El mestizaje español, por José Antonio Vergara Parra

Mestizaje

Sorprende, por ignominiosa, la permanente manía del hombre por marcar distancias. Variadas y bastardas han sido las razones. La pigmentación de la piel, el contenido de las alcancías, el supuesto linaje, la pureza étnica y otras razones de análoga pestilencia han estado, y están, tras tan reincidentes segregaciones.

Tal es así que los ricos no se mezclan con los pobres, los de apellidos compuestos con los de patronímicos simples, los de sangre azul con los de color grana, los blanquecinos con los obscuros y así hasta la enésima estupidez que se les ocurra. Lo entiendo; de veras. ¿Cómo iba arrejuntarse Don Borja Bohórquez-Malasañas de Velasco y Pertierra con Pepe Nadie? ¿Cómo imaginar, siquiera, que aquel albino de uno noventa, ojos azules y complexión nórdica, de nombre Adolf y por apellido Hitler, permitiría una contaminación étnica con el pueblo semita? Pardiez, ¡qué osadía!

Pues ya sabemos que los caballeros tenían caballo y los hidalgos eran hijos de algo. Otro tanto ocurre hoy. Dime qué carro conduces y quién es tu padre, que ya te diré quién eres o quién puedes llegar a ser. Reyes, reyezuelos, condes y vizcondes, marqueses, barones, duques, emperadores, y príncipes contra villanos, labriegos, populacho, chusma, plebe, vulgo y demás morralla.

¿Sabían ustedes que la cuna de la vida se localiza en el sudeste de África? Intuyo que sabrán que el Galileo debió ser de piel morena y rasgos bien distintos a los representados por la cultura occidental.

América del Norte nunca perteneció al Tío Sam, ni a ingleses e irlandeses. No. Pertenecía a los indios, que fueron exterminados y masacrados. América del Sur tampoco fue de españoles o portugueses sino de los indígenas. Indios e indígenas de teces morenas y rasgos vigorosos. En el continente australiano y en la India ya estaban los aborígenes y los hindúes antes que llegasen  ingleses y otros inquilinos sin previa invitación. Podríamos seguir con Asia y otros territorios pero ya es suficiente como para entender que los blancos somos cuatro y la mitad gilipollas.

De referirme a Iberia, que es donde el bendito azar me puso, tartesios, iberos, celtas, fenicios, griegos, cartagineses, romanos, musulmanes, godos, etcétera, etcétera, llevan siglos mezclando sangres y erreshaches. A Dios gracias porque un servidor celebra ser un mestizo, un bendito cruzado de mil lugares y mil andanzas, un maravilloso impuro de mil purezas y mil anhelos.

No lo advierte mi piel, que es blanca, tampoco mi cabello, que es claro, pero sí mi corazón y también mi alma, que están esplendorosamente contaminadas.

Será por estas convicciones que no atisbo en semejantes rasgo superior alguno salvo la bondad. Aunque he de confesar que algo peco, de palabra, obra u omisión, pues segrego a los tóxicos; es decir, a los que extraen mi peor yo y me arrastran por lodazales que preferiría soslayar.

Si me preguntan qué es España, diría que es un lugar donde generaciones y generaciones de moradores han luchado y han sufrido, han compartido dolor y aflicciones, sueños y quimeras y que, buenamente, han hecho lo que han podido para sobrevivir y  construir un lugar mejor. Y, aunque solo fuera por eso, merecería la pena permanecer juntos. Pero de ninguna manera advierto preeminencia o excelencia sobre nada y sobre nadie.

Hasta donde yo sé, todos somos hermanos e hijos de un mismo Dios. Lo que nos hace diferentes no es la cuna, ni el color de nuestras venas, ni el dinero. Nada de eso. Es el mal uso de nuestro libre albedrío y de nuestra libertad, que se ha empeñado en anticipar el infierno aquí en la Tierra.

Mas no quisiera acabar esta reflexión de tan pesimista manera. Porque hay esperanza; naturalmente que la hay y habita en cada uno de nosotros. Sólo aguarda a ser oreada.

 

 

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