Jesus Christus, por José Antonio Vergara Parra

Jesus Christus

No sabría decir por qué pero algo me empuja a hablarles de Él. En estas últimas semanas, personas muy jóvenes, demasiado jóvenes, con las que me unía una cierta relación, emprendieron su último viaje. Cuando creía tener acabado este artículo, la pérdida repentina y cruel de alguien a quien quería mucho me ha obligado a retocar este modesto opúsculo. No era joven, tampoco excesivamente mayor. Le imagino abrazada a sus padres, a quienes adoraba. Le echaremos mucho de menos pero reconozcamos que tenerla en nuestras vidas ha sido un privilegio. Descansen en paz.

La muerte, aunque inevitable, no deja de ser un misterio de muy difícil entendimiento. El fallecimiento de personas longevas, que han tenido una vida razonablemente duradera, se nos antoja natural. Ley de vida, decimos, y decimos bien porque la vida es efímera, mucho más de lo que sospechábamos años atrás. Mas cuando aquella trunca anhelos sólo esbozados, cuando cercena una vida apenas imaginada, entonces esa pretendida normalidad se torna en un enigma indescifrable que deja muescas muy profundas, en ocasiones irreversibles, en almas contritas y corazones despedazados.

Merodear un sufrimiento de semejante magnitud requiere de infinita humildad por lo que, a veces, el silencio es de lo más elocuente y sensato. Pero no rehuiré de algunas convicciones que anidan en lo más recóndito de mis entrañas. Callar sería egoísta y también cobarde.

Nadie ha venido para contarnos nada, solemos invocar con un sarcasmo terapéutico, pero no es del todo cierto. Sí vino, claro que vino y todo lo que hemos de saber lo dejó bien dicho. Creo haberlo escrito antes y lo volveré a recordar. La razón no es impedimento para hallar la verdad pero es prescindible. Lo diré de otra manera. La Fe en el Nazareno es una gracia que requiere esperanza a granel y el deseo de ser ungido por su luz.

Creo que fue San Ignacio el que más o menos dijo lo siguiente: Dios no vino al mundo a evitar el sufrimiento, tampoco a explicarlo; vino a llenarlo con su presencia. Esta reflexión, henchida de sabiduría, me ha acompañado siempre. Nos sobra ruido y nos falta oración. Vivimos demasiado rápido y solemos perdernos en la frondosidad de un bosque repleto de trampas. Desnortados en horizontes vacíos; encandilados por metas absurdas e insustanciales. La fugacidad de la vida no debiera maniatar nuestros sueños pero, en modo alguno, debiéramos soslayar su brevedad pues acostumbramos a creernos eternos y no lo somos; nadie lo es.  Desconozco si nos llevaremos algo pero sí dejaremos el amor que hayamos derramado en vida. De eso estoy seguro.

Luego si el milagro de la vida nos ha sido concedido, aún a  pesar de avatares y dolor, nos resta la oportunidad, casi la obligación, de vivir con dignidad confiando en la Palabra del Nazareno. Si seguimos lo que él nos enseñó no acumularemos riqueza, ni alcanzaremos poder en la Tierra, ni honores mundanos. Pero encontraremos paz y sentiremos SU abrazo cada día. Y si alguna recompensa mundana hubiere de venir, será por añadidura y no por su búsqueda.

Confieso que el peso de la Cruz es, por momentos, demasiado pesado; que sus llagas laceran nuestros cuerpos y que aquellas muñecas y tobillos enclavados doblegan nuestra fortaleza. Aquel martirio aún resuena en nuestros corazones. Jesús vino entre nosotros sabiendo que perecería por nuestra ceguera, por nuestro miedo a la verdad, por nuestras miserias y crueldades. Aún así, nos mostró el camino.  Un camino que disipa temores y ofrece cobijo.

Hoy quise deciros esto pero yo también tengo miedo; miedo al dolor, a la pérdida de alguien amado, a naufragar en mis empeños y no a estar a la altura de esta vida regalada. Al fin y al cabo, como vosotros, sólo soy una persona que, con infinita torpeza, hace cuanto puede para honrar al cielo en la tierra.

No. Definitivamente no tengo certidumbres; con mucho sospechas, presunciones, aunque sí poderosas; lo suficiente como para fiarme de ellas. Asumo los quebrantos y también las ganancias, aunque estas últimas no sean de curso legal por estos mundos de Dios.

Reconozco, eso sí, que alguna vez he sentido una brisa extraña que me ha erizado la piel y estremecido el tuétano de los huesos. Céfiros misteriosos aunque cercanos, decididamente cercanos y de aromas muy reconocibles.  Instantes donde la vida se para en seco y el silencio enerva chasquidos; momentos breves aunque rebosantes de una mansedumbre de imposible relato.  Los llamados a su presencia se vuelven transparentes pero seguirán latiendo en nuestros corazones y anidando en nuestro recuerdo. Algún día, todos seremos transparentes mas en espera del abrazo eterno, haríamos bien en vivir de veras y en mostrarnos bien visibles aquí abajo.  Porque si la muerte es un arcano, la vida es una oportunidad.

 

 

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