Estoy harto y también enamorado, por José Antonio Vergara Parra

Estoy harto y también enamorado

Estoy harto, muy harto, lo admito, de rojos y de azules, de cortesanos y republicanos, de tirios y troyanos, de las dos españas de machadiano recuerdo.

Harto de apátridas ingratos y de falsos devotos; harto de quienes mancillan mi bandera de una soflama o una traición. Pues unos la despechan y otros la abrazan para desteñir, después, el rojo de su sangre derramada.

Harto de quienes bucean en la Historia no para aprender, sino para hallar excusas por las que odiar a gentes que ni conocen. Harto de jactanciosos de lo público y consumidores de lo privado. Harto, desesperadamente harto, de quienes  reducirían el Estado a algo tan residual, tan insustancial, que apenas socorrería a los más necesitados.

Harto  de santurrones, mojigatos y chupacirios mas también de insolentes, groseros e irreverentes. Harto, insisto, de fariseos y publicanos. ¿Quién dijo que por orar se bosteza? ¿Habremos de suponer que el descreído labora? Ni lo uno ni lo otro pues el prejuicio al juicio flaquea. Lo primero lo supuso Don Antonio; lo segundo yo lo afirmo.

Harto de quienes hostigan mi Cruz y se inclinan ante la medialuna. Mejor la otra mejilla que el talión; ¿verdad gallinas? Harto, hasta mi despoblada coronilla, de quienes enmudecieron ante los mil muertos de ETA pero bramaron por el sacrificio del perrito Excalibur.

Harto, hasta el mismísimo tuétano, de ladrones y corruptos, tunantes y bribones que, ocultados tras la pana o embutidos en la seda, esquilman a mi pueblo. Sí; a mi España de ruiseñores o de canto heroico. Porque España sólo hay una, la de Federico García Lorca o Rafael García Serrano, y muchos los felones y muchas sus coartadas.

Harto, ahíto, de legiones de sectarios, secuaces y prosélitos de sendas riberas del río, de juicio nublado y pétrea lealtad. Entiendo al que el pan se juega pero no al ciego desdeñado. Ciegos de embustes y tretas, de instintos mezquinos e ideales conjurados.

Harto, colmado, definitivamente empachado de holgazanes subsidiados y dadivosos de lo impropio porque es muy fácil, y muy canalla, doblar voluntades con plata de los otros. Harto de estéticas sin ética y propagandas sin franquezas.

Harto de justos asediados y haraganes laureados. Decididamente harto de racistas y clasistas, de obreros esquilmados y sudores confiscados. Hastiado de añiles abolengos e hidalguías heredadas. De fueros y dispensas, de bulas e indulgencias.

Harto de cultura secuestrada e impostores ilustrados. De varicas desiguales para iguales realidades; de indigentes doctrinales y ocurrentes de la nada, petulantes, altaneros, saurios con fortuna que confirman mis creencias; que el sabio reverencia como el necio gallea.

Harto, mohíno, de contratos trastocados y honorarios manuscritos, que andarían faltos los señores y sobrados sus mentores, que los ideales son de necios y la bolsa de buscones que, como el Don Pablos de Quevedo, son ejemplos de vagabundos y espejos de tacaños.

Harto de hablantes y pensantes que bienviven como no hablan y malpiensan como viven. Lazarillos de sórdidas doctrinas  y lóbregos de la pena, que rebosan las fosas de espíritus atormentados por la ruindad de la idea y la maldad del hombre.

Harto hasta de mí que, aun sin pretenderlo, me vi envuelto en esta comedia, que es de enredo y final incierto.  Ya elegí. Elegí el amor, elegí la vida y su mies milagrosa. Elegí la amistad, elegí el arte, la hoja yerma y mi tintero. Elegí la paz y el sosiego, a mi estrella y Maestro, al de túnica y sandalias, a del perdón y gran poder, al de la luz y el sarmiento; al Carpintero.

¿Por qué habría de no sentir la mitad de cuanto siento? No soy mitad de acá y mitad de allá sino enteramente del mar y enteramente del viento, enamorado de Dios y enamorado del Hombre.

 

 

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