Israel es antisemita, según Manuel Martínez Morote

Fotografía: Primo Levi
Manuel Martínez Morote (profesor de Geografía e Historia del IES Los Albares)

Israel es antisemita

“Lo que sí se puede y debe lanzar al pueblo alemán es la acusación de cobardía: los alemanes podrían haber sabido mucho más sobre el exterminio si hubieran querido, si los pocos que lo sabían hubieran tenido valor para hablar; pero esto no sucedió. Los que sabían callaban, los que no sabían tenían miedo de hacer preguntas: ojos, oídos y bocas permanecían cerrados.”

Primo Levi. Si existe Auschwitz, no puede existir Dios.

Leí por primera vez a Primo Levi hace más de treinta años. Tanto me estremecieron sus testimonios sobre el genocidio judío, que ya nunca he abandonado sus referencias a la hora de explicar aquella ignominia en mis clases de Historia del Mundo Contemporáneo. Ya entonces, y aún hoy, me conmovía el dolor que brotaba de aquellos textos, escritos sin embargo con tanta belleza, la verdad salida desde las entrañas de aquel superviviente de Auschwitz que clamaba por la necesidad de levantar la voz y dar a conocer al mundo la miseria del ser humano; también la grandeza de quienes desde sus posibilidades lucharon contra las atrocidades.

La creación del actual estado de Israel en el espacio del antiguo mandato británico dejó a los palestinos con menos de la mitad del territorio que habitaban, aunque por entonces, los judíos solo ocupaban menos del 10 por ciento de la región. El sionismo como movimiento nacionalista había conseguido la existencia del nuevo estado en 1948 a costa de los propios palestinos, que no reconocieron a Israel.

Aún a vueltas con los nacionalismos, ese cáncer agresivo que se extiende como una metástasis imparable, esa falacia utilizada por el liberalismo del siglo XIX para contrarrestar el empuje del movimiento obrero, la patria por encima del hambre, el himno por encima de la miseria, las bayonetas antes que arar la tierra, el justo y necesario sacrificio de los pobres para defender la bandera y las fronteras, y la historia falseada de los mitos,  la lengua, y por supuesto, la religión,  porque cada uno cree que su Dios es el verdadero, cada uno tiene su propia Tierra Prometida y su propia misión. Así llegó el imperialismo, la Gran Guerra, el holocausto… y todavía hoy banderas como pulseras en camisetas y balcones, en coches, fiestas, mítines, nacionalismo como si doscientos años de sangre jamás hubiesen existido, como si estuviésemos condenados al imperio de la constante estupidez.

No es que no se quiera aprender de la historia, es que no se sabe historia, se pierde la memoria, se relativiza a los verdugos y en la depravación máxima, los descendientes de las antiguas víctimas se convierten en nuevos bárbaros y asumen iniquidad del supremacismo que tres o cuatro generaciones atrás sufrieron sus propios antepasados, a los que, sin duda, avergonzarían.

Es irremediable que, al ver a niños palestinos esqueléticos, mi memoria recuerde la indefensión que sufrieron los niños judíos en los campos de exterminio nazi, que no pueda soportar el silencio de cada uno de nosotros frente a la magnitud de decenas de miles de asesinatos, que se intente justificar un genocidio en base a la seguridad de ese nacionalismo del Gran Israel, versión sionista del Lebensraum alemán, ese espacio vital que tienen que poseer como sea y a consta de quien sea. Me resulta vergonzosa la posición de la Unión Europea, el servilismo de vasallo doblado que supura en cada una de sus instituciones mientras se bombardean hospitales y se mata de hambre.

“Empieza un día como todos los días, de tal manera largo que no se puede razonablemente concebir su fin, tanto frío, tanta hambre, tanto cansancio nos separan de él: por lo cual, lo mejor es concentrar la atención y el deseo en el trozo de pan gris, que es pequeño, pero que dentro de una hora será nuestro y durante cinco minutos, hasta que lo hayamos devorado, constituirá todo cuanto la ley de este sitio nos consiente poseer”.

Primo Levi. Si esto es un hombre.

Qué paradoja tan terrible que un pueblo semita quiera aniquilar a otro pueblo semita en el siglo XXI, porque judíos y palestinos son los dos semitas; el pueblo que durante siglos sufrió las persecuciones de los pogromos los ejerce hoy contra otros hermanos; los descendientes de quienes sufrieron la deshumanización nazi asumiendo que el fin siempre justifica los medios, sean los que sean, aunque corran ríos de sangre y las madres lloren sin consuelo por sus hijos muertos.