Esta España invertebrada, por José Antonio Vergara Parra

Esta España invertebrada

Sr. Ortega; discúlpeme, se lo ruego, por esta licencia mía. He cogido prestado su lamento porque, en efecto, hablaré de España y también de vértebras herniadas. Usted, junto a Pérez de Ayala y Gregorio Marañón, parió intelectualmente una bienintencionada república, la segunda, que pocos entendieron y demasiados malgastaron. Pasó lo de siempre; que una camada de atormentados atisbó en la república una coartada para amputar media España; pero ésta es cuestión distinta de la que otro día hablaremos.

Por el océano y las calendas no pude conocer a un ilustre aldeano mío; Don Pedro Massa Pérez (Cieza 1895; Buenos Aires 1987) Desde su exilio bonaerense, Pedro Massa escribió una obra titulada Esta España Inagotable. Mas la fortuna me sonrió y pude conocer a su hija que, por breves aunque emotivas horas, visitó la tierra de su padre. Como en oro en paño guardo un ejemplar de ese libro, obsequiado y dedicado por su educadísimo retoño porteño.

Julián Marías prologó el libro y, entre otras prevenciones, advirtió a los lectores: De esta manera, Pedro Massa salva una España que siempre está a pique de perderse”…..”Tal y como la han visto otros y la vuelve a ver, abriendo bien los ojos o entornándolos del otro lado del río Océano, para mirar mejor”.

Porque de esto irá la cosa, de la España invertebrada e inagotable, de una España que, una y otra vez, repite sus errores y se niega a sellar la paz consigo misma. Sí. De una España desmedida y trompicona que aconseja la distancia para verla de cerca. Una España, en definitiva, siempre a pique y menesterosa de ser salvada.

No repasaré nuestra Historia que está ahí para quien, desde una mirada templada, quiera acercarse a ella. No todo está escrito y, en ocasiones, la verdad de los hechos es esquiva y poliédrica pero dos son mis certidumbres. La primera es que la Historia debiera usar claveles por munición. La segunda es que España no es una quimera, ni una ensoñación, ni una amalgama de nacionalidades; no. En absoluto. Es mucho más. Infinitamente más. España es Don Pelayo y la Batalla de Covadonga. También las órdenes militares de Calatrava, Santiago y Alcántara. Y los vascones que en Roncesvalles derrotaron a francos y en el sur frenaron el avance musulmán. España es la batalla de las Navas de Tolosa donde, inexorablemente, el sueño colectivo y grandioso de una España unida comenzaba a tomar forma. España, por descontado, es el Oratorio de San Felipe Neri donde las Cortes de Cádiz forjaron la Constitución liberal de 1812 que, antes que un mero corpus legis, supuso un grito ensordecedor de soberanía e hispanidad.

Les prevengo eso sí, que España no es la Ley de Memoria Histórica amenazada por una segunda y revisada edición. Si la memoria es selectiva y amnésica entonces sólo es Desmemoria Histérica. La Historia no se alimenta de compartimentos estanco. No es posible entender la Guerra Civil sin estudiar la II República, y no es posible entender ésta sin acercarse al Sexenio Democrático, la Restauración borbónica y las dictaduras militares encabezadas, por este orden, por Miguel Primo de Rivera, el General Berenguer y el Almirante  Aznar) Porque una cosa es restaurar dignidades y resarcir iniquidades y otra, muy distinta, relatar la mitad del cuento para que media España tenga muy presente que los del PP y los de VOX son descendientes en línea recta del Caudillo. Que tengo ya una edad y de candidez queda apenas un suspiro.

La patria no es un concepto discutido y discutible; tampoco pertenece al viento; acaso la tierra de nuestros padres y sólo por eso debiéramos besar el suelo que pisamos. Nuestra bandera no es un trapo sino el símbolo sagrado donde la sangre derramada por millones de españoles pinta de grana dos de sus tres franjas. España es un legado que no se acepta a beneficio de inventario; que ofrece lo bueno y lo menos bueno. España es norteña y sureña; oriental y occidental; cuatro puntos cardinales pero una única y común rosa de los vientos.

La España que yo sueño, la España que yo anhelo, o a todos habrá de  pertenecer o de nadie habrá de ser. España es impura y en eso reside su grandeza. A Dios gracias, por mis venas corre sangre musulmana, sueva, alana y goda. Y vascuence, que mi tatarabuelo partió de Vascongadas y en tierras murcianas, concretamente muleñas, habría de vivir hasta el fin de sus días. Dos veces he estado en Euskadi y quisiera volver eternamente porque nunca me sentí extraño y sí muy presente. Tierra de gentes maravillosas y costumbres milenarias. Sus piedras hablan y su cielo llora de alegría por un pueblo enamorado de su pasado y su presente. Nunca vi en la ikurriña una ofensa hacia mi patria; más bien el verde de sus bosques, el rojo de sus pasiones y el blanco de su pureza.

Soy ciezano, también murciano, que son mis patrias chicas pero, por encima de todo, soy español. Esta es mi opción, libre, sincera y para nada grandilocuente. Pero la patria, como todo sentimiento, no se impone; se ofrece. España está obligada a seducir sin caer en la iniquidad, sin repetir una y otra vez la parábola del hijo pródigo, que no debieron tener su día los Evangelistas. Porque es recomendable acoger al pródigo sin ningunear al justo sobre todo cuando el primero no busca calor sino monedas.

Tiempos decadentes en los que patria es palabra maldita, que torna en sospechosos a quienes la pronuncian. Tiempos  tormentosos en los que prevalece la negación sobre la opción y donde la duda permanente, aún inconsciente, desplaza toda convicción. Una cierta dosis de relativismo está bien pues te salva del fundamentalismo intelectual y volitivo, que nada bueno nos trajo. Mas un relativismo desaforado desvirtúa peligrosamente las conquistas más decisivas de la civilización. La democracia ateniense, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 y la demolición del Muro de Berlín, verbigracia, no admiten un análisis relativista. Hay otras certezas con peor prensa pero no menos verídicas. Y en esas estamos, donde defender la vida, la patria, la igualdad de los españoles, nuestras raíces cristianas y  la justicia son casi delitos de lesa humanidad.

Pero no huyamos de la cuestión y descendamos de lo filosófico a lo tangible. Les propongo una idea. Cuando ese hijo de la gran puta, de nombre covid y apellido 19, nos abandone, el Gobierno debería planificar y presupuestar un ambicioso plan de trasiego nacional. Con un coste muy reducido, como los del inserso. Les cuento. Vascos, catalanes y gallegos, cuyos pasaportes nacionales estén yermos, deberían visitar, para empezar, Andalucía, Murcia, Extremadura y Castilla-La Mancha. Y la inversa. Y haría bien el Apóstol Santiago en imitar a Sant Jordi, que eso de regalar un libro y una rosa me gusta una barbaridad. Cada año, un libro distinto pero siempre una rosa. Para la primera bandada de viajeros propongo uno entre estos dos: El Ferrocarril Subterráneo, de Colson Whitehead y Dientes Blancos, de Zadie Smith.

Por unos días, los turistas estarán a salvo de NO-DOS autonómicos y de espurios mesías que vomitan odio para preservar privilegios y/u ocultar su propia mediocridad. Quiero pensar que es así porque si en verdad piensan cuanto dicen el asunto suscitaría mayor repugnancia.

Los de arriba conocerían una España mil veces ocultada y mil veces falseada. Las carretas no transitan ya por autovías murcianas; de veras. Por Córdoba, sus bellísimas mujeres, de teces morenas y ojos moriscos, no van al trabajo con avolantados trajes de lunares. Conocerían una Andalucía, quizá el lugar más cercano al cielo, donde el quejío y la manzanilla se adueñan de ti para siempre. Una Mancha, la Nueva, anchurosa y noble por donde anduvo el Hidalgo y su regordete y bajito alter ego. Y una Extremadura, guardiana de tesoros y de espíritus aventureros.

Nos vendrá bien a los de abajo pasear por las Ramblas y por el barrio gótico. Hubo un tiempo de esplendor donde aquella fue dintel de Europa, icono de modernidad y pujanza. Hubo una época, en efecto, donde todo español quiso allí estudiar porque se enseñaba mucho y bien; y en sus paraninfos reinaba la palabra libre y atrevida. Otro tanto por Nafarroa y Euskadi donde bosques y mares enamoran. Ciudades y pueblecitos donde lo pretérito y el medio natural son sagrados. Laboriosos y cumplidores de la palabra dada.

Nos vendría muy bien a todos. Lo pienso de veras. Llevamos tiempo sin tratarnos, sin frecuentarnos. Dando por ciertas las maldades de allí y de aquí. Ya les digo, de antemano, que me bajo de esta absurda contienda. Amo a toda España, sin excepción, y no sería el primer amor no correspondido.

Aún invertebrada y a pique es inagotable mi España, Don Pedro; que fue la suya y también la mía. Me consta que en usted se hizo cierto lo advertido por Federico y José Antonio que en esto coincidieron; que no es posible entender de veras a España si no se ha frecuentado Hispano-América. Federico, como usted, amaba Buenos Aires y yo, sin conocerla, también la amo, como amo a España aún sin haber cruzado el charco. Nunca la vi de lejos, a España digo, y sin embargo la añoro cada día porque siento que se esfuma entre impostores y felones.

Disculpen este apasionado panegírico pero, como dijo aquél, aunque es hermoso servir a la patria con hechos, no es absurdo servirla con palabras.

 

 

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