El paisaje, un relato de Toñi Medina

El paisaje

Toñi Medina Real

Miedo.

Incredulidad.

Esto no puede estar pasando, no aquí, no a mí y no ahora.

Estar frente a algo, un lugar, un momento…

No contar con él y tenerlo ahora ahí, delante de tus ojos.

Pestañeas una y otra vez porque te niegas a creer, ver, sucumbir ante algo que realmente es poderoso, es hermoso, es paz.

Y tú, te empeñas en seguir luchando en lugar simplemente, de contemplar.

Tu mente te dice: Vete, cierra los ojos, esto no existe ni es para ti.

Vete.

No sabes porque, sólo sabes que no puedes irte.

Entonces, le das permiso a tus ojos. Decides darte, darle, una oportunidad.

Y es entonces cuando eres capaz de observar, de sentir, por ejemplo, la humedad de un riachuelo que salpica la suela de tus zapatos. Y das un paso más: decides desabrochar esos cordones que te oprimen y liberar tus pies para dejar que el agua acaricie directamente tus plantas, tus dedos, tu piel.

Y aunque te empeñas en decir una y otra vez que no… Tus sentidos reaccionan y a tu piel le encanta esa fusión de tierra, aire y agua.

Te das cuenta que alzando un poco más la vista, ese riachuelo viene a su vez de un torrente de agua que baja caudaloso rozando cañas, rocas, piedras… Y dibujan un paisaje de tonos verdosos y azulados con matices dorados. Es el sol que brilla intensamente y baja en forma de haces de luz, a calentar las aguas.

Porque nada es realmente tan difícil.

Ahora, no solo ves ese río sino que te fundes con el ruido del agua, más tenue a veces y más agresiva en otros puntos.

Y una voz dentro de ti quiere saber: ¿Por qué?

Y es que el riachuelo que empezó a humedecer tus pies era un escape, una fuga, de un río hermoso y caudaloso que había detrás, tras los arbustos.

Y al final… Una montaña, alta, verde, llena de vida: el verdadero origen de todo.

Está ahí, siempre ha estado, dando identidad a lo que eres, a lo que te rodea y de lo que indudablemente formas parte. La vida.

Vive, creyendo en lo que ves, en lo que sientes, en lo que te emociona, en lo que mueve tus aguas, tu torrente, tu corazón.

Porque el amor existe, existe primero por la vida misma, la que tienes y te permite estar aquí.

Y uno sólo es libre cuando puede mirar dentro, sentir lo que está sintiendo y simplemente, aceptarlo.

Porque nadar a contracorriente siempre acaba con tus fuerzas.

En cambio, cuando te permites a ti mismo fluir contigo, llegas con mayor entereza al final.

 

 

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