El virus, según José Antonio Vergara Parra

Virus

Sábado, catorce de marzo. Dieciséis horas y veintiocho minutos. Estas líneas están alumbradas por cuanto me es conocido hasta este instante. Cuando estas letras vean la luz, supongo que las cosas habrán cambiado y confío que para mejor.

De todas formas, no hablaré de certezas, que son esquivas. Somos demasiado cándidos; de veras lo creo. Las redes sociales y la diversidad de medios de comunicación crean un espejismo y no parece que estemos muy dispuestos a burlar esa imagen proyectada frente a nosotros. Admito que las redes sociales nos conceden un instante de gloria, o eso creemos, pero están descontroladas; no hay filtro y la excelencia convive con la mediocridad cuando no con la bazofia. Faltaban los youtubers; algo así como nuevos mesías on line que, aclamados por legiones de insensatos, pronuncian palabritas del niño Jesús. Perdóneme el Altísimo por usar en vano su nombre.

Luego están un sinfín de radios, cadenas de televisión, diarios en papel y digitales que, salvo honrosísimas y por ello fallidas excepciones, no informan pero sí deforman la realidad hasta hacerla reconocible para quienes desembolsan la plata. Nerón lo vio claro; pan y circo. Imagino el Coliseo, en tiempos de calimocho y espinos, entrado en éxtasis mientras las fieras, intencionadamente famélicas, devoraban cristianos con fruición. Ahora todo es más sutil, más estético, aunque no menos fecal, excrementicio y soez. Espectáculos circenses, ordinarios o de luxe, realitys donde toda ficción, por descalabrada que fuere, es superada por realidades escatológicas concebidas por mentes víricas. Pero la culpa no sólo la tienen los mamarrachos televisivos de grito verdulero o los que tientan recíprocas cornamentas, sino ante y sobre todo las masas ávidas de hedor ajeno.

Y entre aquesto y esotro, cuando la vida ya es lo suficientemente hostil, un virus nos viene a visitar. Covid diecinueve, lo llaman; coronavirus para los amigos. Vaya usted a saber si alguien comióse un vampiro en vinagre o enlimonao, sin un hervor siquiera. Oigan, que el sabor, en la sartén, con un chorrico de aceite de oliva gienense, vuelta y vuelta, mejora una barbaridad y los microbios se mueren achicharraos.

O podría ser obra de un algún orate o de algún hijo de la gran puta que, en solitario o comandita, entre matraces y probetas, embudos y microscopios, estruja sus neuronas para la muerte y no para la vida. Ocurre que  los bacilos los carga el diablo y que, por descuido o mala baba, se puede liar la de San Quintín. Como así ha ocurrido, pues decenas de miles de infectados y miles de fallecidos repartidos por medio mundo han obligado a la Organización Mundial de la Salud a pronunciar una palabra maldita: pandemia.

Y así nos hallamos. En casita y recogiditos. Parece que será una primavera gris y hogareña, sin cera ni saetas, sin sollozos ni madrugás. Peor será para los que han bajado persianas en estación de alegría y menesterosas plusvalías; o para los pequeños ahorradores que advierten un Ibex cuesta abajo y sin frenos; o para quienes perderán sus empleos. La peor parte, sin duda, será para quienes han visto resquebrajada su salud o exhalado su último aliento.

Nunca sabremos quiénes y por qué mataron a Kennedy, como tampoco sabremos lo de este virus. Luego, en espera de respuestas ausentadas, centrémonos en lo que sí sabemos.

Si somos lo suficientemente avispados, las dificultades individuales o colectivas deberían hacernos más fuertes y sabios. ¿Qué otra cosa podemos hacer más que enfrentarnos a ellas y aprended de su magisterio? Y es aquí donde vienen mis certezas que han ganado enteros en estos últimos días. Les cuento. Siempre defendí una sanidad pública, eficiente y sostenible, que alcanzase a todos por igual. Siempre vi en España una gran nación, capaz de lo mejor cuando pintaban bastos. Siempre creí en la grandeza de un pueblo solidario y bueno, el español, que desempolva sus mejores virtudes ante la adversidad. Y siempre defendí el olvido de colores y matices cuando es el presente y el futuro lo que, como pueblo, nos jugamos. Salvo algún imbécil que ha miccionado fuera de tiesto y un par de talibanes independentistas, España y los españoles somos y seremos una única voz. Y sí, estoy junto y con el Gobierno de España, de todas todas, sin ambages ni peros. Tiempo habrá para esclarecer imprevisiones o errores mas no será mi caso porque he visto en mi Presidente un rostro de infinita preocupación y sincera ocupación. Sepa usted, Sr. Sánchez, que aquí hay un español humilde, que desea su acierto porque también será el de todos. Alguno de sus predecesores optó por la X, para que nadie despejase la ecuación; y otro atisbó armas de destrucción masiva. Por no olvidar al probetico Migué, digo Eme Punto, abocado a percibir sobresueldos para paliar su indigencia contable. Y ese otro, para quien la tierra era del viento y nuestra economía competía en la championlí. Todos erramos, aunque no todos robamos, pero no es momento de meter el dedo en el ojo sino de extender la mano.

Nunca creí en paladines impostados, por mucha tela de araña que acertasen a escupir.  De sobra sé que mis héroes llevan fonendo y vendas, jeringas y amparo. Otros suben a rojos y elevados camiones. Los hay, también, de uniformes verdes, azules o camuflados que, pese a los desaires de algún desagradecido, cuidan de todos, siempre, también del ingrato.

Lo superaremos. Estoy seguro pero, por lo que más quieran, aprendamos bien la lección y permanezcamos unidos.

 

 

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