El tiempo no nos da opción, según María Bernal

El tiempo no nos da opción

¿Alguna vez nos hemos parado a pensar por qué mencionamos muchas veces la palabra tiempo?

Es la estrategia para resolver problemas, es como el bálsamo sanador que cicatriza heridas, como el duelo que te ayuda a superar la pérdida de un ser querido, como la pasarela que nos conduce hacia la consecución de nuestros objetivos, como esa realidad transgresora de la que pensamos que en un futuro no lejano será capaz de situar a cada sujeto en su lugar con esa fuerza devastadora con la que maneja a su antojo a los seres humanos.

Y eso es lo que somos, simples marionetas que observan cómo sus vidas en cualquier impreciso momento dan un frenazo en seco ante las decisiones caprichosas del tiempo, que, ordenado por el destino egoísta, se convierte en esa señal de stop que, por mucho que uno intente traspasar a toda velocidad, le resulta imposible.

¿Cuántas veces habremos dicho, en busca de una filosofía hedonista “vamos a aprovechar el tiempo?” Miles y miles de veces. Sin embargo, no lo hacemos, porque este y nuestra mente no nos dejan. Además, las exigencias de la vida de este siglo nos condenan a no hacerlo, ya que es más importante llegar a ser los primeros en todos sitios que prestarle tan solo unos minutos a las ocasiones que merecen la pena. Y tiene que ocurrir una desgracia para reflexionar con trascendencia sobre si el tiempo pasa rápidamente o sobre si nosotros no sabemos aprovecharlo sanamente.

Hace unos días terminaba de ver la primera temporada de la serie Avlu: El patio. Mientras iba viendo los capítulos me iba dando cuenta de cómo la vida nos puede sorprender minuto a minuto, a pesar de que pensemos tener el control. Su protagonista, Deniz, pasa de estar en el salón de su casa manteniendo una discusión con su marido a acabar en la cárcel, sepultando así su libertad y borrando obligatoriamente la noción del tiempo.

Es en ese lugar donde comprenden que dicha noción ya no juega a su favor, sino a favor del entorno; que las reclusas no son capaces de medir el tiempo porque este se dilata tanto que desaparece hasta el punto de que esa sensación de infinidad llega a perturbarlas y a torturarlas. Y es el momento en que empieza a pasar por sus cabezas una galería de imágenes que muestran lo que podría haber sido y lo que ahora es imposible que sea.

Y así es la vida, un río, como diría Manrique, que fluye sin más, sin esperar respuestas y sin dar explicaciones, ni oportunidades. Y nosotros, en lugar de aprender a gestionar el presente, siempre estamos en un continuo viaje hacia el pasado para airear lo que fue y ya no va a cambiar o, a modo de prolepsis irremediable, optamos por anticipar la borrachera de un futuro incierto, obviando que la felicidad es un instante aquí y ahora, y que de nada sirve reiterar interminablemente los errores del pasado, porque lo único que conseguimos es fustigarnos para no vivir con intensidad.

A las reclusas de la serie se les ha acabado el tiempo, a pesar de que este quede marcado y delimitado por las rutinas del día a día. Son conscientes de que muchas, quizás, no volverán a ser capaces de poder elegir debido a que sus vidas decidieron que cada una estuviera en ese lugar culpable de su condena, tal vez, sin premeditación, como es el caso de la protagonista.

Una vez enclaustradas en sus celdas ya no hay tiempo, ya no van a poder disfrutar, ya no van a poder quejarse por nada, ya no van a poder demostrar su capacidad, ya no van a poder echar en cara ningún pensamiento, ya no van a poder exigir aclaraciones, ya no van a poder disfrutar de ese continuo aquí y ahora, porque su dicha ha sido fulminada, lejos de toda misericordia.

Se nos acaba el tiempo; minuto pasado, minuto olvidado. Pero seguimos obcecados en querer lamentarnos insistentemente en que todo nos va mal, en que todo fue un error y en que lo que esté por venir, probablemente irá mal. Y mientras que vivimos en esa vorágine de desmoralización, pasa el tren de la vida sin intención de parar y preguntarnos qué es lo que deseamos hacer.

Y leemos mil frases motivadoras, observamos mil experiencias, vivimos múltiples historias y muy a pesar de los pesares, siempre consideramos que todo nos sale mal.

Es en ese instante, en ese conflicto moral interno, en ese continuo e imparable discurrir de la vida cuando, si no somos capaces de hacerle frente al tiempo, disfrutándolo, y afrontando consecuencias con la idea de que si todo sale mal se empieza desde el principio, seremos como las reclusas de la serie y no tendremos más la oportunidad de volver a decidir y elegir.

 

 

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