Feria de 1967. El verano en que la tierra tembló

Numerosos vecinos de Cieza durmieron en la calle por temor a más réplicas

Antonio Balsalobre

El terremoto coincidió con la llegada de los primeros feriantes, con sus casetas de juguetes, puestos de turrón  y atracciones mecánicas. Fue un 14 de agosto, un lunes. Lo recuerdo muy bien. Unos días antes de que el castillo de fuegos artificiales anunciara en el Arenal del río el comienzo de la Feria de 1967. Para ser exactos, habría que decir que se registraron varios temblores, aunque el más fuerte fue el de las dos y media de la madrugada, que no causó víctimas, afortunadamente, pero sí algunos daños materiales y un gran temor entre la población.

En esos días previos a las fiestas se palpaba en el pueblo una actividad inusual. En el solar de doña Adela, un descampado situado en el centro del pueblo, convertido en estas fechas en recinto ferial, unos jóvenes operarios descamisados y sudorosos, iban montando, ante nuestras miradas atónitas, las atracciones con la ayuda de cuerdas y poleas, grandes tacos para nivelar y muchas barras de hierro y madera. También se podía ver, por el Paseo, al ‘Largo’, el electricista del Ayuntamiento, enfundado en su mono de trabajo, siempre afanoso y circunspecto, subiéndose a una escalera articulada para colocar bombillas y banderas.

Fue un temblor de magnitud superior a 5 grados en la escala Richter, el más fuerte que mi generación recuerda. Un movimiento sísmico de bastante envergadura que puso patas arriba al pueblo. Yo acababa de cumplir nueve años y estaba de “vacaciones” en Cieza. Habíamos emigrado a Francia unos años antes y mis padres aprovechaban las vacaciones de verano para enviarnos a casa de mis abuelos durante los meses de julio y agosto para que no perdiéramos el contacto ni con la familia ni con el pueblo. Luego ellos, como tantos otros emigrantes, venían para la Feria, compartían una semana con familiares y amigos, y a finales de agosto, un par de días antes de ‘La Traca’, volvíamos todos, algo nostálgicos, a Travaillan, un pueblecito cercano a la Aviñón papal.

En aquellos años 60, decenas de miles de familias españolas, cientos de ciezanos y ciezanas, emigraron en masa huyendo del desempleo y la pobreza. Madrid, Cataluña, pero también el extranjero -Francia, Alemania, Suiza-, eran los destinos elegidos en busca de una vida mejor. Eran tiempos difíciles. Acosada por la importación de fibras exóticas y la irrupción del plástico, la industria espartera, que había dado trabajo directa o indirectamente a más de la mitad de la población ciezana, vivía desde finales de los 50 un imparable proceso de decadencia. Una tras otra iban cerrando las fábricas y carreras de “hilao”. Por no hablar de la falta de libertad y derechos sociales. La dictadura había prohibido sindicatos y partidos, y reprimía cruentamente cualquier atisbo de protesta laboral o en contra del régimen.

Trabajando duramente, sufriendo a veces privaciones, haciendo esfuerzos titánicos por adaptarse a otras lenguas y costumbres, llevando siempre en el corazón el recuerdo de la familia y de la tierra, estos emigrantes perseguían un sueño. El de conseguir unos ahorros para poder comprar en Cieza un piso, una casa, unas tahúllas. Las remesas de dinero que enviaban, los cientos de millones de pesetas ahorrados e invertidos en el pueblo, fueron en parte el artífice de lo que se dio en llamar el “milagro económico”. Nunca agradeceremos lo suficiente a estos hombres y mujeres su aportación, en unos años muy duros, al desarrollo económico de Cieza y de España.

Nuestras vacaciones escolares, a decir verdad, eran muy simples. Disfrutábamos mucho, eso sí, de la calle y de la naturaleza. Por la mañana, bajábamos al río, donde pasábamos horas y horas bañándonos entre cañas, álamos y zarzas. Después de comer, tras la obligada siesta, improvisábamos en las calles sin asfaltar un campo de fútbol, con dos piedras marcando las porterías, y echábamos un “partidico”, interrumpido a veces por la llegada de algún coche solitario. O nos íbamos a jugar a los solares, que entonces abundaban del otro lado de la Gran Vía. Allí confeccionábamos lanzas o espadas con cañas, y “jugábamos” a la guerra, unas veces fingida y otras no tanto, pues siempre se acababa con algún herido de verdad. Y cómo no, también estaba el cine, con su magia de imágenes en movimiento, sus historias fascinantes, que nosotros vivíamos con toda intensidad en el popular Galindo, en el señorial Capitol o en el veraniego Avenida, cuando la tele apenas había echado a andar.

Aquel lunes 14 de agosto yo estaba con mis tíos en el Capitol, abajo, en butaca. A eso de las ocho y media, durante el intermedio, aproveché para subir a la cantina y comprarme alguna chuchería. La barra estaba atestada y tuve que hacer cola. Fue entonces cuando el primer temblor se hizo sentir. Lo suficientemente intenso como para provocar las primeras escenas de pánico. ¡Un terremoto! ¡Un terremoto!, gritaban algunos entre el gentío. Y empezaron a producirse estampidas. Asustado, volví abriéndome paso entre la muchedumbre atemorizada a donde estaban mis tíos. En cuanto los encontré, salimos del recinto y nos marchamos. Había sido el primer aviso. Después vino una cierta calma.

El “gordo” se registró en torno a las dos y media de la madrugada. A mi hermana y a mí nos pilló durmiendo, con ese sueño profundo que casi siempre tienen los críos. Lo cierto es que no nos enteramos de nada. Pero el seísmo había sido de gran intensidad y en plena madrugada atemorizó al vecindario. Temblaron las paredes, y en muchos hogares cayeron al suelo enseres de las cocinas, cuadros y objetos de decoración. En algunos, incluso, hubo roturas de cristales. Salimos a toda prisa del piso de la calle Buitragos. La gente presa de pánico había tomado la calle. En la explanada de la Esquina del Cantón, sin grandes edificios colindantes, familias enteras buscaban ponerse a salvo. Algo parecido ocurría en otras replacetas y plazas del pueblo, donde mucha gente optó por sacar sillas, mecedoras o incluso colchones para pasar la noche. Había padres y madres con sus hijos semidesnudos, somnolientos y asustados, intentando tranquilizarlos. Los más precavidos cargaron con sus enseres y se fueron al río. También es verdad que hubo gente que se quedó en su casa, dispuesta a aguantar “lo que viniera”.

En la parte antigua del pueblo, de algunas fachadas se desprendió parte del enlucido y alguna casa vieja sufrió desperfectos en sus muros. Y según la prensa de la época, no pocas personas tuvieron que recibir asistencia médica por la fuerte impresión recibida.

Las réplicas que siguieron fueron menos fuertes, de modo que a medida que avanzaba la noche fue volviendo, poco a poco, una cierta normalidad. Hasta que despuntó el alba y muchos de los que no habían regresado todavía a sus viviendas empezaron a hacerlo.

Con el susto en el cuerpo dio comienzo aquella Feria del 67. El solar de doña Adela ocupaba toda una manzana y estaba rodeado de un viejo muro que por algunas partes empezaba a derruirse. Desde el Paseo se accedía al recinto por una puerta coronada de una guirnalda iluminada en la que se podía leer: “Feria”. A ambos lados se instalaban las tómbolas. Al mismo entrar, también a un lado y a otro, había dos filas de futbolines. Uno de los empleados que los atendía se llamaba Cayetano, un mutilado republicano de guerra, al que le faltaba una pierna, y que aprovechaba el puesto algunos días para vender manzanas asadas caramelizadas, chufas, pipas o tostones.

Entrar en aquel recinto en una noche calurosa de Feria era, para nosotros, entrar en un mundo mágico. Un mundo populoso de febril actividad, sudoroso, polvoriento, ruidoso por el volumen de la música, deslumbrante por las luces multicolores, pero lleno de oportunidades.

A los futbolines le seguían las casetas de tiro al blanco, algún teatro de ‘cristobicas’ o los espejos cóncavos y convexos, dependiendo de los años. Luego había que bajar las escaleras para acceder a la siguiente explanada, la que daba al Camino de Murcia. Y allí estaban los caballicos dando vueltas mientras subían y bajaban; la noria que nos elevaba a los cielos, donde a veces quedábamos suspendidos contemplando la ciudad; la “ola” arrebatadora cuyos rulos hacíamos girar desenfrenadamente sobre una plataforma también giratoria; el tren de la bruja con su túnel de “horrores” y su brujo, porque solía ser un muchacho, que te sacudía con su escobilla cuando menos te lo esperabas, sin que hubiera manera de quitársela para conseguir un viaje gratis.

Y señoreando sobre todo lo demás, los coches de chocar. La gran atracción de la Feria. Con los troles en forma de gancho echando chispas en la red del techo. Y los autos golpeándose de frente, de lado, por detrás —que todo estaba permitido— al ritmo de Black is black de Los Bravos y otras canciones ye-yé, a un volumen ensordecedor.

Cada día traía una nueva ilusión. Hasta que se acababa el dinero y sólo quedaba ir a contemplar cómo se divertían los demás. Aun así, casi nunca faltaba, en esas fechas tan señaladas, alguna pesetilla para echar una partida a los futbolines y seguir disfrutando, en el solar, de la música, de las luces y del ambiente.

Y con el susto todavía en el cuerpo, finalizó aquella Feria, la del verano del terremoto. Los feriantes desmontaron sus casetas y atracciones, ‘el Largo’ recogió las bombillas del Paseo, el pueblo recobró su normalidad, y nosotros volvimos a Francia.

Algo, sin embargo, estaba cambiando… El régimen empezaba a resquebrajarse, la oposición democrática a organizarse, y la juventud, como vimos más tarde en el mayo del 68, a rebelarse. Por cierto, que aquel mismo año, en enero, unos jóvenes ciezanos habían inaugurado, al margen del asociacionismo oficial, un local de ocio y cultura al que llamaron Club Juvenil Atalaya. Una asociación llamada a traer aires nuevos y a sacudir otros cimientos.

Ya lo venía diciendo Bob Dylan: The times they are a-changin’. ¡Y vaya que estaban cambiando!

Antonio Balsalobre Martínez

Autor, entre otras publicaciones, de la novela  Maryam de Siyasa y del libro La Cieza de Ayer. Historias, leyendas y otras crónicas. Ambos publicados por Alfaqueque Ediciones.

 

 

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