El Santo Grial, por José Antonio Vergara Parra

El Santo Grial

Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: bebed de ella todos porque esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mateo, 26:27-29)

 

Siento rabia y una profunda decepción. La enésima muesca en la culata, un nuevo apunte en el debe. No sé cuándo sucedió pues las sombras asedian de incógnito; lo hacen con tal sigilo que apenas son percibidas.

Fantasmas con demasiada información que saben dónde y cuándo embestir, aunque sus esfuerzos serían estériles de no ser por nuestras claudicaciones y armisticios.

La presencia de Dios debiera ser constante; tanto que apenas quedasen resquicios para céfiros malvados. ¿Qué somos sino una ínfima partícula en un universo inagotable? Me temo que todo es más simple de lo que estamos dispuestos a admitir.

Les confesaré una íntima ambición. A estas alturas de mi vida sólo quisiera ser dueño y señor de mi alma. Las fuerzas son escasas pero la determinación inquebrantable.  Izaré las velas de mi nao cuando el viento me sea favorable y asiré con fuerza el timón cuando aquél me sea hostil. Un buen amigo, con quien la disensión es tan perenne como el mutuo respeto, se comprometió a no permanecer equidistante. Y tenía razón. No es deseable la indiferencia y muchos menos la exculpación de ideas y actitudes miserables. No hay filiación ni meta que justifique la maldad.

Pero esa pretendida beligerancia debe ser integral, sin aristas ni matices. Sin conjunciones adversativas ni retorcidas artimañas semánticas. ¿Acaso importa, verbigracia, que la xenofobia lo sea por la pigmentación de la piel, el origen étnico o la cuna? No hay racismo malo y racismo menos malo. Todo racismo es éticamente inadmisible y, lejos de toda adhesión, sólo debiera suscitar arcadas.

Hay ideas abyectas en sí mismas que cualquier homínido, medianamente homo y medianamente sapiens, debería pisotear. Pero éstas, por su pavorosa franqueza, son fáciles de identificar y combatir.

Es cuestión distinta la que me inquieta. Comenzaba reconociendo mi indignación y lo es, en primer lugar, conmigo mismo porque yo también soy culpable. He pecado de cinismo e hipocresía; he sucumbido a esa perversa dialéctica entre la idea y la decencia. No hay pensamiento o ideal que pueda cobijar la obscenidad ética. Olvidamos lo esencial, lo que en verdad reconforta al Creador, para abrazar la conveniencia o para justificar nuestra posición en el tablero. Nos falta humildad y sobran veredictos; abunda el fariseísmo y escasea la valentía para reconocer la evidencia. No importa cuán grueso construyamos el dique pues la verdad, tras martillearnos cada día, acabará por abrirse paso.

Como los ejemplos son muy ilustrativos les expondré uno. Llevo lustros defendiendo la monarquía parlamentaria. He reflexionado sobre sus bondades y, aún por motivaciones más pragmáticas que intelectuales, he remado contra corriente y no me ha importado pues la opinión sincera debe estar dispuesta a asumir las contrariedades. Mas este alegato mío no puede sostenerse por más tiempo mientras el Rey emérito no se presente, libre de equipaje y como uno más entre los españoles, ante Themis, la diosa de la justicia y la equidad.

Si Juan Carlos se va de rositas y los leguleyos de palacio se asen a la manida e indecente inviolabilidad, será cuestión de días que un servidor clame por la república donde las cosas no serán necesariamente mejores pero, al menos, será el pueblo quien elija al primero entre todos los españoles.

LLamamos  Santo Grial  a la copa de la que Jesucristo bebió en la Última Cena junto a sus Apósteles, y en la que José de Arimatea recogió la sangre de Cristo Crucificado. El Santo Grial es, por descontado, la reliquia más importante de la cristiandad.

Desde hace algo más de 2.000 años, La Historia y la fábula, los deseos y la realidad pugnan por prevalecer. Crónicas y leyendas donde no faltan templarios, cruzadas o autores medievales como Chrètien de Troyes o Robert de Boron. Dos ciudades afirman tener el Santo Grial. De un lado Valencia que, en el fastuoso relicario de la Catedral de Santa María, dice guardar el Santo Cáliz. Del otro, el Sacro Patino, orgullo de la Catedral de Génova.

Sea como fuere, el Santo Grial vendría a ser la punta de lanza de un largo elenco de objetos sagrados con pretendidos poderes sobrenaturales. La Sábana Santa, la Cruz de Cristo, la Lanza del Destino y el Arca de la Alianza, entre otros, han extenuado a buscadores de tesoros, deshidratado tinteros de literatos y fabulistas y apuntalado credos con pies de barro.

El Jesús histórico, aún con matices, es aceptado por creyentes y escépticos. Los desacuerdos, no menores, irrumpen en la exégesis de su mensaje y en la naturaleza pretendidamente divina del Nazareno.

Las fuentes escritas hablan del hijo de un carpintero que vivió en las provincias de Judea y Galilea y que, tras un suplicio despiadado, fue crucificado en Jerusalén, en torno al año 30 d.C.

Jesús calzaba sandalias y vestía una túnica de una sola pieza. Su Última Cena lo fue junto a sus más íntimos seguidores y de una copa bebió vino para simbolizar la instauración de la Eucaristía. Sabemos que en lo alto del Gólgota, enclavado en un madero, expiró sobre la hora nona quizá de un viernes.

La corona de espinos, su calzado y túnica, la cruz y la lanza clavada en su costado existieron; fueron reales. Como también lo fue la copa de la que Jesús y sus catecúmenos bebieron aquella alegórica y neurálgica noche. Afirmo, eso sí, que al aspecto de una copa hebrea de la época chirría con el ornato y exceso con el que muchos, en demasiados lugares y aún con limpias intenciones, representan el cáliz de Cristo.

Sospecho que estos santos objetos se perdieron para siempre o, quizás, anden ocultos en lugares inexplorados. Nadie lo sabe en realidad.

¿A cuento de qué aquello y a cuento de qué esto? Pues es sencillo. Para quienes el Nazareno lo es todo, para quienes aún torpemente andamos tras sus pasos, debiéramos saber que el Santo Grial está en nuestras entrañas. Nuestra sangre, que es de Cristo, no sólo debe irrigar tejidos y órganos y no únicamente debe transportar oxígeno; nuestro corazón debe ser algo más que un simple motor de bombeo.

Si de veras queremos beber la sangre de Cristo y participar de su banquete, no podremos desligar su magisterio de cada acto o pensamiento de nuestras vidas.

 

 

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