La casa del Quinto Soviet, por Maura Morés

La casa del Quinto Soviet

Resulta curioso que, en este mundo donde se puede conseguir previo pago hasta un microrrelato erótico protagonizado por el receptor y su amor platónico de una serie o película (lo que hacen los escritores en horas bajas, pobrecitos míos), cada vez sea más difícil para las generaciones activas encontrar un lugar de anidamiento que pueda calificarse de piso sin insultar el término original. Bueno, no es curioso, es esperable. Están todos compinchados: los bancos y sus hipotecas infinitas, ahora con la cara enjuagada gracias a los discursos arcoiris de la señora Botín; los propietarios múltiples voraces como calamares; las empresas que necesitan que los trabajadores cambien de residencia azuzados por la pobreza, saltando de un municipio a otro y de una madriguera compartida a otra comuna comprando por el camino cacerolas, enchufes y algún triste cuadro en blanco y negro para ocultar la quemadura de la pared…

Es un delirio febril muy desasosegante que a los que cortan el bacalao les sabe a panal: el ciudadano ha de estar desperdigado, a poder ser fuera de su provincia, comunidad o país, mendigando una ocupación de razonable remuneración, viviendo con personas solas en situación idéntica y abocado con ellos al continuo consumo de chismes mal fabricados que dejan beneficios celestiales: otro móvil porque ahora se parten o entran en coma con mirarlos, otro abrigo para parecer respetable en la empresa o bufete que enseguida perderá el lustre, otra bicicleta, otro set de cubertería porque el del casero es cochambroso, otra tablet, otros auriculares, otra suscripción a Netflix para no pudrirte de hastío vital en la cama, otra cajita de ansiolíticos porque ya solo sueñas que te despiden y te toca caminar por la senda de los pedigüeños en otro núcleo de población, otro menú de hamburguesa con croquetas o intento de pizza con «patatas cajún» al no haber tiempo a mediodía para volver a la cueva, costar el gas en invierno o andar en números rojos tras comprar: fármacos, mascarillas, corbatas, carísimos tampones, un ordenador decente que aun así deja a uno solo ante el peligro de la entrega cuando se le antoja, lentillas, regalos de cumpleaños para amigos que no se conforman con nada, carísima lencería que encima se deshilacha, pagar al ginecólogo, psicólogo, odontólogo, oftalmólogo, otorrino, los productos sin gluten también llamados diamantes de sangre…

La cuenta corriente de prácticamente todos los españoles que vagabundean por la creación dejándose tragar por la gigantesca empresa acaparadora de almas que más necesita sus conocimientos debe de parecer a final de mes la cavidad craneal de un abertzale. Es verdad que podríamos buscar alternativas al puesto público hipersolicitado que quizá no consigas tras diez años de estudio machacón o a la vida en la abogacía, la empresa, la asesoría, la consultora, el restaurante, el hotel… quizá repoblando localidades que un día tuvieron río, truchas y huertos considerables, contemplando praderas, picos o rebaños al cantar el gallo y consiguiendo de las abuelas pañales cosidos por sus manos de oro para evitar venderle un riñón a Dodot. Pero, ¿dónde está la escuela para los críos del futuro en esos pequeños Tigris y Éufrates rebosantes de abono? ¿Dónde el hospital si te abres la cabeza? ¿Quién compraría tus animales o tus elaboraciones si la gente ya pide por Amazon hasta el pimentón? ¿Para quién coserías si ya hay prendas de sobra con el grosor de la nata de la leche en Primark que las niñas acumulan en decenas para no llevar siempre los mismos vaqueros, pero mejores y de una empresa con mentalidad de familia? Prueba a cuidar colmenas, a vender huevos empollados con calma a la hostelería a la que veo traer a hurtadillas los peores tomates acuosos del Consum para la «tosta payesa con tomate hortelano y jamón ibérico» de los entrantes para quien todavía no se plantee estas realidades, que suele fotografiar cada pintxo de saldo como si fuera influencer y no futuro parado. Prueba a decirle a tu pareja o a tus hijos que se podría dejar de pagar el fútbol y las quinientas películas de las que solo valen diez que puedes comprar en DVD para invertir más en buena alimentación, libros, revistas, semillas, útiles de costura… Es que suena a rueca de La Bella Durmiente.

El pienso audiovisual y el ramen y los noodles con oferta son peores que la cocaína. Yo he trabajado en casas donde corría el dinero a mansalva como en un río del Yukon y los padres salían para su solaz dejando una sopa de sobre para la chiquillería, acompañada siempre de barra de pan sin pan horneada en un abrir y cerrar de ojos en la cadena panadera más cercana, si la chacha no había usado un robot de los cinco disponibles para freírnos pollo anoréxico. Ahora no volvemos al caserón rural ni a golpe de vergajo.

Por todo esto no es de extrañar que los periódicos amigos de las macroempresas empleadoras de Minions humanos hayan reducido gran parte de sus contenidos libres de pago a informes sobre las mejores panificadoras de Amazon, trucos para conseguir billetes supuestamente baratísimos en hambrientas aerolíneas extranjeras o reportajes difíciles de comentar sin proferir ninguna palabrota, como mi última joya hallada en El País, la recomendación de una chica bien de Harvard ya muy lejos de su España fritanguera que propone, como los melenudos surferos-montañeros con tatuaje sobre wanderlust hijos de forrados aconsejan irse un mes a Bután (ya ni vale Nepal porque lo han arrasado), vivir próximamente en edificios con múltiples zonas comunes para socializar y cocinar en grupo aunque los vecinos más avispados te estén quitando un mejillón para el arroz a nada que te des la vuelta, porque en sus estudios demuestra con seriedad imperturbable que la felicidad que promete la Agenda 2030 puede encauzarse por el hábito de comer y cenar en lo que ahora es el portal o el patio con los otros veinte fulanos, sean majos o no, ahorrando energía merced a un solo horno que no hará llorar a la Tierra y que nos librará de los supuestamente molestísimos olores de cada fundición de queso dentro de la casa. Obviamente también hay artículos sobre baños comunes para no malgastar agua si un día te duchas por placer o necesitas más para quitarte la mascarilla de levadura, que se lo digan a los parisinos de distritos céntricos con buhardillas contemporáneas de Zola que hacen caquita por turnos en el corredor y pueden encontrarse las pastelas del poco concienciado novio ocasional de su compañera de habitáculo. O sobre lo que molan las corralas madrileñas de las que están deseando salir los senegaleses en busca de privacidad y tranquilidad porque la cháchara intercambiando pinzas para ropa con vecinos sin un duro que también obedecen el «No tendrás nada y serás feliz» diseñado por la ONU es el colmo del bienestar.

Quién prefiere su propia cocina, cuarto de la lavadora o excusado sin testigos de tus pedetes a un redondel para lavandería y camping gas de los tiempos de Los Alfaques que nuestros abuelos trataron de evitar matándose a recoger ajos, coser o reparar camiones para que sus descendientes hicieran vida conyugal nocturna sin catres de hijos y sobrinos en la alcoba o incluso los oídos de los de al lado pared de folio mediante, como en una pensión para citas de mala muerte en la calle Montera.

Acabaremos todos fingiendo estar de perlas en el Quinto Soviet, la casa en Leningrado de Tatiana Metanova, una de mis heroínas literarias, que comparte cama con su hermana mayor, cuyo novio se acuesta con ella en los callejones para no molestar a los padres, abuelos y hermanos. Tatiana tiene una maravillosa cocina comunal, que no suele durar mucho impoluta, donde prepara sus platos con dos o tres vecinas en la nuca instándola a que termine o gorroneándole patatas, y friega cuando le toca y cuando no le toca porque es más pulcra que sus camaradas el retrete donde suele dormir borracho un vecino que perdió la cabeza en la guerra del zar contra Japón. Cuando llega a Estados Unidos merced a doscientas vicisitudes que harían llorar a una roca, su marido, también criado en la URSS, propone comprar una casa prefabricada con dos alcobas hasta que ahorren para construirse la definitiva tras años de trabajo y austeridad, y esa casa que se descarga en medio de un secarral de Arizona les parece un milagro porque hay ducha solo para ellos y una cama apropiada para dos personas que se quieren en la intimidad sin más espectadores, amén de una cocina que nos causaría risa viniendo de los años cuarenta pero que para ellos es de oro de ley porque simplemente podrán utilizarla cuando les venga bien, sin cronometrar el tiempo y para crear ambiente de puro y glorioso hogar, aunque preparen dos huevos pasados por agua.

Nos quieren quitar nuestros olores y nuestra vida escondida y auténtica, Harvard lo dice y Harvard lo bendice. Ellos, los melenudos asiduos a la meditación sobre el desprendimiento, descendientes de banqueros y políticos, tendrán una mansión con piscina y aire acondicionado no sostenibles, lógicamente. Habrá que estar atentos.

 

 

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