Espectros vivos impalpables, un espectáculo para la noche de difuntos en la Cieza de 1890

Recorrido histórico sobre la fantasmagórica función de magia y misterio que atraía a los ciezanos de finales del siglo XIX

Manuela Caballero González

Aunque el mes comienza con la celebración del día de Todos los Santos, noviembre es un mes ligado a la memoria de los difuntos. En el cristianismo rezar por ellos es tan antiguo como la misma Iglesia, donde no faltaban las misas como sufragio por sus almas, pero en el siglo X un monje benedictino francés, San Odilón, puso un día concreto para celebrar estas misas, rogando por los difuntos el día 2 de noviembre, y en el siglo XVI esta fecha fue adoptada para toda la Iglesia del rito latino.

Esta conmemoración caló en el pueblo que lo celebra con las más diversas manifestaciones, variando mucho según la cultura, creencias religiosas y tradiciones de las comunidades, mezclándose “lo divino con lo humano”. Por ello encontramos tanto actos estrictamente religiosos como otros ligados a actividades que más bien parecen lúdico-festivas, como pueden ser desfiles, el discutido Halloween, cine o las obras teatrales como Don Juan Tenorio, que no suele faltar en tan señalada fecha.

Pero este tipo de espectáculos no es cosa nueva. El penúltimo mes del año, quizá por ser la antesala del oscuro y largo invierno, era tiempo de leyendas, velas (los más mayores recordarán las “mariposas” flotando en tazones), flores y cementerios, y no faltaban funciones de magia y misterio que, a pesar de provocar respeto, eran éxito de público, aunque a veces se convirtieran en espectáculos peligrosos.

Fantasmagorías en la Esquina del Convento

Las compañías ambulantes siempre han llevado teatro, títeres y magia hasta los más recónditos rincones. En noviembre de 1890 encontramos a una de ellas en Cieza a la entrada del Paseo, junto al convento. Allí instalaron un barracón con un teatro de magia donde darían varias representaciones de los llamados Espectros vivos impalpables que, según consta en la publicidad, “es un bonito y curioso espectáculo” habitual en esas fechas, detalle que nos revela la prensa de la época: “el espectáculo no por ser ya bastante conocido, deja de ser agradable y sorprendente. Todas las noches se darán funciones desde las 8 en adelante, siendo la entrada a 1 real y 15 céntimos los niños. Como la carencia de espectáculos y diversiones es absoluta esperamos no han de faltar visitantes al indicado teatro”.

¿Pero qué verían los ciezanos de 1890 esa noche de noviembre por un real?  

Las fantasmagorías eran el arte de representar fantasmas, espectros, esqueletos u otras apariciones por medio de la ilusión óptica. Se hacían desde el siglo XVIII, incluso inventaron una máquina, el Phantoscopio, que funcionaba así: Desde la lejanía, parecía surgir de un punto luminoso una figura muy pequeña, que se acercaba lentamente y se agrandaba hasta aparecer un fantasma que avanzaba hacia los espectadores, pareciendo precipitarse sobre ellos para desaparecer rápidamente entre los gritos del público.

Los números irían evolucionando y los llamados Espectros Vivientes Impalpables eran ya una representación más compleja. Aparecieron en torno a 1860 en Francia y unos años después ya se hacían en España. Llevar a cabo este tipo de espectáculos era complicado, y si bien en el teatro de magia instalado en Cieza puede que los medios no fuesen los más sofisticados, sí que serían lo suficientemente impactantes para sorprender al público de la época. Básicamente consistía en colocar bajo el escenario una linterna mágica que proyectaba una luz muy fuerte sobre un actor disfrazado de fantasma que los espectadores no veían. Frente al escenario se colocaba un gran espejo inclinado, de tal manera que el fantasma luminoso que iba por el foso se reflejaba y aparecía junto al actor que estaba en el escenario. Todo esto se hacía en total oscuridad ya que el público no tendría que ver todo el montaje. No era fácil obtener estos efectos ópticos, pero por lo que sabemos en Cieza gustaron y mucho.

Cómicos ambulantes, una profesión de riesgo

Las compañías por el tipo de vida que llevaban sus componentes generaban expectación a la vez que reparo, sospechosos de ser “gente peligrosa”. De hecho, en algunos lugares no se les admitía y necesitaban un permiso especial, siendo vigilados por las autoridades. Y un claro ejemplo de ello fue lo ocurrido en nuestra ciudad.

En la noche de difuntos la compañía actuó en Cieza obteniendo un gran éxito por lo que decidieron prolongar su estancia. Pero a finales de noviembre se extiende el rumor de que la cuadrilla de Zapaterín está cerca de la población. El famoso bandido albaceteño Roche, una vez finalizada la última guerra carlista, se echó al monte. Aunque casi siempre anduvo en solitario, hubo una época en que reunió una pequeña cuadrilla. En esa cuadrilla se integraba un tal Zapaterín. Como en todo también entre los bandidos había “clases y clases”, y si bien Roche llegó a ser considerado como el Robin Hood manchego, Zapaterín difería del sentido de la justicia de éste, formando su propia cuadrilla y llegando incluso a estar enfrentados. Las hazañas de éstos personajes por toda la comarca de Hellín eran comentadas (y adornadas) en ventas y tertulias, llegando a todos los pueblos limítrofes, y Cieza no sería una excepción y la reacción a los rumores no se hizo esperar. Empezó a “susurrarse” que el barracón de dicho teatro de magia servía de guarida a gente sospechosa y de malos antecedentes por lo que el alcalde ciezano mandó al dueño que lo levantara y abandonara la ciudad inmediatamente.

La prensa se hizo eco de las noticias apoyando al empresario de quien decían tener muchas referencias dignas de crédito. Pero algo debió suceder porque a renglón seguido escriben “es un hombre honrado y si tuvo en su barraca algunos días a algún sujeto de quien se sospechó con razón, lo despidió cuando llegó a sus noticias”. Pero no fue suficiente, y a pesar de que sufrió pérdidas por el mal tiempo y la falta de la llegada de los quintos, que esperaba para pagar sus deudas, se mantuvo la expulsión y el empresario tuvo que dejar empeñados sus pocos enseres. Los periodistas consideraron dura y arbitraria la decisión del alcalde, aunque dicen que se abstienen de juzgarla por si estaba justificada por otros motivos que ellos desconocían.

Y así, de forma precipitada, la compañía tuvo que salir del pueblo aquella noche de 1890, y aunque al final todo quedó en rumor, tal como publicaba El Combate: “el más perjudicado por la alarma ha sido el pobre que tenía instalado el Teatro de Magia junto al convento”. Como hemos podido comprobar, más miedo daban los vivos que los Espectros Impalpables.

 

 

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