Héroes envidiables, por María Bernal

Héroes envidiables

¡Qué paradójica es la vida! Sin duda, el regalo más grandioso y, a su vez, la única realidad capaz de traicionarnos tras un despiste inesperado. Porque es así de dulce y de traicionera, y casi sin darnos cuenta, nos limita los días de nuestra existencia y nos expulsa del tablero de la vida, sin apenas darnos la oportunidad de mover ficha y hacer jaque mate al enemigo.

El lunes 15 de febrero se celebraba el Día Internacional del Cáncer Infantil. La palabra cáncer es como ese “cuchillo carnívoro” de Miguel Hernández, el que una vez que te ataca, hace que “recojas con las pestañas la sal del alma y de los ojos”, una metáfora adecuada para mostrar el camino amargo que estas personas tienen que recorrer, así como esa fortaleza que no desfallece a pesar de que tengan que utilizar gafas de sol para días de lluvia.

Según la OMS el cáncer infantil es poco frecuente, pues representa entre un 0,5% y un 4,6% de la carga total de morbilidad por esta causa. De hecho, esta baja influencia hace que sea muy difícil llevar a cabo proyectos de investigación.

Y aunque podemos hablar de que la ciencia avanza, el cáncer está ahí. Y si duele en personas mayores, resquebraja el corazón y estrangula el alma cuando se trata de niños. Y fíjense lo perverso que puede llegar a ser ese proceso descontrolado de las células del cuerpo, que le da igual atacar los tejidos de cualquier edad. Y sin miramiento alguno, campa a sus anchas haciendo sufrir, sin piedad alguna, a esos niños inocentes a los que les aniquila esa infancia que nunca volverán a recuperar, ya que el capricho del destino es irremediablemente cruel para ellos.

Y en su macabro apoderamiento de cualquier niño, los asfixia y los castiga cruelmente, privándolos de la libertad que les corresponde y condenándolos a asumir una serie de responsabilidades que desmerecen por su tierna inocencia. Y casi sin darse cuenta y con una obligación suma se tienen que convertir en adultos por exigencia categórica para intentar vencer a esta enfermedad.

Y consiguen esa actitud. Y son capaces, héroes envidiables ellos, de darnos una gran lección de vida, esa que no aprendemos porque preferimos vivir continuamente entre lamentos innecesarios, no siendo capaces de valorar lo que empíricamente da sentido a nuestra existencia: poder respirar minuto a minuto.

Cuando conocemos un caso sobre un enfermo de cáncer, nos estremecemos y decidimos reflexionar durante unos minutos hasta autoconvencernos de que vamos a valorar más nuestro tiempo por ser lo más valioso que tenemos.

Pero no es así. Pasados unos escasos minutos, hemos olvidado esa historia de supervivencia que nos emociona y hace que se nos pare el mundo como una advertencia de que realmente no somos conscientes de la suerte que tenemos. Y seguimos quejándonos de una vida de mierda para la que tenemos la salud suficiente que a esos pequeños les falta.

Sin embargo, esos pequeños se arman de valor para decirle sí a la vida y no achantarse. Se olvidan de lamentarse porque no pueden perder ni un minuto pensando en las absurdeces que al resto de personas, que lo tienen todo, les atormentan.

Y pierden el pelo, pierden la figura, pierden la oportunidad de jugar y disfrutar como todo niño merece, despojándose en contra de su voluntad de esa fuerza, que aún los hace más vulnerables. Pero nunca pierden el brillo de sus ojos, muchos menos su espada de combate que asumen no soltar jamás a pesar de la adversidad a la que se enfrentan: su inmensa y admirable sonrisa que, sin palabras, es capaz de expresar millones de ideas y pensamientos.

Hay un libro muy interesante titulado Viaje a un paréntesis. Historias de supervivientes del cáncer infantil. Este libro pretende dar voz a 14 testimonios que superaron el cáncer infantil con el fin de transmitir su experiencia, su lucha, sus secuelas después de haber superado un cáncer cuando eran niños. Además, nos muestra cómo años después, les toca volver a la vida social después de haber estado tanto tiempo lejos del mundanal ruido, y no precisamente porque vayan buscando una vida sosegada, sino para armarse de valor y luchar contra una vida hostigada.

Cuando la complicidad se convierte en un juego para ellos, otros niños protestan y patalean minuto a minuto porque no tienen suficiente con todos los estímulos que sus padres les pueden proporcionar. No somos capaces de hacerles ver que son reyes y reinas en un mundo de felicidad que otros no van a poder disfrutar. Pero la culpa no es de ellos, sino de los adultos y de esa manera tan perjudicial de educar para que haya niños sobrecargados de lo material y alejados de lo emocional.

Enseñar a valorar la vida, a vivir las experiencias y a disfrutar de toda oportunidad que se nos presente en nuestro día a día es una materia pendiente que tiene la sociedad. Si desde pequeños empezamos a regalarles tiempo en lugar de objetos, con el paso de los años comprobarán que la vida vale la pena vivirla antes de que nos traicione de una manera inesperada y fulminante.

 

 

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