Hasta pronto, un conmovedor relato de José Antonio Vergara Parra

José Antonio Vergara Parra

El sol brilla en lo alto y las ramas más endebles de los limoneros cimbrean ligeramente por céfiros suaves e intermitentes. Amira, mi esposa, cuida las flores del jardín. Lo hace cada día, a la misma hora, durante el mismo tiempo, con idéntica entrega. Eso la mantiene ocupada.  Creo que en algunas de esas flores, tal vez en los lirios, ve a Haid, nuestro único hijo, fallecido hace un año de leucemia. Hoy, 14 de abril, habría cumplido 24 años.

Este invierno ha nevado y llovido más de lo habitual y la hierba y arboleda de mis cinco tahúllas de terreno lucen pletóricas. Estoy sentado junto a la ventana y observo a Amira con detenimiento. Ya no somos jóvenes y las fuerzas se baten en retirada. Quiero a Amira con toda mi alma; siempre la he querido y siempre la querré. Jamás soñé un mundo donde ella faltase. No sé de qué color es la felicidad pero, cuando estoy con ella, veo en azul claro; a veces, en color crema. Al menos hasta la marcha de nuestro hijo, que ha pintado de gris y azabache nuestro cielo.

Desde hace un par de meses, sus ojos miran a un punto indeterminado y apenas rezuman expresividad alguna. Tal vez no le queden lágrimas con las que evacuar el dolor. Su comportamiento es frio, ausente y actúa como si nada le afectara. Cada día, repite sus tareas como si de una autómata se tratare. Estoy preocupado. Sospecho que su cerebro ha tomado el mando para liberarla de la aflicción más lesiva que el azar puede infligirnos: la pérdida de un hijo. Sí. Azar, fatalidad, destino……¿Acaso importa cómo lo llamemos? Desde que asomamos por estos mundos de Dios, el futuro y la seguridad, esos grandísimos impostores, gobiernan nuestros actos y pensamientos. El azar puede vestir de gozo pero también de una agonía que destierra al alma a un erial desolador. Es, entonces, cuando tu vida se derrumba como un castillo de naipes, cuando nada tiene sentido, cuando clamas por respuestas que nunca llegan, cuando un dolor lacerante se apodera de tus entrañas y de la esperanza que, cada aurora, te tendía su mano. No sé bien qué es la generosidad pero afirmo que no hay acto más generoso que traer un hijo al mundo. Una decisión radicalmente pródiga y, en cierto modo, alocada, pues la sólo idea de perderlo te parece insoportable. Aún es peor la realidad que la conjetura. Créanme.

La vida nos regaló un hijo maravilloso al que dimos lo mejor de nosotros. Tras el parto de Haid, mi esposa tuvo complicaciones y tuvieron que intervenirla de urgencia. Ya no podría tener más hijos. Lo superamos. Todo nuestro amor fue para Haid. Nunca hicimos planes para él. Quisimos que fuese feliz; eso es todo. Canalizamos nuestros esfuerzos para que hallara su camino en la vida pues cada persona es única y únicos son los senderos por andar. Antes o después, debía ganarse el sustento. Una y mil veces, le insistimos sobre un par de cosas. Habría de ganarse el pan con dignidad y, a ser posible, haciendo lo que amaba. Todos tenemos un don y estamos llamados a buscarlo aunque suele resistirse. Y el pan, sucio o agrio,  sabe muy mal.

Recién cumplidos los 18, Haid se matriculó en Bellas Artes en la Politécnica de Valencia. Compartía piso y amistad con Iñaqui, un joven bilbaíno con el que venturosamente contactó por internet. Con cierta regularidad, nos desplazábamos desde Cuenca, nuestra ciudad de residencia, hasta la capital del Turia. De ninguna manera queríamos atosigarle con nuestras visitas pero no podíamos estar demasiado tiempo sin verle.

Era nuestro hijo del alma y, por encima de todo, un ser libre al que le había llegado el tiempo de volar. Durante sus estudios universitarios, que culminó con brillantez, consolidó algunas de nuestras sospechas: su fascinación por el arte y un ingenio innato para la pintura al óleo. Aprendió técnicas, estudió cuanto pudo y su don, que siempre estuvo ahí, únicamente hubo de emerger con naturalidad.

Recuerdo bien aquel día. El de su graduación. Estaba radiante; su felicidad brotaba de cada poro de su cuerpo. Reservamos una mesa en uno de los mejores restaurantes de Valencia pues la ocasión lo merecía. Mi esposa y yo apenas abrimos la boca ya que Haid, con un brillo exultante en sus ojos, contaba sus planes más inmediatos. No opositaría porque la enseñanza, nos dijo, nunca le sedujo lo más mínimo. Quería pintar, sólo pintar. Nos contó que tenía muchas cosas por decir y que únicamente lo haría con sus pinturas y pinceles. Tal era la fortaleza de sus planes que ya había conseguido un trabajo a media jornada en una conocida tienda de ropa deportiva de Granada pues en esa ciudad, y no en otra, había decidido iniciar esta nueva andadura vital.

  • Lo que tú decidas bien estará pero permítenos echarte una mano. Un trabajo a media jornada te dispensará un salario bajo; tal vez insuficiente para costear los gastos más elementales. Alquiler, luz, comida…….Eres nuestro hijo y ¿para qué diablos queremos el dinero si no es para ayudarte? Le dije.
  • Está bien; aceptaré vuestra ayuda pero sin excesos. ¡Ya me habéis ayudado bastante! Nos contestó.

Así, entre deliciosas viandas y mejor vino, transcurrió aquella jornada maravillosa. Supongo que la felicidad es tan poliédrica como relativa pero aquel día yo fui muy feliz; peligrosamente feliz; junto a Amira, mi compañera, y Hamid, nuestro hijo. Nada necesitaba en este mundo salvo verles sanos y felices. Y muy cerca de mí.

Aquel fue el último día que vimos a Haid con salud en sus ojos. Tres meses después, recibimos una llamada del Hospital Clínico San Cecilio de Granada que cambiaría nuestras vidas para siempre.

  • Sí, dígame.
  • Buenos días. ¿Es usted el padre de Haid Sánchez Asad?
  • Así es. Le contesté. ¿Qué ocurre?
  • Verá. Lamento llamarle por este motivo. Esta mañana, su hijo ha sufrido un desvanecimiento en plena calle y…
  • Por Dios Bendito pero ¿cómo está? ¿Cómo se encuentra? Le interrumpí, balbuceando.
  • Tranquilícese, se lo ruego. Está bien pero le estamos haciendo pruebas para detectar la causa del desvanecimiento. Sólo tiene un corte en la ceja y alguna que otra magulladura a consecuencia de la caída.
  • Gracias, muchas gracias. ¿Cómo me ha dicho que se llama el hospital?
  • Hospital Clínico San Cecilio. Me contestó.
  • Bien; le reitero mi agradecimiento. Por cierto, no me ha dicho usted su nombre.
  • Tiene usted razón. Le ruego me disculpe. Soy el doctor Luis Carmona, internista de este hospital. Me replicó.
  • Señor Carmona, si no tiene inconveniente, tan pronto lleguemos al hospital, nos gustaría hablar con usted.
  • No hay problema alguno. Lamento haberle sobresaltado pero, como usted comprenderá, debíamos avisar a la familia.

Por fortuna, Amira no estaba en casa pues había salido para hacer algunas compras. Miré mi reloj de pulsera; las diez y cuarto. Rechacé la idea de telefonear a Amira pues sólo conseguiría asustarla. En la primera maleta que encontré, eché lo necesario y esperé la llegada de mi esposa. Mientras andaba de un lado para otro, medio aturdido por la llamada, planeé cómo y qué contarle para no preocuparla en exceso. En realidad, pensé, sólo debía contarle la verdad con cuanta naturalidad me fuese posible. Al fin y al cabo, un desmayo no tendría por qué revestir mayor importancia. Una bajada de tensión o un índice insuficiente de glucosa en la sangre podrían haber sido las causas. Tranquilo, relájate; me dije para mis adentros.

Apenas nos restaba media hora para llegar a nuestro destino; o eso marcaba el google maps de mi teléfono móvil. Pese a mi fingida serenidad, no pude evitar la preocupación de Amira cuando le hice partícipe del contenido de aquella llamada. No abrimos la boca en todo el trayecto. Intuyo que ella, como yo, sólo quería ver a Haid cuanto antes para disipar insoslayables temores que la distancia agudiza todavía más.

Cuando entré en aquella sala blanca y fría y, por fin, vi a mi hijo, un premonitorio escalofrío recorrió mi columna vertebral. Haid llevaba una mascarilla de oxígeno y un aparato monitorizaba sus constantes vitales mas mi preocupación no fue provocada por la mascarilla o los cables que salían de su cuerpo. Fue la palidez de su rostro y las prominentes cuencas de sus ojos. Estaba muy delgado y su mirada delataba la enfermedad. En tan sólo tres meses, el aspecto de mi hijo se había degradado de manera ostensible. No hace falta ser médico para advertir que algo no funciona o funciona muy mal. Naturalmente, no compartí con Amira ninguna de estas impresiones.

Mis pensamientos se vieron interrumpidos por la entrada de un hombre en la habitación, cuya indumentaria delataba su responsabilidad.

  • Buenos días. Soy el doctor Carmona. Ustedes deben ser los padres, ¿verdad?
  • Así es, doctor. Esta mañana hablamos por teléfono. Le contesté.

Tras los saludos de rigor, el doctor Carmona se dirigió a mi hijo:

  • Haid; ¿te encuentras mejor?

Haid, con evidente dificultad, asintió con la cabeza mientras esbozaba una sonrisa.  Nada evitaba que hablara pero tal vez no tenía ganas; o fuerzas.

  • Entiendo por tu gesto que estás mejor. Me alegra que así sea. Ahora procura descansar. ¿De acuerdo? Si todo va bien, en unos pocos días volverás a casa. Permanecerás el tiempo imprescindible para que podamos realizar unas pruebas diagnósticas. Un desmayo no tiene la mayor importancia pero, por el protocolo marcado para estos casos, hemos de descartar otras posibles causas, por remotas que sean, de tu desvanecimiento. ¿De acuerdo?

Haid asintió de nuevo.

  • Y ahora Haid, te robaré a tus padres unos minutos. Les necesitamos que la cumplimentación de ciertos trámites administrativos. Te los devolveré de inmediato.

Atravesamos el dintel de la puerta, anduvimos unos metros por el pasillo y entramos en lo que me pareció una sala de espera. El gesto amable del doctor cambió de forma radical.

  • No quisiera preocuparles en exceso pero debo ser franco con ustedes. La analítica de sangre, cuyos resultados he conocido hace un momento, arroja información preocupante. El cuerpo de su hijo presenta múltiples hematomas; su palidez es extrema y respira con cierta dificultad. Además, tiene fiebre. Si unimos todas estas evidencias, podríamos estar ante un posible, sólo posible, caso de leucemia. Pero, para asegurarnos, hemos de someterle a una punción de su médula ósea, cuyos resultados estarán disponibles en unos pocos días. Mientras tanto, su hijo deberá quedar ingresado en el hospital. Disculpen mi sinceridad. De ninguna manera quiero alarmarles pero estoy obligado a ser franco.

Aquellos cuatro días de espera nos parecieron una eternidad. No dejamos a Haid solo ni un minuto. Amira y yo nos reemplazábamos para estar junto a él. Y cuando alguno de los dos libraba, aprovechaba el tiempo para descansar en el piso de Haid. O para intentarlo pues, en honor de la verdad, resultaba extremadamente difícil abstraerse de tan adversas circunstancias. El estado de mi hijo, en eso cuatro días, no sólo no mejoró sino que empeoró ostensiblemente.

Creo que Haid me estaba diciendo algo pero el cansancio extremo me estaba venciendo y notaba cómo mis párpados se rendían irremediablemente. Una mano se posó en mi hombro rescatándome de aquel sopor casi invencible. Giré la cabeza. Era un enfermero. No con poco esfuerzo, me levanté del sillón.

  • Discúlpeme. No le oí entrar.
  • No tiene de qué disculparse. Debe estar cansado. Es comprensible. Me contestó. Debe salir un momento. Voy a cambiarle la vía a Haid. ¿De acuerdo?

El doctor Carmona me esperaba en el pasillo y tan pronto vi su gesto comprendí que las noticias no serían buenas. Sus sospechas se vieron convalidadas por el resultado de la punción en la médula. Haid tenía leucemia mieloide aguda. Otras pruebas complementarias confirmaron que tenía dañados algunos órganos y huesos. Está en fase terminal y su esperanza de vida es muy corta. Lo lamento de veras. La enfermedad ha sido diagnosticada demasiado tarde cuando el daño es ya irreversible. No entiendo cómo se ha mantenido en pie tanto tiempo sin acudir a su médico. Su cansancio y fragilidad han debido ser extremos.

Estas fueron las últimas palabras del parte médico. Haid murió mes y medio más tarde. Hasta la sedación, Amira y yo sacamos fuerzas donde no las había pero en presencia de nuestro hijo debíamos mostrarnos fuertes y serenos. En ningún momento se le comunicó a Haid la verdad sobre su estado aunque sospecho que lo presentía.

En espera de un cielo incierto, imagino que, de existir, es un lugar de reencuentros definitivos, donde una bonhomía y paz inconmensurables alimentan al alma. Un lugar o un estado sin odio, sin guerras, sin hambre, sin enfermedad. De alguna manera, aquí abajo, en medio de este páramo hostil, he visto cachitos de cielo. Mientras Haid estuvo en el hospital, vi ángeles ataviados con batas blancas y verdes. Entre aquellas paredes blancas no había confetis, ni esperanza, ni planes. Mas aquellos ángeles acariciaban los rescoldos de vida con un amor de imposible relato. Imagino que tantas historias con desenlaces trágicos dejaban muescas en sus entrañas pero volvían a levantarse cada mañana, sabiendo que no tenían un trabajo sino una misión.

Amira riega los lirios, gira la cabeza y me regala una sonrisa. Me levanto, voy hacia ella y la estrecho entre mis brazos. Beso su frente con cuanta dulzura me es posible y ella, entonces, acurruca la cabeza sobre mi pecho. Miró al cielo y algunas lágrimas empañan mis ojos y recorren mis mejillas. Lloro de felicidad; también de amargura. Céfiros inesperados, con olor a vainilla, arrullan nuestros cuerpos. Es él. Lo sé. Desprovisto de dolor, pletórico. Por pincel, la brisa. Por lienzo, un valle.

Hasta pronto, hijo mío.

 

 

One thought on “Hasta pronto, un conmovedor relato de José Antonio Vergara Parra

  1. Cstalina Castaño Bernal.

    Me parece un relato maravilloso.Triste.Pero a la vez esperanzador.De donde se sacan las fuerzas?? Él les ayuda eso es seguro…Un abrazo!!!

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