente informativo; y los que restan. A favor, unos, en contra, otros. Sorprende que los primeros hayan sido los afines a la Sra. Díaz, secular y generalmente agnósticos o ateos. Los segundos, de misa y compunción diarias, no parecen muy contentos. Como no lo están, aunque callan, con la renuncia de Benedicto XVI y con el papado de Francesco. La abdicación del primero supuso el debilitamiento de la supuesta divinidad de todo Papa, del que se espera una travesía, franca de paréntesis o desbandadas, desde la Capilla Sixtina hasta el mismísimo Cielo. El magisterio del segundo choca frontalmente con las posiciones sui géneris de ciertos sectores del rebaño. Cuando Juan Pablo II, pongamos por caso, se pronunciaba ex cathedra sobre trasuntos de fe o moral, en tanto enseñanza definitiva de la Iglesia Católica, tales pronunciamientos se consideraban infalibles; es decir, verdaderos. Al menos para estos sectores ultra conservadores, Bergoglio no goza del magisterio indubitable que, en sentido abstracto, se atribuye a todo sucesor de Pedro en la Tierra. No lo reconocerán públicamente pues, de hacerlo, incurrirían en una evidente contradicción pero sé que lo piensan. Así como La Ciudad del Vaticano, desde un punto de vista arquitectónico, fue diseñada para intimidar y empequeñecer al hombre, al Vicario de Cristo se le ha querido impregnar de una cuasi divinidad de la que, naturalmente, carece.  El Papa es un hombre, sólo un hombre, falible e imperfecto y nada malo en ello. Las decisiones disparatadas tomadas por algunos Papas, radicalmente contrarias al Evangelio, atestiguan lo manifestado. Bergoglio ha protagonizado titulares que todos conocemos y por los que se ha granjeado la enemistad de un sector que nunca ha querido abrir ventanales ni orear alfombras palaciegas. Un sector salpicado de príncipes y no de sencillos rabadanes de ovejas.

Los caminos que conducen al Señor son inescrutables; también plurales y, en consecuencia, no los hay mejores o peores sino en todo caso carismas dispares con los que, buenamente, cada cual hace lo que puede. Lo que no me perece tan legítimo, ni saludable, es ese enfermizo afán por detentar la Verdad y sus adendas en régimen de monopolio, administrando salvoconductos o vetos según convenga a epicéntricas convicciones.

Tan jactanciosa dialéctica acaba engordando ese sentido patrimonialista que algunos proyectan sobre la Iglesia de San Pedro, lo que les lleva a reservarse para sí el derecho de admisión. Asistimos a un amor mutuo y correspondido pues también la Iglesia, en sus dos milenios de vida, ha intimado con amistades nada recomendables aunque a buen seguro provechosas.

No llego tan lejos. Me niego a creer que el Dios en el que yo creo no sea el de todos sin excepción, aunque nuestros rasgos o costumbres sean dispares, hayamos nacido aquí o allá o nuestras liturgias para llegar a Él sean igualmente distintas. Autoproclamarse el pueblo elegido me parece de una ceguera y soberbia cósmicas. Y si así fuere, entonces sería yo el apóstata pues, como dijo aquel, nunca pertenecería a un club que me admitiese como socio. Recuerden lo del Sanedrín aquel. Los muy ciegos, aunque exquisitamente ortodoxos, aguardaban al libertador de su pueblo y cuando ante sus mismísimas narices advino el redentor del Pueblo, también del judío, lo mandaron al cadalso. Premonitorio escarmiento el de Jesús pues la lista de santos inocentes es tan vasta como la crueldad de sus apostólicos verdugos.

Y en éstas estamos. La Señora Díaz, Vicepresidenta del Gobierno de España, pide audiencia al Santo Padre. Éste la recibe en audiencia privada como signo de buena voluntad. Durante cuarenta minutos, Yolanda y Francisco platican sobre el cambio climático, la crisis migratoria, la búsqueda en la igualdad de oportunidades, el auxilio a los más desfavorecidos o la urgente dignificación del trabajo. Y se arma la del dos de mayo. A tenor de los aullidos de algunas manadas, pareciere una profanación la mera presencia de la Vicepresidenta en las dependencias papales.

El tiempo revelará si las intenciones de la Sra. Díaz eran sinceras o sólo buscaba flashes y publicidad mas, como el prejuicio al juicio flaquea, vaya por delante que me parece muy bien, rematadamente bien, que los políticos y el Papa hablen; cuanto más mejor, porque otro mundo es posible y no menos urgente. Y si lo de la señora Díaz fue mero postureo, tampoco sería la primera ni la última vez que una audiencia papal es más una farsa que un diálogo sincero.

Dos fueron los presentes que Yolanda entregó al Papa jesuita que eligió el nombre del primero de los franciscanos. Una estola de plástico reciclado bordada en el convento de las Carmelitas Descalzas de Alcalá de Henares, y el libro de poesías Follas Novas de Rosalía de Castro. Buena elección me parece como buena suerte deseo a ambos.

 

 

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