Gamberradas en el tren a su paso por Cieza

Pedradas y polizones, las desventuras ciezanas en el ferrocarril

Miriam Salinas Guirao

Cieza, la puerta natural al centro de la península, se posicionó como lugar de parada del tren. A mediados del siglo XIX se encargó el proyecto de la línea Albacete-Cartagena al ingeniero José Almazán. “A pesar de la reconocida necesidad y de las ventajas que reportaría su construcción, el proyecto no llegó a realizarse por las circunstancias políticas que atravesaba el país. Habría que esperar hasta el inicio del llamado Bienio Progresista, en 1855, que con la Ley General de Ferrocarriles dio un impulso a la creación de infraestructuras y a su expansión, siendo una de sus prioridades la línea mediterránea” (Primera aplicación de hormigón armado sobre vía férrea en España: El paso de Los Prados de Cieza, de Manuela Caballero González). Tras diferentes baches, el ferrocarril llegaría a la capital murciana 14 años después de empezar a fraguarse el proyecto. Como explica Caballero González: “En 1863 empezaron a circular los trenes entre Murcia y Cartagena y en 1865 quedaba finalizada la línea Chinchilla-Cartagena”.

La estación de Cieza ha visto llegar a mandatarios, artistas, deportistas… también ha servido como punto de encuentro de familias, de amigos, un rincón lleno de historias y que nunca debería quedarse en el olvido. Tanto es así que hasta anécdotas quedan en los raíles que reposan sobre el suelo ciezano. Anécdotas dispares. Hoy recogemos dos de ellas, con el ánimo de que el enlace que sirvió a generaciones pasadas, que reconectó a Cieza, no se pierda.

El billete más caro de junio de 1891

Vayamos a un cálido junio de 1891. Dos colegas, Juan y Miguel, debían ir a trabajar a una casa de campo alejada para ir a pie. Vamos a dejar su historia aquí, de momento.

El veintitantos de junio de 1891 el tren mixto partía desde Cartagena hacia Madrid. Era un ferrocarril pesado que tardaba al menos el doble de tiempo en llegar a la capital que el actual.

Entre las estaciones de Cieza y Calasparra, el maquinista, Antonio García Gómez (Eco de Cartagena, 26 de junio de 1891) al mando del ferrocarril número 123, en el kilómetro 401, se percató de que el tren iba frenado. Daba el silbido para que se aflojasen los frenos, pero la maquinaria iba atascada. Silbaba y silbaba pero no recibía respuesta. Ante el panorama peligroso, y la no respuesta de los compañeros encargados de los frenos, dio la señal de alarma. Todos los pasajeros, señoras y señores del siglo XIX, ataviados con calma, con humos de pipa y naftalina se vieron sorprendidos y acudieron a las ventanillas de los coches para entender lo que ocurría. Una pareja de la Guardia Civil del puesto de Beniaján, que iba de servicio en el tren, custodiando a un preso, se decidió a actuar. Uno de los agentes se quedó vigilando al preso, el otro bajó del tren en el momento que paró para averiguar la causa de la alarma.

En esto bajaron de la garita de los guardafrenos dos hombres que emprendieron la fuga. Uno de ellos fue alcanzado, manos arriba, y reducido a prisión por el guardia. El otro lograba huir.

El apresado era Miguel Ortega García, de 25 años de edad, natural de Cieza. El otro joven desapareció de la vista del agente y de su colega. El capturado fue interrogado para que dijese el nombre de su acompañante en la cuita. Apresurado y acalorado, Miguel se vio obligado a, al menos, decir un nombre. Miguel apretó los dientes y, asegurando que no recordaba el apellido de su compinche, si pudo decir su nombre: “Mi compañero se llama Juan”. El reo fue franco y relató lo que al principio de esta historia desvelábamos: los amigos debían ir a Chinchilla y, más pobres que el billete del tren, casi que les costaba más el viaje que lo que iban a ganar. Miguel y Juan se ocultaron en la garita y allí fueron sorprendidos. La intención de los ciezanos era hacer el viaje con relativa comodidad y sin pagar billete. Y ojo, que esto ocurrió a las doce de la noche. El trabajo se quedó sin faeneros y los dos colegas: uno fugado y otro en el calabozo. Aunque sería durante poco tiempo. Juan Moreno Morales (Las Provincias del Levante, 2 de julio de 1891) fue pillado al poco después. Al final, el billete no pagado les supuso a los jóvenes un perjuicio mayor, la pérdida momentánea de la libertad y, con ello, la incapacidad de ganarse el jornal. El billete más caro de junio de 1891.

A pedrada limpia

La chiquillería del siglo XIX se criaba con la rudeza de un mundo hostil y duro, sin agua corriente, con fuego de leña, con gastroenteritis y diarreas terminales y con jornadas laborales antes de los 10 años. Los juegos de entonces no podrían guardar la calma y el sosiego, en su mayoría. Crecían con cuentos y canciones, con prisa y con hambre. Los chicuelos, imitando a los mayores, según explica Montes Bernárdez (Guía Secreta de Murcia en el siglo XIX) “deambulaban con navajas, facas o dagas, garrotes, piedras y a menudo con pistolas, dispuestos a entablar riña o defenderse cuando se presentara la ocasión”. El investigador recoge unos cuantos lamentables sucesos: unos chavales de ocho años, a comienzos del siglo XX, en la calle de Santa Teresa de la capital, comenzaron a “chincharse” y uno de ellos le dio al otro en la pierna derecha con la hoja de un raspador, “debiendo quedar en la cama bajo vigilancia médica mientras que al culpable lo enjaularon. En el mismo tiempo y ciudad, por la travesía de Frenería, dos aprendices de carpintero se enfrentaron, asomando un martillo que abrió una brecha importante en labio inferior a uno de los que entraron en pendencia”.

En Cieza, un grupillo de jovenzuelos se lanzaba piedras, sin temor, cantos de rabia y fiereza. La Guardia Civil acabó deteniendo a cinco de ellos, chiquillos de 11 a 13 años de edad, que el día 27 de octubre de 1892 se arrearon, ferrocarril mediante, en las vías del tren. En las trastadas apedrearon el tren correo ascendente, rompiendo varios cristales e hiriendo a un empleado. Los detenidos, todos ellos estudiantes, declararon que “en ocasión de pasar el tren estaban jugando y tirándose piedras, no habiendo tenido intención de apedrearlo” (Eco de Cartagena, 2 de noviembre de 1892).

Lo de Cieza no fue un hecho aislado. “Bien entrado el siglo XX y casi hasta nuestros días, se extendió la costumbre de arrojar piedras a los trenes. En Abarán, Murcia, Cartagena, Beniaján, Calasparra, Cieza y varios puntos se repitieron indignadas protestas por los sucedidos, inculpándose por ello a hombres, jóvenes y críos de todas las edades”, relata Montes Bernárdez.

Y no solo con pedradas se saboteaba el tren: cerca de Yecla, en 1892, un chiquillo de 12 años colocó una rueda de carro sobre los raíles poco antes de llegar el tren de viajeros de Villena. “El maquinista percibió el obstáculo cuando ya habían saltado sobre la rueda algunas de las del tren, pero de milagro no ocurrió ningún accidente” (Guia Secreta de Murcia en el siglo XIX, de Ricardo Montes Bernárdez).

 

 

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