El misterio del Castillo de Siyâsa

    Imagen aérea tomada por drone y cedida por Javier Caballero, piloto y operador de drones

Os presentamos un nuevo misterio literario. Atreveos a encontrar la solución al enigma y enviad vuestras respuestas a redaccion@cronicasdesiyasa.es

Max

El misterio del Castillo de Siyâsa

Los sinuosos relámpagos anunciaban el sonido atronador y desacompasado de los truenos. Era una noche cerrada en la que el resplandor dejaba ver entre la inmensa cortina de agua lo que parecía la silueta de un alcázar. Allí en la cima del cerro de la Atalaya se encontraba aquella fortificación encaramada en la parte más alta, escabrosa y abrupta, coronando la montaña. Sus pétreos muros envejecidos por el paso del tiempo definían una edificación inexpugnable con prominentes torreones rectangulares sobre los que danzaban las conquistadoras banderas. Aquella noche, las antorchas que acompañaban a los centinelas tenían dificultad para sobrevivir a la tormenta y entre ese morir y revivir creaban tristes sombras e intensas negruras cargadas de tenebrosas tinieblas que se entremezclaban, convirtiendo así a los fieles escoltas en siniestras figuras monstruosas y deformes alejadas de su existencia cotidiana y terrenal, lo cual despertaba auténtico pavor.

En esa atmósfera de profundo terror y perturbador espanto, que envolvía a las ráfagas de viento reinantes sacudidas por el agua cayendo sobre aquellos engendros, se desplegaba a los pies del majestuoso alcázar una nívea y caótica medina cuyas angostas, recoletas y sinuosas calles convertían su discurrir aquella cegada noche en un angustioso laberinto, tan enmarañado y confuso como el corazón atormentado del joven Abderramán Málik. Los Málik vivían en una de las principales viviendas del asentamiento, pues era de doble planta y desde su mirador, en forma de arco ornamentado con elaboradas yeserías, la familia podía disfrutar de la belleza de la vega del Segura. Se trataba de una conocida familia de orfebres que abastecía a los siyasíes con sus ánforas, tinajas, jarras, reposaderos y aguamaniles. Pero su principal labor era contentar a su califa Omar Cha´far ben Sulayman al –Muqtadir, príncipe de la dinastía de BanuHud. Este era un hombre entrado ya en años, que había recorrido el sur de España liderando grandes batallas hasta llegar a la vega alta del Segura, donde buscó el punto estratégico para dominarla. Tenía fama de ser bárbaro, tosco, feroz y con un codicioso espíritu conquistador.

Una mañana mandó llamar a Abderrazak Málik para hacerle un encargo, pero el pobre hombre era ya mayor y no se encontraba con fuerzas para subir hasta el alcázar, así que fue en su lugar su hijo Abderramán. Éste era el menor de los cinco hermanos, pero sus dotes de alfarero habían logrado superarlos con creces en los últimos años y empezaba a ser muy cotizado. Era su primera visita oficial a aquella fortaleza y eso le hizo sentirse algo inquieto. Durante el recorrido por el fastuoso palacio para ser conducido hasta su señor, gracias a la luz de las lámparas de aceite, pudo observar el lujo de las enormes estancias que quedaban a cada lado de un largo pasillo, construido con muros ricamente decorados con labor de yesería, inscripciones religiosas y el escudo de la dinastía nazarí. Cuando se abrió la pesada puerta maciza ribeteada en oro, su asombro fue aún mayor ante aquella sala policromada cubierta por un alto techo de madera de cedro con incrustaciones de colores en forma de estrellas. Sus ojos no dejaban de crecer ante tanta belleza, hasta que de pronto su fascinación fue interrumpida al escuchar detrás de una oscura y recóndita sombra de aquella enorme sala de audiencias una voz atronadora cargada de crueldad, que debía salir de una despiadada garganta ensordecedora de la que colgara un pequeño y ridículo corazón ennegrecido.

Mi hija la princesa Hayat pronto se casará. Tendrás una semana para traerle la más bella ánfora que haya existido jamás. Si no cumples con este cometido, tu familia tendrá que abandonar mis dominios.

El joven no quiso asustar a su familia y trabajó en secreto sin descanso. Los días habían ido pasando fugazmente y tras aquella larga y tenebrosa noche de tormenta se cumpliría el plazo. Abderramán tendría que volver a presentarse al amanecer ante el califa, pero esta vez con la más bella ánfora que haya existido jamás. Mientras toda su familia dormía a pesar del aguacero, él no lograba conciliar el sueño, pues sentía cómo las gotas de sudor le caían lentas y pesadas por la frente, a la vez que se le aceleraba el pulso y la inquietud le iba mordiendo el estómago hasta dejarlo exhausto. Se imaginaba en medio de aquella enorme sala con el califa clavándole los ojos mientras su hija, ajena a su sufrimiento, se recreaba observando el ánfora desde todos sus ángulos. Entonces, tuvo la brillante idea de llenarla con plantas aromáticas con las que agradar a la princesa. A la mañana siguiente el joven Málik se presentó lleno de temor ante su señor. Se trataba de un cántaro esbelto, compuesto de dos asas curvas, cuya silueta se asemejaba a la de una mujer. Sus colores plateados contrastaban con el azul cobalto que servía de firmamento del paisaje representado. Y, sorprendentemente, desprendía un penetrante olor embriagador.

La princesa Hayat, nada más verlo quedó maravillada con aquel obsequio, le pareció la más bella ánfora que hubiera existido jamás. Era tanta la admiración que sintió por aquella obra de Malik que ordenó colocarla en el sitio más destacado de la casa, para llenar así de su color y de su perfume toda la vivienda. Tanto se divulgó la fama de la pieza que no cesaba de llegar a la casa distinguidos visitantes de otras comarcas, solo con la intención de comprobar la autenticidad de la gran notoriedad que había alcanzado la obra. Hasta se llegó a comentar que alguien entró una noche aprovechando que todos dormían para intentar robarla, pero fue sorprendido por los guardianes y detenido en una austera y dura prisión, donde estuvo encerrado durante meses.

Pasado un tiempo, después de que el preciado regalo fuera contemplado por todas las familias principales del lugar, suscitando en todos la envidia y el deseo de hacerse con una igual, corrió el rumor en la medina que la princesa había enfermado y que nadie sabía la causa. Todos los siyasíes se mostraron muy preocupados y los más entendidos ofrecieron sus remedios, pero ninguno lograba que la princesa mejorara.

¿Qué le podía pasar a la princesa? ¿A qué podía deberse su enfermedad? ¿Se trataba de un hechizo? ¿Alguien querría envenenarla por algún oscuro deseo? ¿Tendría su padre algún enemigo que fuera el causante de su mal? ¿Le preocuparía algo relacionado con la celebración de su boda?

¡Anímate a encontrar la solución del enigma! Envía tus respuestas a redaccion@cronicasdesiyasa.es

 

 

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