Evitar un cierre en falso, según Diego J. García Molina

Evitar un cierre en falso

La pandemia de covid-19 continua imparable a lo largo del mundo, descontrolada de forma desigual, en unos países con mayor impacto que en otros. Lamentablemente, el nuestro sigue siendo de los más afectados en esta segunda ola de contagios, tras liderar la anterior la primavera pasada. Y como el gobierno ha dejado a cada comunidad que lidie con la enfermedad como mejor pueda, consecuencia, como casi todo, de la cobardía o complicidad con las comunidades gobernadas por nacionalistas, en cada una de ellas el impacto, las medidas, y sus resultados son diferentes. Ha empezado la cuenta atrás para obtener la vacuna que nos devuelva a la vida anterior, incluso se habla del número de dosis que comprará cada país. Me pregunto qué pasará con los países menos desarrollados sin dinero suficiente para inmunizar a su población.

Veo poco probable que otro suceso supere a este como el de mayor impacto global en este primer cuarto de siglo. Parecía que el ataque a las torres gemelas, el pentágono, y otros objetivos estadounidenses en 2001 y las consecuencias de aquello podía marcar el devenir de las siguientes décadas; no obstante, todo quedó en una escaramuza local en oriente medio, de la cual todavía sufren las consecuencias en aquella zona. El enfrentamiento religioso entre chiitas y sunnitas es continuo prácticamente desde el advenimiento del islam, como lo fueron en su momento las guerras de religión entre católicos y protestantes, por lo que la lucha entre las potencias de cada bando, con Irán y Arabia Saudí encabezándolas, respectivamente, sigue siendo una fuente de conflictos inagotable, que salpica esporádicamente a otros muchos países del mundo.

Recuerdo todavía las primeras reacciones de algunos periodistas, como Jesús Hermida, quien le decía a Matías Prats: “Estamos en guerra, pero no sabemos contra quién”; o de Gabilondo o Carrascal, no sabría precisar cual, exclamando: “Es la tercera guerra mundial”. Sin embargo, quizás las guerras modernas no tengan como campo de operaciones principales el enfrentamiento armado con ejércitos convencionales. El ataque informático a empresas influyentes, como vimos hace poco con Garmin, la intervención en procesos electorales para desestabilizar países, como ya se ha insinuado en algún caso desde hace años, o la propagación indiscriminada de un agente biológico que interrumpa la actividad económica de un país o una zona extensa, pueden ser armas tan poderosas como una amenaza nuclear, neutralizada hoy día por su posesión general, ya que poseen arsenal reconocido de este tipo EEUU, Francia, Reino Unido, Rusia, China, India, Paquistán y Corea del Norte, además de la sospecha más que fundada de que Israel e Irán también estarían incluidos en este selecto y siniestro grupo.

La verdad es que la rápida extensión de la pandemia nos pilló a todos con la guardia baja. China estaba demasiado lejos y otras enfermedades parecidas no habían registrado más de uno o dos casos en Europa. Todavía recuerdo las bromas que se hacían a cuenta de la enfermedad; había una cuenta de Twitter llamada Coronavirus, donde cada día enviaba el chistecito correspondiente, como que quien quisiera una baja laboral de varios días quedara con él. Al igual que la sociedad previa a 1914 nos creíamos invulnerables, la sociedad más avanzada de la historia, sin miedo a las guerras, pues el progreso las haría innecesarias, ni a la catástrofe, dado que la avanzada tecnología sería capaz de solucionar cualquier problema. Aunque existen dos factores adicionales que diferencian ambas situaciones, minimizando los efectos e inmunizando a la población ante futuras posibles repeticiones; en el sentido de que es posible que salgamos de esta crisis sin aprender la lección. La primera es que en una guerra la muerte y destrucción se ve, se palpa, se siente, tanto durante ella como en años posteriores; en este caso se han escondido los efectos, todo era de color de rosa, salgamos a bailar y aplaudir. En la primera ola no se vio ni un solo fallecido de los 50.000 que hubo en poco más de dos meses, al revés, se escondieron y falsearon las estadísticas, como ya sospechábamos y se ha confirmado ahora. La segunda es que en una guerra mueren personas jóvenes, al menos en el frente, entre los 16 y los 55; este virus ataca a personas a partir de esa franja de 55 años, personas mayores principalmente, y la verdad, parece que a nadie le importa, excepto a sus familiares directos y amigos. Nos hemos vuelto indiferentes.

Actualmente, de forma parecida al siglo pasado, el mundo se creía tan avanzado que nada podía alterar su estado. Esta pandemia, dentro de lo que cabe leve, ha sido una advertencia inconmensurable; imaginad que, en vez de una simple gripe, muy virulenta, eso sí, hubiera sido el ébola u otra enfermedad mortal y mucho más contagiosa. Quizás se habría acabado el mundo tal y como lo conocemos. Creo que no se debería cerrar esta crisis en falso y averiguar como realmente surgió y se extendió este virus. Si surgió en un mercado de animales debido a la falta de medidas higiénicas, se debe exigir a China que imponga leyes para evitar la expansión de una nueva versión de este virus, de las que ya hemos tenido unas cuantas. Si no surgió en ese lugar, como informaron las siempre transparentes autoridades del partido comunista chino, con mayor razón todavía se debe llegar hasta el final.

 

 

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