Jarabe terapéutico, por José Antonio Vergara Parra

Jarabe terapéutico

Sánchez aceptó la herencia de Zetapé pero olvidó hacerlo a beneficio de inventario, asumiendo las cargas, que eran palpitantes, y los haberes, para quien los encontrare. “La tierra no pertenece a nadie, salvo al viento” o “apoyaré  la reforma del Estatuto que apruebe el parlamento catalán” fueron, entre otras, algunas de las cursis ocurrencias de ZP El Solemne I. Los de la izquierda siempre tuvieron un problema con la propiedad, con la de los demás, naturalmente, pues supongo que la parcelita y el chalecito que ZP se agenció en dominios leoneses constará debidamente anotada a su favor en el registro de la propiedad. Sí; la tierra es del viento y el dinero público no es de nadie; ¿verdad, Carmen Calvo?  El dinero público sí tiene dueño, señora: el pueblo español. Precisamente por ello, porque se nutre del sudor del pueblo, el dinero público es casi sagrado. Su uso determinará, en última instancia, la decencia o desvergüenza del administrador de turno.

José Luis ganó aquel congreso socialista porque los agazapados quisieron que lo perdiese Bono. Ya conocen la costumbre tan ibérica del voto negativo en el que no se apuesta por alguien sino contra alguien.  Pero tan perversas costumbres las carga el diablo y, quien fuera cínicamente aclamado para ser efímero,  recogió las mieles y las hieles de los bastardos atentados del onceeme. Tres días después, los españoles, henchidos de dolor y rabia, votaron con las vísceras haciendo responsable de tan horrendos crímenes al Partido Popular.

Todos perdimos, sobre todo quienes perdieron sus vidas o la salud. Víctimas inocentes de la barbarie, donde la razón recibe el eco por respuesta. Hubo más damnificados. El pesoe, por su calculado maquiavelismo y los españoles por tan siniestra carambola.  El efímero se tornó en eterno o, al menos, esa fue la sensación de quienes le padecimos. Para ser justos, algo bueno o muy bueno hizo: la creación de la Unidad Militar de Emergencia, la Ley de la Dependencia (aunque faltó cobertura presupuestaria) y la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo. Acercó el ejército a la sociedad, auxiliando a los ciudadanos y al territorio allí donde se les necesitaba. Con la Ley de Dependencia el Estado mostró su mejor cara, acudiendo en emparo de personas enfermas y dependientes. Y la legalización del matrimonio homosexual supuso el acercamiento de la Ley a la decencia y la observancia, otrora ignorada, del artículo catorce de la Ley de Leyes: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.”

La vida de un político no es diferente a la de todo mortal pues por una mula que mató, matamulas le llamaron. Que se lo pregunten a Aznar que, pese a haber capitaneado una de las mejores legislaturas de nuestra democracia, ha pasado a la Historia por la muy torpe foto de Las Azores pues, por aparentar un protagonismo que no le correspondía, compartió una culpa igualmente desmedida. España se caía a pedazos y José Luis dijo jugar en la championlí y estas cosas, naturalmente, no se olvidan.

Sánchez nos ha enseñado que todavía queda trecho para mayores cotas de desesperanza. Un tipo para quien, según parece, su palabra también pertenece al viento. Nostalgia de tiempos pretéritos en los que el apretón de rudas y francas manos valía más que la fe notarial o la publicidad de un registro. Un político tiene el derecho, y hasta la obligación, de rectificar si el interés general y el bien común así lo aconsejan. Pero si el bandazo programático o la amnesia lo son por alcanzar o preservar el poder, traicionando los compromisos alcanzados con el pueblo, no habrá motivos para clemencia alguna.

En la reciente fiesta de la Hispanidad, el Presidente del Gobierno fue pitado y abucheado. Ángeles Barceló, más conocida como la Aristóteles de las Ondas,  nos regaló un alegato que se esculpirá con letras de oro en la Historia de las Ideas; a saber: “Los abucheos no son a Pedro Sánchez; son a la democracia.”

De lo que se infiere que Sánchez es la democracia misma; democracia y Sánchez son una especie de aleación indisoluble, e incomprensible si separamos algunos de estos elementos. Luego vituperar, pitar o abuchear a Sánchez es tanto como vituperar, pitar o abuchear a la democracia. Parece que le estoy viendo. A Aristodemos (que así se llamaba el alma pretérita de Pedro Sánchez) ataviado con su quitón, himatión y coturnos por calzado, postrado en el ágora, señoreando su belleza y platicando con Pericles de quien, con toda probabilidad, heredó su divina naturaleza.

Barrunto, Sra. Ángeles, que esta singular deidad de Sánchez es exclusiva y, por ende, no compartida con el resto de diputados de la oposición.  Razón por la cual, usted y muchos como usted, han echado mano del silencio o la justificación ante escraches, hostigamientos o violencia ejercidas contra los procuradores de la derecha ideológica. No importa el hecho sino el agente y el paciente. Una dialéctica ignominiosa sólo al alcance de tiranos. Pues hay tiranos por acción, omisión, silencio o palabra. Para Platón, la dialéctica era una herramienta para llegar al verdadero conocimiento. Marx se servía de ella para explicar la evolución histórica del hombre pero a Ángeles le veo más hegeliana:

Tesis: Pedro Sánchez y la democracia son una misma cosa.

Antítesis: no hay.

Síntesis o tesis reforzada: La divinidad de Sánchez es una verdad inmutable y, cada vez que se le abronca, las columnas dóricas del Partenón se estremecen.

Lo cierto es que, una vez más, la desigualdad de los españoles por razón del territorio ha emergido con fuerza. El pasado doce de octubre, los madrileños tuvieron la oportunidad de pitar a Sánchez; terapia purificante que nos es negada al resto de pueblos de España. No es justo. Sánchez debería realizar una gira por España, o lo que queda de ella, para que el principio de igualdad entre los españoles, o lo que queda de él, se haga efectivo. Pero antes deberían apuntalar el Partenón porque la pitada se prevé antológica.

 

 

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