Josefina Soria, poeta de luz y sueños

Rosa Campos Gómez

Porque necesitamos detenernos para elevar arquitecturas de afectos soñados a placer, y para poner los ojos en las sustancias que la cotidianidad del vivir también depara, “antes que alguno se levante (…) y preso ponga el tiempo en los relojes”, la poesía de Josefina Soria se nos hace necesaria: “Venid conmigo, entrad. Esta es mi casa. / Sobre el húmedo césped abril camina / adensando el aroma de los pinos. / Quizá queráis llegar hasta el almendro / y preguntarle qué soñó esta noche / o volver a la higuera y convidarla / a una taza de té con yerbabuena. (…) Este es el momento de encontrar / esa dicha infinita que buscamos…”

Nació en Albacete en 1926. Vivió su adolescencia y juventud en Villena, allí conoció a Marcelo López Montilla –su marido y padre de sus tres hijos –. Después de contraer matrimonio la familia vivió en Cartagena, donde Soria desarrolló su trayectoria literaria. Escribió poesía, relato, teatro, artículos… y recibió importantes premios y reconocimientos. Sus últimos años los vivió en Murcia, cuidada por su hija, la escritora Marisa López Soria, hasta que falleció en 2010, apurando los días de un abril que no quiso perderse.

Junto a Carmen Conde, con quien mantuvo una gran amistad, llevó a cabo importantes proyectos culturales. Fundó el Círculo Cultural Josefina Soria en el que impartió talleres de lectura para mujeres; asociación que sigue activa, tutelada por el Ayuntamiento de Cartagena, corporación que también puso su nombre a la Biblioteca Municipal. Fomentar la lectura en sus talleres fue un trabajo tan necesario como atractivo, ella sabía de la riqueza imaginativa y de comprensión de lo humano que esa actividad generaba.

Entre ‘Por si me sueñas’ (1972) y ‘Regreso al infinito’ (2007) tiene numerosos libros publicados en vida. Posteriormente se han editado nuevos títulos, entre ellos ‘Es mi fiesta y lloraré si quiero’ (2012), una delicia poética que forma parte de mis lecturas entrañables –lo editamos en la Sierpe y el Laúd; emotivas presentaciones en las ciudades que ella amó; he leído sus poemas en diferentes recitales–. Las palabras que le dan cuerpo poseen esa elocuencia que penetra en cualquier entresijo del sentir y de la vida percibida, vida que para ella –para sus sueños– es una fiesta, y ese júbilo nos lo contagia, porque estamos necesitados de ser hermosa y sanamente contagiados, y también nos habla de libertad, con ese rigor que asiste a quien escribe desde la hondura de la verdad. El título, genuinamente explícito y enormemente humano, nace de este poema: “Es mi fiesta. Soñar es mi gran fuerza. / Mis sueños me protegen /con muros de coraje / para que no me rinda /o se alzan simulando que en mi defensa acuden. / ¡Ellos son tan dichosos! / Les basta una hebra de luna, / con un temblor de viento enajenado / para hacer que yo vuelva a enamorarme. / Dicen que esta es mi fiesta / pero les he advertido /que lloraré, si quiero.”

Nos comunica, como quien destapa una esencia, que soñar ya es en sí una fortuna, lo que venga después es secundario: “No importa. Aunque tropiece y caiga. / Aunque me estén sangrando las rodillas. Debo, de alguna forma / pagar un precio por haber soñado.” Sabe transmitir su amor al mar combinado con esa esencia soñadora y polícroma en la que se autoafirma: “Un mar lleno de peces me navega. / Abro a la vida sus compuertas altas / y en resplandor me anego. / ¡Soy yo la que amanece! / !Contempladme! / Han nacido palabras en mis labios / soñando hacerse verso.”   El soñar al que nos invita guarda una ética vital: “… tibios, indiferentes, / traficantes de auroras / mensajeros de corazón oscuro, / corréis el riesgo / de no llegar jamás / a ser parte de un sueño / y os informo… / Nunca os consolaréis / de tal desolación.” Y no deja de encender esa la luz que enfoca el lado más frágil y doloroso de la realidad, en el poema “La Maestra” podemos observarlo: “… Aquel jueves, cuando los  aviones / en círculo volaron a la hora del recreo / y cayeron las bombas al lado de la escuela… / Perdió la compostura la maestra. / Nos buscaba llorando / y abrazaba con fuerza a cada cuerpo, /  gozosamente incrédula. / Delicadamente palpaba las cabezas / y reía besándonos / como si su premio fuera estar ilesos. / Ese día supimos que era de carne y lágrimas / como las otras madres. Descubrir / aquello me puso un nudo amargo en la garganta. (…) doña Amparo, la maestra, era leña para / quemar, igual que todos.”

Josefina Soria manifiesta su amor a las criaturas que poblamos la tierra con reflejos de la idea platónica como ideal que da vida a la materia: “Más alto. / Porque sí, / porque os quiero. / Porque el día acaba de empezar / y es bueno hacerlo. / Desde los cuatro puntos cardinales / voy buscando un camino a la esperanza. / Ella atraviesa muros. Salva / los abismos de arcilla / que excavó la tristeza, / se acerca desde el mundo de pájaros que, / aún ciegos / aciertan a saber que el mundo empieza. Y porque es bueno hacerlo, / porque os quiero, / a la esperanza pido / que os aleje del ruido, / que reclame / su voz a los que olvidan / que un ideal / es superior a un hombre.”  Diciéndonos, con precioso brío, que es en el ser humano en el que anida ese ideal soñado, imaginado, cuya luz no debemos de olvidar encender para ir construyéndonos con tan estimulante guía.

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