Juan Durán, esperanza del sinfonismo

Javier Mateo Hidalgo

Mucho se ha especulado sobre el devenir de la música sinfónica. En muchos casos, se le ha achacado un supuesto carácter elitista, alejado de los gustos de la mayoría del público actual. Sin duda, las diferentes músicas surgidas entre finales del s. XIX y durante el s. XX (jazz, blues, rock, pop, etc.) fueron desplazando el espacio ocupado por la música denominada “culta”. Sin duda, fueron ganando mayor aceptación, en detrimento de aquella otra que, no nos engañemos, nunca estuvo al alcance de las clases populares. Si bien la música sinfónica se interesó por la popular, no sucedió al revés. La música popular siempre existió, transmitiéndose oralmente de forma generacional. Desde que el primer ser humano aprendió a producir sonidos y a darles un sentido rítmico y melódico, la música ha estado presente de una u otra manera (sin necesidad de ser fijada a un pentagrama).

Volviendo al s. XX, la música sinfónica asiste a una crisis creativa sin precedentes, como sucede en otros ámbitos artísticos (síntoma de la propia desorientación de la sociedad). El recorrido de la evolución musical parece haber llegado a un callejón sin salida. La música dodecafónica, atonal o serialista inaugurada por la Escuela de Viena y otras surgidas durante las vanguardias artísticas (y personificadas en nombres como Schoenberg, Berg, Webern, Bartok, Stravinsky) precisa no tanto del disfrute sensorial como de la formación intelectual del oyente, lo que en cierta forma la aboca a un elitismo y recorrido corto. Esta apuesta de tipo vanguardista acaba derivando, con acontecimientos históricos clave -como la II Guerra Mundial y las posteriores dictaduras o regímenes totalitarios que van inundando el mundo “civilizado”- a una música que refleja el sinsentido o vacío existencial del individuo ante una humanidad ue parece haber perdido sus valores elementales (Shostakovich, Adorno, Dutilleux, Ligetti, Orff, Boulez). Tal es así que se llega a la posición extrema de John Cage, que propone una partitura compuesta de silencio (4´33´´), siendo el público quien construya la obra mediante su actitud siempre diferente y ante la no-representación de un pianista inmóvil. En España surgen compositores como Luis de Pablo, Tomás Marco, Carmelo Bernaola, Cristóbal Halffter, Pilar Jurado o José Ramón Encinar, que apuestan por esta línea “dura” de música, no apta para todos los públicos. Sólo en algunos ámbitos donde también se enclavan sus propuestas, alejadas de la sala de concierto (la música para cine, por ejemplo), pueden de algún modo encajar para el público general.

No obstante, no debemos achacar la crisis actual de la música sinfónica a un conflicto surgido dentro del ámbito de la creación y de la crítica. Habría tal vez que preguntarse si parte del problema se debe a su formulación. Tal vez estemos mandando la montaña a Mahoma y no al revés, como debería ser. A lo mejor es la población la que debe hacer el esfuerzo de conocer otras realidades no tan sencillas de aprehender. O tal vez el dilema posea mayor calado y su raíz se encuentre en la propia educación. De la misma forma que el profesorado critica que sobre él se deposite la responsabilidad de educar a su alumnado (cuando éste papel lo deberían desarrollar los progenitores, que delegan o no cumplen como debieran su rol -la mayoría puede tener hijos, pero no todo el mundo puede ser padre o madre-), el ámbito cultural puede protestar ante el espíritu de una sociedad cada vez más conformista y acomodada. Una crisis en parte provocada o permitida por las élites económicas y las autoridades gubernamentales, responsables de la educación y transmisión de las diferentes manifestaciones culturales tradicionales y actuales. El mensaje que se transmite e inocula en la mente de la ciudadanía la ha acostumbrado a que las cosas pueden conseguirse sin esfuerzo y de forma instantánea. Y no es así, al menos con las cosas más profundas e importantes; esto es, con aquellas que se encuentran destinadas a desarrollar las facetas más sensibles del individuo: su formación sentimental. Hay que saber bajarse del tren frenético cotidiano y detenerse a contemplar el paisaje que se presenta ante nosotros.

Por fortuna, el ámbito de la música sinfónica no ha abandonado la tonalidad ni el resto de aprendizajes acumulados en su historia. Muchos han sido los compositores que han defendido las enseñanzas que han vinculado la música a su público, y que tienen que ver con su esencia más ancestral, presente en los distintos estratos sociales, geográficos e históricos. Así, por ejemplo, el recientemente fallecido Antón García Abril defendía el valor de la melodía en su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en (1983), expresándolo en los siguientes términos: “No puedo imaginar el mundo sin melodía […]; siempre distinta, siempre nueva, pero siempre ella misma para expresar el sentimiento de la música, para cantar la efusión de nuestros corazones”. Sin melodía no resulta posible retener la música escuchada, y eso es algo necesario para su memorabilidad. Ello no tiene por qué resultar una tarea ardua. Bien lo sabían compositores como Ludwig van Beethoven, que con su Novena Sinfonía (Coral) supo armar con 5 notas una de las más famosas melodías, con la que musical la poesía de Schiller. Tampoco hace falta retrotraerse al neoclasicismo o al romanticismo. Basta recordar la figura de Frederic Mompou, en el s. XX, quien siempre defendió la sencillez y el silencio en sus composiciones (esto es, el valor de la distancia entre una nota y otra como parte de la propia obra). Sus melodías más recordadas (como la sintonía de la Cadena Ser, perteneciente a la pieza tercera de su Música Callada.

En el panorama sinfónico español de los últimos tiempos, destaca una figura sorprendente por su personalidad renacentista, y es la de Juan Durán. Por renacentista aludo su capacidad para conciliar pasado y presente sinfónico en sus partituras. Su opinión respecto del posible material novedoso a componer en música es clara y tajante: “Tal como conocemos nuestro ámbito de la música, tal como la concebimos (sinfónica, clásica, culta, etc.) está agotado, hay que tener muy claro que cualquier innovación respecto a la música contemporánea que se quiera hacer en al ámbito instrumental, armónico, texturas, tímbrico, etc. está todo absolutamente explotado”. Por ello, habría que considerar su trabajo como el resultado del conocimiento y aplicación de todas estas innovaciones históricas, cuya combinación produce obras originales y sugestivas. Y es que, como afirmaba Eugenio d’ Ors, todo lo que no es “tradición” es “plagio”. No resulta sorprendente afirmar que la palabra crear resulta un imposible, pues no puede hacerse algo de la nada sino que sobre nosotros pesan múltiples influencias que nos han precedido. Por ello, Durán ha apostado por revisar distintos caminos estéticos que a su juicio pueden seguir explorándose, como el nacionalismo, el impresionismo o el expresionismo. Estos aparecen por ejemplo en su ópera de cámara en gallego O arame (2008). A tenor de esta obra Y volviendo al debate de adaptar la música a los nuevos tiempos, buscando su comunicación con el público, afirma lo siguiente: “No se puede obligar al público a soportar durante dos horas una música de la cual se desconoce toda referencia y obligarle a prestarle atención con un lenguaje complejo.”

El género operístico es sólo uno de los ámbitos sobre los que Durán ha incursionado. Y es que su profundo conocimiento histórico y sensible le ha permitido una gran versatilidad, abarcando diferentes géneros (las canciones, los arreglos, música escénica, la composición orquestal o para instrumentos concretos). Recientemente ha estrenado Hildegart, un ballet inspirado en la interesante figura histórica de Hildegart Rodríguez Carballeira, la joven asesinado por la propia mujer que la creó, pensando en ella como la futura líder revolucionaría del panorama político español. Por otra parte, cabe destacar su suite orquestal Cervantina, inspirada en los temas populares durante la etapa del autor del Quijote (con lo que retoma desde el s. XXI las famosas  folías de España -tan recurrentes para autores incluso extranjeros y de distintas épocas como Corelli, Marais o Liszt-). De la reinterpretación de motivos existentes también ha dado cuenta a través de obras como Metamorfosis sobre un tema de Beethoven (en concreto el Segundo Movimiento de su Sonata Patética), Merry Christmas Beethoven (donde se funden los temas del Para Elisa, la Pastoral o el Septimino con otros motivos navideños y tan aparentemente contrapuestos como Silent Night, Campañas de Belén o Jingle Bells), o Feliz cumpleaños Mozart (donde en apenas nueve minutos se concentran melodías pertenecientes a la Pequeña serenata nocturna, el Réquiem, Don Giovanni, La Flauta mágica o el Rondó a la Turca).

Por su parte, en el terreno de las composiciones para canto y piano destacan sus Cinco miniaturas machadianas, herederas de las mejores composiciones españolas de este género compuestas durante el periodo vanguardista español del s. XX (Turina, Halffter, Esplá o Rodrigo). Así mismo, otros géneros como las antiguas Cantigas hacen presencia junto al mundo mítico y épico gallego en la Cantiga Finisterrae para múltiples voces de luz (2001). Y estos son sólo unos ejemplos dentro de su repertorio, que no deja de ampliarse.

Quisiera poder expresar el entusiasmo que supone para mí recibir cada una de sus nuevas composiciones, manifestar el agradecimiento que como admirador de su trabajo le debo. Sus aportaciones al panorama sinfónico musical actual no sólo suponen una bocanada de aire fresco en este árido paisaje, sino la prueba de que otra música es posible: la surgida de su propia regeneración mirando hacia atrás, pero también confiando en que el punto de fuga de nuestra perspectiva (el del camino que aún se ha de recorrer) seguirá sin poder tocarse; una ilusión óptica, pues la unión de sus líneas paralelas sigue y seguirá siendo imposible.

 

 

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