El Tribunal Supremo, por Pep Marín

Tribunal Supremo

Con todo este embrollo del fiscal general del Estado y las posibles revelaciones de secretos por su parte, posibles, he tenido esta semana pesadillas hiperbólicas. Toco madera. Y es que ya desde que era niño escuchar “Tribunal Supremo” me daba miedo. A mí, mi madre no me decía eso de “que viene el coco”, me decía: “Como no te bebas toda la leche viene el Tribunal Supremo; así que tú verás”.

Evocaba yo, si es que se puede definir así, un Tribunal Supremo como si fuera un ritual de esos demoniacos profundos, de más allá del subsuelo, en lo más oscuro de las tinieblas. Yo, de rodillas con una túnica negra y sin nada debajo, desnudo, en presencia de unos hombres (no había ni una mujer, qué detalle psicológico onírico) que portaban en sus manos unas velas gruesas de formas fálicas. Intentaba huir y daba patadas al aire sobre mi cama para ahuyentar la persecución de estos hombres que venían hacia mí con malas intenciones; hasta que despertaba, unas veces todavía en la cama; otras, como me pasó esta semana, en el suelo tras la huida y cagándome en Dios porque ayer mismo moví la mesilla de noche. Ya ves tú, que tendrá que ver Dios en todo esto, pero, ya saben, hay que echarle la culpa a alguien para soltar lastre.

Es la primera vez que sucede que un fiscal general del Estado es imputado por posibles revelaciones de secretos. Siempre hay una primera vez para todo. El tribunal “ese”, miedo me da escribirlo, ha abierto una causa contra él por un asunto relacionado con otra causa de un particular de esos que meten mano a la alcancía de todos, atraídos por la perdición, cosa que se repite en nuestro país más que una cebolla en escabeche. Engancha como cocaína eso de meter mano donde no se debe, la sangre hierve por la idea de llevarte a un eterno verano, otras veces ocurre porque llevas tanta lujuria para adelante que no tienes más remedio que corromperte hasta las cejas porque, total, las ojeras te llegan a los pies y lo mismo te da un café que cicuta; es lo que me evoca Ábalos. Pero, volviendo al tema, hablamos de un particular de moral contenta defendido por todo un gobierno autonómico de los que se te comen el bocadillo entero cuando te habían pedido solo un bocao: el novio de Ayuso. Nada que ver, si él cree que ha sido perjudicado en el proceso y se siente indefenso que se investigue; y que el eco de los 350.000 euros defraudados, aprovechando el río revuelto, venga acompañado de los oles de un público que es al mismo tiempo espectador y protagonista del acto de ser toreado y banderilleado. Se trata de dinero, y al fin y al cabo,  por mí como si le pegan fuego al Banco de España, lo que se desea es una buena corrida, y quedarse como nuevo, relajado, brindar. ¡Viva el rey!

Ya tenemos de nuevo lío. Una división entre dos universos. Ya tenemos otra vez al David de Miguel Ángel que vuelve a ser mármol blanco sin forma. Pero, algunos ya ven en potencia la bella escultura. Y ya la han juzgado. Su pareja, la pareja del delincuente defraudador confeso, Ayuso,  se hace la amnésica cuando le preguntan si su amado a través de su abogado solicitó a la fiscalía, como tú y cómo yo, ciudadanos instalados en la alegría de los recursos ilimitados como la gente guapa, un pacto para no entrar en la trena, y no al revés como dijo ese hombre de la barba que ahí sigue en el gabinete de prensa como si nada, como si cero. Ayuso hace muchos aspavientos y de su boca sale la procesión del grito, en el teatro de la Asamblea de Madrid, para gusto de sus fieles que esperan sean invitados a la fiesta posterior de los premios Feroz a comerse unas cuantas cáscaras de pipas y ser poseídos por la gran orgía democrática.

Cuando alguien se pone hecho un fiera ante un posible pero difícil delito de corrupción, o de lo que sea, cometido por un contrincante cualquiera, como un loco que escupe hojas de baladre en el juego de las querellas y las imputaciones,  pienso, ha naturalizado la corrupción y ya no ve ni el jaguar en el garaje, ni el desvío de limosnas destinadas a priori a leche infantil para la reforma de su piscina del amor en forma corazón, no ve, por no ver, ni muertos. Sabe perfectamente que se defiende como un loco de su mediocridad humana, e incluso podría callar e ir al cine y después a un restaurante de muchos tenedores, y más tarde disfrutar de un bailoteo en un pub de moda, con el maletero del coche que le espera lleno de ceniza de difuntos. La cuestión es disfrutar, sudorosa, con las mejillas incandescentes al punto de poder a asarse allí mismo unas morcillas, como si llaman al 112 centenares de hijos cuyos padres van a morir en media hora. La justicia, mira para otro lado; la justicia, en otros casos, llama a declarar hasta al bedel de la universidad complutense a ritmo de la cucaracha, en otros, se esperan a ver si madura un email tres años y cae alguna breva.

Solo un/a exorcista de almas corruptas puede limpiarles la mirada en la que todo se ve turbio, confuso, donde escuchan la voz distorsionada de Ali Babá y creen que cuarenta fantasmas han dejado en la sede de su odiado partido un elefante de oro. Y se crecen, porque hay jueces que alimentan el espectáculo, también por omisión o dejación de funciones, unos pocos agradecidos que poco tienen que ver con Rosendo.

No en vano, aquí se sabe perfectamente lo que se hace.