Esa poesía de pobres, por María Morés

Esa poesía de pobres

Cuando acechan en lontananza tiempos de zozobra y cogote encorvado, como ahora, en el mundo del 2020 atenazado por el virus y por tantos proyectos económicos y humanos que este va a cobrarse cual deidad fenicia insaciable, no viene mal barnizar un poquito con romanticismo y esa luz de la que habla mi amiga Miriam, pluma estrella de este rotativo, los quehaceres y normas del día a día. Acabo de beberme el café con leche desnatada de todas las mañanas; lo hago porque me manda escopetada al cuarto de baño, conseguido así el mismo efecto que en el anuncio del Fave de Fuca. Pues bien: apliquemos algo de glamour del exquisito, no del de las casi señoras aterradoras con ácido hialurónico de ¡Hola!, a este consuetudinario proceder.

En el salón de casa, la luz que permiten entrar las cortinas es la justa para vivir como seres superiores y no subdesarrollados y abisales, o de ultratumba. Eso hace que el color de la mezcla de café molido y leche de vaca -no sé si violada, dejemos aparte lo que hicieron con sus ubres hace meses- tenga una cobertura metálica, de tálero, de gota de aceite virgen, de arenas del Egipto Medio. La escasa luz me ha hecho parir un micromomento feérico con el cerebro y los ojos, así como si tal cosa. El café ya no es solamente una prosaica y rutinaria parada matutina. Si lo miro a contraluz, podría ser ponche de nibelungos y valkirias, o lo que me diera la gana. O la ambrosía del Olimpo.

Chúpate esa, mundo feo. Me he vuelto tan cursi como James Rhodes. Si también lo acompañara de galletas -cosa impensable por el momento, ya que en días no festivos odio los desayunos sólidos, herencia de la etapa escolar- los embrujos que podrían obrar en sus superficies nacidas del cereal estos claroscuros y resquicios de luminosidad ciezana darían para diez poemas de la Generación del 27. Claro está que no podría trasladarlos al lenguaje humano, porque yo no soy Lorca ni después de entrar en delirium tremens. Pero estaría bien crear una Oda a las galletas de trigo, cebada y avena. Buscaré algún voluntario entre los ciezanos domadores de diccionarios, y si no puede ser, llamaré por teléfono a don Eloy Sánchez Rosillo por si se acuerda de que algún día fui su alumna, le hice gracia recitando a Bécquer y Campoamor y podría así dedicarme algo apresurado inspirándose en los rayos de sol que entran en mi morada.

Morderse las uñas o el interior de la boca ya no puede dar para un poema, así que me pasaré el resto del día buscando objetos y acciones que puedan dejar de ser normaluchos vistos a través de las lentes invisibles y llenas de gracia que llevarían incorporadas a sus córneas desde que nacieron Wordsworth o Blake. Pero tiene más mérito intentarlo en este piso, porque no son los lagos del norte de Inglaterra, donde supongo que hasta las boñigas de ganado serán bonitas. A partir de hoy, me gustaría que escribiera gente al periódico para aportar ideas y narrar qué de resultón y bello encontraron en un trozo de folio, una sábana arrugada después de abrazarse con la pareja, un chorrito de agua de lavadora espumosa, una cuchara que refractó un beso solar, unos granos de sal que vistos de cerca parecían peñones lunares, una piel de gato que de pronto se llenó de tornasolados gracias a esos guiños del gran astro que se cuelan en todos nuestros hogares. De pequeña, el agua que brotaba de la cisterna, imparable, me parecía una cascada para seres diminutos y pensaba que los Borrowers de la película estarían abajo disfrutando de ella como del Niágara para hacer deportes de riesgo. Es una buena forma de entretenerse mirando unos segundos ese líquido desbocado que arrambla con todo lo hediondo y que tenemos la suerte de poseer para no recurrir al ¡Agua va! Hay cientos de comodidades que a su vez son alquimia en un lunes, martes o miércoles de la clase media.

Mi abuelo me contaba que solía almorzar picatostes para sacarle provecho al pan duro como un canto. Nosotros tenemos tres o cuatro bobadas para elegir en el armario de los dulces. Es de bien nacido ser agradecido; te calman el estómago y te permiten observar sus infinitas tonalidades, siguiendo con la propuesta inicial. No hay nada más reconfortante que el marrón del cacao, sea el de la crema de dentro de una galleta Príncipe o el que viste los cereales de arroz inflado o trigo modelado en forma de pluma. El día que hay una Pantera Rosa puedes recrearte en ese color de princesa de Versalles, delicioso a la par que repipi, porcelánico, femenino de otra feminidad ya muerta, rococó, videoclipero. Espero haber insuflado suficientes ideas para que los desayunos -y sus posteriores evacuaciones en el aseo- de cada día ya no sean monótonos y lleven por bandera una cara de perro. Que miren, que se harten a mirar, que domestiquen y expriman las luces y las sombras. Que la poesía está más viva que los ardides de los políticos.

Tenemos que sacar jugo a cada esquina de las paredes y cada pliegue de la piel, para así seguir viendo el mundo como un resplandeciente milagro de imaginería si en un futuro no hay galletas sino gachas insípidas, y volvemos a depender del racionamiento. Y, si esto se le lee a un invidente, que sepa que conozco bien a varios de ellos y que han aprendido a palpar las dulzuras y las sales del universo gracias a los sentidos que conservan, y que otros pueden ser sus ojos y agilizar así la lengua describiéndoles el oro de entre las persianas y la plata de las lunas de agosto.

 

 

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