El paisajista inglés Wyndham Tryon pintó el Castillo de Cieza

La localidad ha sido retratada por diversos artistas de todo el mundo a lo largo de la historia

Miriam Salinas Guirao

Camino a Cieza, desde cualquier camino, se distingue el conjunto altivo y poderoso formado por la Atalaya  y el Castillo. La belleza natural se abraza con el cincel humano, y aunque se ha perdido -mitad de destrucción, mitad de necesidad- algún legado, ahí se mantiene.

La mirada de fuera, que no es de esta tierra, también siente cómo las pupilas se dilatan y se hincha el pecho al contemplar las maravillas de Cieza. Wyndham Tryon (1883-1942), paisajista londinense que perteneció al grupo de pintores que llegaron a la Región de Murcia: “Con él, Darsie Japp, su amigo de la Slade School y posteriormente el matrimonio Jan y Cora Gordon que entablan amistad con los jóvenes pintores Luis Garay y Pedro Flores, así como en el aún niño Ramón Gaya. (…) Estos jóvenes pintores conocerían las últimas novedades de arte francés, empezando por el Impresionismo, Cèzanne, Picasso, Matisse, Van Gogh… precisamente en la biblioteca de Tryon. La estancia en Murcia de Tryon abarca desde 1914 a 1920. Desde allí, pinta las comarcas y pueblos del sureste, Jijona, Cieza… hasta Teruel. Regresa a Inglaterra en 1919. Wyndham Tryon mantiene el pulso dibujístico en sus paisajes, herencia del clasicismo detallista victoriano, pero dota a su pintura de una paleta clara, cegadora de cadmios abrasados por la luz. Tryon pinta lo intrahistórico, aquello que nadie se atrevía a colocar en el bastidor para ser pintado: la aridez sin paliativos de la que huía nuestro pintor impresionista Darío de Regoyos.” (‘Madrid-Murcia: la percepción cosmopolita del arte de la periferia (1915-1926)’ de José Luis Antequera Lucas).

Wyndham Tryon nació en septiembre de 1883 en Londres. “Inicialmente trabajó como arquitecto. Entre 1906 y 1911 estudió pintura en la Slade School donde coincidió con su amigo y pintor Darsie Japp. Tras su marcha a Inglaterra dejó su piso a los pintores Jan y Cora Gordon, que llegaron a Murcia en el verano de 1920. No pudo participar en la I Guerra Mundial; ya que fue considerado no apto para el servicio militar. Volvió a Inglaterra, pero una enfermedad le recluyó en Epson entre 1920 a 1923, recibiendo tratamiento en Escocia por una crisis mental en 1924” ( ‘Un espía inglés en Xixona’ de Bernando Garrigós Sirvent).

Wyndham Tryon y el silencio del arte

El paisajista inglés acabó por ser considerado como un artista abstracto, expuso en diferentes lugares del mundo y su obra ha quedado repartida en diversas ciudades como una prueba de su carácter viajero. En el mes de noviembre de 1918 presentó en el Salón del Ateneo su primera exposición individual, formada por 68 cuadros que relamían las delicias de paisajes y dibujos realizados en toda España.  Pasó, además de por Cieza, por Guadix, Alcoy, Altea, Jijona, Sagunto…

En ‘Orígenes de la vanguardias artísticas en Madrid (1909-1922)’ de Isabel García García se señala el “arte” del pintor inglés derivado del impresionismo y del puntillismo con toques de los grandes del Siglo de Oro español.  Siguiendo a Bernardo Garrigós Sirvent, Cronista Oficial de Xixona,  encontramos la descripción que hizo Antonio Coloma Picó en su libro ‘Jijona, Gentes y Paisajes’: “Mr. Tryon es de mediana edad, alto y recio. Sus ojos son anchos y azules, y bajo un corto bigote rubio, sus labios carnosos succionan una pipa humeante que, de vez en cuando, atasca con tabaco exótico. Viste un traje de pana oscura, y se cubre con una montera ovalada, de piel de cabra, de las que antaño usaran los pastores. De pastor es también el cayado que va pasando de una mano a otra”.

El cuadro y Cieza en ‘La Esfera’

El cuadro del castillo de Cieza fue recogido por la revista ‘La Esfera’ el 1 de marzo de 1919, hace más de 100 años. Entonces el pintor inglés ya había recorrido España los ásperos lugares, rudas fortalezas caídas que traían épocas bravas, los yermos, calcinados, secos suelos del sur, los húmedos caminos, fríos, con olor a mar y a río. “Wyndham Tyron prefiere los lugares ascéticos, solitarios que parecen aguardar, propiciatorios, una escena dramática, o estar como empapados, como inmovilizados por el estupor de una tragedia pretérita. (…) Siempre el sol y la tierra áspera son los protagonistas de todos y cada uno de ellos. Parecen dos amantes abrazados en una lúbrica sed que no se apaga con nada. El sol tortura a la tierra apasionada,- y la tierra se somete ferozmente sedienta de esa tortura. Son llanuras febriles, cerros palpitantes, cumbres monásticas, castillos derruidos, cuyas piedras el calor desmigaja”, relataba conmovido Silvio Lago en la revista. No se olvidaba mencionar la tierra ciezana. Bajo el título de ‘Cieza, la riente’ un bello texto acompañaba el cuadro de Tryon relatando las bondades de la ciudad. Contaban de Cieza que nacía en un valle amenísimo que se extendía por la falda de altos montes y regada por el “caudaloso Segura, que casi la circunda totalmente”.

Ya parecía la ciudad un reclamo de turistas por su esplendor y su cultura: “Cieza, la histórica villa de la provincia de Murcia, ofrece a la admiración del turista el bello encanto de una pintoresca geografía, la alegría de un ambiente saturado de esencias y el interés de una población con vida propia, resultado de un esfuerzo constante, de ese esfuerzo intelectual y material que determina el engrandecimiento para los pueblos activos y laboriosos…”

Cieza se reía “feliz y satisfecha” de sus propios dones. Se destacaba la Asunción, la ermita de San Bartolomé “por su notable conjuratorio desde el cual se domina el hermoso panorama de la vega, el río, los altos montes próximos, y puede apreciarse, en toda la plenitud de su exuberancia. La rica vegetación que nace, si no espontánea en absoluto, sin fatigosa labor de los huertanos, que hallan pródiga recompensa en el fácil cultivo de una tierra fecunda y bienhechora, la madre tierra, inagotable en sus frutos generosos…”.

Cieza desde las manos extramuros, desde los ojos cercanos, desde los pies cansados y el papel de siglos. Cieza generadora de bellas obras y recuerdos dorados. Una tierra fecunda y fecundadora por los siglos de los siglos. 

 

 

 

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