Foodievirus, según Maura Morés

FIRMA INVITADA

Foodievirus

Maura Morés

Me ha dado por rastrear el origen del término foodie para arrancar esta reflexión que ha empezado con un lastimero aullido gástrico. Como cualquiera puede buscarlo y constatar que fue una creación de un célebre cronista gastronómico del New York Magazine, no voy a ocupar espacio con información redundante. Es más importante pensar en el porqué de la existencia de los foodies y en las causas de su proliferación. Tal vez se deba a que los medios han decidido que van a canalizar para siempre el impulso del hambre por un nuevo cauce que nace en la retina y va relegando las papilas gustativas a un plano marginal. Un foodie ha pasado de deleitarse con los más alquimísticos sabores a apaciguar las cuchilladas en el estómago con el sentido de la vista. Así, los reyes de la cocina virtual y los creadores de franquicias, donde las meriendas compiten en colorido y extravagancia, ganan terreno, haciendo a los españoles arrinconar el guiso arcano y benéfico en pos de grasientos delirios y colorantes de obscena belleza.

Seamos sinceros: un adolescente o joven profesional de Occidente se transmutará ante el verde lujuriante de un té matcha o el sangriento encanto de una tarta vegana de remolacha mucho antes que frente a las uniformes empanadillas que ya saben a aperitivo en blanco y negro de los jóvenes de El Jarama. Los aguacates no gustan tanto por su sabor de cera como por ese verdor casi fluorescente que remite a jungla de José Eustasio Rivera. Los bodegones ya no son esos pardos cementerios avícolas de Zurbarán o Arellano, sino un híbrido entre los más extremados sueños de Eduardo VII y una fiesta del gran Gatsby. Todo tiene cabida, desde tartas de arco iris con coberturas obesas a zumos de frutas que no conocen nuestros abuelos, cuya pugna no es por conquistar paladares sino objetivos fotográficos. Y todo ello rodeado de mármoles falsos, flores secas, lacasitos, semillas, ¡partituras!, de tal forma que un alimento primario quede tan ornamentado por el indispensable carnaval barroco que su sabor o frescura sea en lo último que pensemos.

Yo soy la primera que se frustra al no poder reproducir esos estampados andersenianos en mi mesa, al carecer de esas vajillas que transportan a la corte de Ludwig de Baviera. La decepción me dura hasta que me hallo ante un perol de migas con sardina o de arroz campero con caracoles, sin más pretensiones que un hogareño fuego de Hestia avivado por manos curtidas en partos y cocciones. Las señoras con delantal que me dejan en evidencia con el sabor inimitable de sus gachas y carnes de matanza no ambicionan 200.000 seguidores en Instagram ni obnubilar a María Pombo para que hable bien de su mesón o su casa. Es a esas comidas a las que recurro en días de llanto pronto y corazón escarchado, pero en cuanto me deshiele el caldo de gallina, retornaré a los oropeles babilónicos de Instagram y al pijerío inconforme que morirá sepultado en glúcidos procesados al tiempo que tuerce el morro ante un tocino de Las Peñas de San Pedro.

 

 

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