Gloria Fuertes y el hacer pueblo para la poesía

Rosa Campos Gómez

Nos legó una genuina producción literaria Gloria Fuertes (1917-1998), quien quiso ser poeta de guardia porque sabía que el mundo andaba con dolencias que podían tener cura: “Debemos inquietarnos por curar las simientes, por vendar corazones y escribir el poema que a todos nos contagie. Y crear esa frase que abrace todo el mundo”. Lo que escribía demostraba que poseía una capacidad ingente para hacer soñar, pensar y reír en la niñez —sabía que lo mejor de los seres humanos del mañana se debía fraguar en la infancia—, y de ahí en adelante: “No es todo hacer poesía para el pueblo, sino un pueblo para la poesía”.

Nació en el barrio de Lavapiés, en el seno de una familia trabajadora —costurera y sirvienta su madre, conserje y después portero su padre— que cambiará varias veces de domicilio, y ella de escuela: “Me llevaron a un colegio muy triste donde una monja larga me tiraba pellizcos porque en las letanías me quedaba dormida». Tenían pocos ingresos a pesar de que sus padres no paraban de trabajar. Como no podía tener cuentos se los fabricaba desde los cinco años, escribiendo, ilustrando y cosiendo sus páginas.

Buscó la forma de contribuir económicamente: “Mi primer juguete, una máquina de escribir (alquilada) con la que trabajaba copiando direcciones, me pagaban un céntimo por cada sobre». La creatividad y el arrojo empezaron a marcar su ritmo ya a los quince años, cuando dejó en la mesa del despacho de la revista ‘Lecturas’ —lugar en el que ayudaba a su madre a limpiar— un papel con un poema, el primero que le publicaron.

Cuando murió su madre tuvo que dejar unos estudios que había iniciado para ponerse a trabajar en una oficina. A las terribles sacudidas que representaron la pérdida de su hermano menor y la de su madre, se sumó la guerra, dejando un poso de tristeza en su vida que le hará ser pacifista también en sus versos: “Un niño con un libro de poesía en las manos nunca tendrá de mayor un arma entre ellas”.

Combinó su empleo como contable con la escritura, publicando en diferentes revistas culturales. Y creó, junto a otras escritoras, el grupo Versos con Faldas para recitar en los cafés madrileños, costumbre cultural en auge en aquellos años, hasta que fue prohibida en 1952 por el director General de Seguridad.

Puso en marcha la primera Biblioteca Infantil ambulante, con la que recorría los pueblos facilitando libros a los niños que no tenían acceso a ellos. Para estudiar Biblioteconomía e Inglés se matriculó en el Instituto Internacional, allí conoció a la profesora hispanista Phyllis Turnbull, a quien amó y con quien convivió durante 15 años. En 1961 recibió la beca Fullbright de Literatura Española, que la llevó a impartir clases en varias universidades norteamericanas. A la vuelta de Estados Unidos trabajó como profesora de español para extranjeros en el Instituto Internacional de Madrid, donde antes lo hiciera como bibliotecaria.

En 1972, la obtención de la beca March de Literatura Infantil le permitió dedicarse a tiempo completo a escribir. Posteriormente trabajó para TVE en los programas ‘Un globo, dos globos, tres globos’ y ‘La cometa blanca’, alcanzando una popularidad inusitada.

Colaboró, y cultivó buena amistad, con importantes escritores contemporáneos. Evidenció su feminismo con gracia: “la poeta se casó con el poeto y en vez de tener un niño tuvieron un soneto”.  Su obra, que recibió numerosos premios, es cuantiosa, 22 poemarios, más de 90 libros infantiles, 8 obras de teatro y 19 temas musicales, además de lo que todavía queda inédito. Murió el 27 de noviembre de 1998. Su trabajo constante, vida austera y altruismo fueron sus herramientas para dejar una herencia de 100 millones de pesetas a los niños de La Ciudad de los Muchachos, aludiendo que devolvía a los niños el dinero que había ganado con ellos.

Era creyente, pero no de dogmas de púlpito y catecismo: «Si te tienen que decir dónde está Dios, Dios se marcha. (…) Le tienes en la lengua cuando cantas, en la voz cuando blasfemas, y cuando preguntas que dónde está, esa curiosidad es Dios, que camina por tu sangre amarga. En los ojos le tienes cuando ríes, en las venas cuando amas».

Escribió numerosos villancicos —un gozo escucharlos cantados por Paco Ibáñez—, incluso al final de su vida, quizá como manera de acercarse a esa Navidad próxima que amaba y que sentía que no llegaría a vivir. ‘Hablan los pastores’ es uno de los últimos, y tiene dos versiones, una más visceral, con dos palabras que la impulsaron al cambio: “¡Ya está bien! ¡Ya está bien, que se nos va a helar! ¡Tanto adorar al chaval y nadie tiene c*****s de darle sus pantalones, sus sayas o su morral! ¡Tanta mirra y tanto incienso, y él desnudito entre el pienso! Pienso… Pienso que nadie le quiere: su tiritera me hiere en esta noche tan p**a. ¡Muchachos, traed viruta, que vamos a hacer una hoguera, antes de que se nos muera de frío la salvación!”

La segunda, que salió publicada un día después de su muerte en ABC, contiene la misma crítica social, aunque menos mordiente: “¡Ya está bien, que se va a helar! Tanto adorar al Chaval y nadie tiene reaños de darle sus propios paños, sus sayas o su morral. Tanta mirra y tanto incienso, y Él desnudito en el pienso -pienso que nadie le quiere-. Su tiritera me hiere en esta noche tan bruta. ¡Muchachos, traed viruta, vamos a hacer una hoguera, antes de que se nos muera de frío la Salvación! Juntad todas las banderas y haced una colcha loca, porque Dios está en pelota desde que vino al Portal”.

Gloria Fuertes, poeta enorme e inclasificable, habitada de ternura, de compromiso social, de humanismo, nos ha dejado escritas palabras hondas y claras, llenas de significado de la necesidad de compartir… “¿Quién dijo que la melancolía es elegante? Quitaros esa máscara de tristeza, siempre hay motivo para cantar, para alabar al santísimo misterio, no seamos cobardes, corramos a decírselo a quien sea, siempre hay alguien que amamos y nos ama”.

 

 

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