El manantial de las colinas y La venganza de Manon

Análisis cinematográfico de las dos películas basadas en la novela novela L’Eau des Collines

Rosa Campos Gómez

Que necesitamos del arte es una realidad, confirmación que me vuelvo a reiterar al ver las películas Jean de Florette y Manon des sources —títulos originales—, dirigidas por Claude Berri y estrenadas en 1986, con tres meses de diferencia entre la primera y la segunda, basadas en la novela L’Eau des Collines (1964), de Marcel Pagnol.

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Decidí ver ‘El manantial de las colinas’ —así se llama en español la primera— porque el título reclamó mi atención, sin tener ni idea del contenido, del año, ni el país de producción. Fue una de esas cosas que te salen al encuentro y agradeces haberle prestado atención. Después supe que existía, La venganza de Manon (El manantial de las colinas II), solo el título ya era sugerente. En cuanto pude la vi.

Lo que acontece en el pueblo francés Les Bastides Blanches —nombre de ficción—, situado en la Francia provenzal —escenarios reales—, tiene un trasfondo conceptual que nos invita a asociar aquel ayer con este hoy, en lugares y situaciones muy diferentes, pero con los mismos o similares móviles.

La acción transcurre en ese entorno rural donde vive César Soubeyran, conocido como Papet, que pertenece a la familia más rica y con más poder del lugar, es mayor, no se ha casado y no tiene descendencia, solo un sobrino, Ugolin, que acaba de terminar el servicio militar, y a la vuelta ha iniciado el cultivo de claveles, algo inusual por la zona, pero que demuestra que se puede vivir de ello si siembra más terreno, el inconveniente es que no tiene agua suficiente para un cultivo mayor. Papet le dice que en Los Romeros, la finca del viejo vecino, hermano de Florette —una mujer que amó cuando era joven—, hay un nacimiento subterráneo sin descubrir, que irán a comprarle esa parte del suelo. Cuando van a ver al vecino este se niega a vender; surge una pelea en la que Papet le empuja y al caer muere. Tío y sobrino silenciarán esta muerte, haciendo creer que se cayó del árbol que estaba podando. El único heredero de la finca es el hijo de Florette, Jean Cardoret, que se instala con su esposa Aimée y su hija Manon en la casa con el propósito de tener una vida próspera con la cría de conejos y el cultivo de la tierra —antes casi yerma— con métodos de producción novedosos.

Papet rechaza conocer a Jean porque Florette prefirió casarse con un hombre del pueblo de al lado y no con él, y sobre el que ironiza al saber que es jorobado. Junto a Ugolin deciden taponar el manantial para ocultarlo y que el nuevo vecino no pueda regar las tierras, se vaya del lugar y así poder adquirirlas ellos a bajo precio.

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Jean es un hombre culto, con nobles ideales y pasión por la naturaleza y la agricultura, que aplica sus conocimientos para ponerla en producción, y lo consigue con excelentes cosechas; serán sus mejores aliados las lluvias y el agua que acarrea, junto a su mujer e hija y una burra, desde un lejano manantial en lo alto de la montaña, pegado al linde de su propiedad, donde vive Baptistine y su marido, una pareja de ancianos, marginados, que serán los únicos amigos reales que tengan.

No mantiene relaciones con los habitantes de la zona porque estos lo ven como un forastero y por la superstición que les recuerda que trae mala suerte tocar a un jorobado. Solo Ugolin, por sugerencia de su tío, se muestra servicial con él, por lo que Jean lo considera su amigo, aunque Manon intuye la falsedad.

Llega un tiempo de sequía y toda la producción se pierde, a pesar de que Jean y su familia trabajan hasta la extenuación, esfuerzo que todos ven, pero nadie dice nada —aun sabiendo que en Los Romeros hay agua que se puede extraer—, porque el rango social de Papet impone.

Jean y su mujer venden todo lo que tienen para sobrevivir, sin embargo, rendirse no está entre sus proyectos y seguirán buscando otras formas de seguir. Mas todo este afán y trabajo incansable, sin más amparo que la esperanza, tendrá un desenlace devastador.

Ugolin y su tío se salen con la suya. Manon, que siempre intuyó la maldad que albergaban, llega a confirmarlo.

Todo lo que ha llevado al triste y doloroso final de Jean deja un poso de tristeza y de necesidad de pensar en los desencadenantes que produce la acción inhumana incita a que la historia, con sus causas y consecuencias, no te abandone después de haber visto la película.

Al saber que hay una segunda parte, y que incluye la palabra venganza en el título junto al nombre de Manon, de repente se entiende que el vocabulario tiene palabras que pueden ser adecuadamente necesarias para denominar algunos hechos que articulan la vida. Habrá que verla, me dije, y así lo hice en cuanto me fue posible.

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En La venganza de Manon (El manantial de las colinas II) la protagonista ya tiene 18 años, agilidad para pastar a un rebaño de cabras por los montes y una belleza que enamora sin remedio a Ugolin. Papet, que exhorta a su sobrino a que se case y tenga el hijo que él siempre deseó y no pudo tener, escucha, de manera cinematográficamente imperdible, la confesión de este amor hacia la hija de Jean. Manon, que nunca querrá a Ugolin, vive con Baptistine y su marido en lo alto de la montaña; su madre, Aimée, ha tenido que volver a su trabajo como cantante de ópera para poder ganarse la vida.

Todo lo que sucede en esta segunda parte es una resolución que solo Manon, herida en lo más hondo desde pequeña —cuando supo de la traición de tío y sobrino—, y con más intensidad ahora —cuando escucha que todos los vecinos sabían del manantial subterráneo en Los Romeros y no le dijeron nada a su padre a pesar de verlo dejarse la vida buscando agua—, puede realizar, al ser conocedora del lugar y heredera del ingenio de su progenitor; hecho que conlleva a que el pueblo se quede sin agua y los vecinos sufran la sequía, a que se desenmascaren todos, y a que una redención sea posible, gracias a una concesión, propiciada por la ética que su padre le había transmitido, que la impulsa al final a hacer lo que él hubiera hecho, hechos explicados fílmicamente con un asombroso y fascinante artificio entre religión y ateísmo, en los que se combina la espesura de la tragedia con algunos acontecimientos solapados con toques de humor.

La venganza de Manon, en su intención, solo tiene que ver con la necesidad de escarmentar a un pueblo que vive de las tierras y que necesitan del agua en todos los ámbitos para vivir, no así —aunque vaya implícito— con el triste devenir de Ugolin —al que nunca podrá querer—, ni con el de Papet, tras el conocimiento de una verdad que yacía en los movimientos de una carta que no llegó a sus manos en el momento debido; si bien todo esto teje una concatenación de situaciones que dan forma a este drama con tragedia que no se escinde de los cimientos de nuestra cultura, cometiendo “hibris” —falta que ejecuta quien codicia más de lo que el destino le tiene asignado y va a por ello sin miramientos— y al final se encuentra con la “némesis” —castigo con el que se le quita lo que tanto anhelaba, para restablecer el orden anterior—, causa y efecto que guardan cierto paralelismo con la culpa —pecado—, denominada así en siglos posteriores. Tanto el concepto de la Antigua Grecia como el del cristianismo están presentes, el primero expone el mal y sus consecuencias, y el segundo, reconocido por quien se siente pecador, induce al sentimiento de responsabilidad que le corresponde y que invita a ser perdonado, posible perdón —comprensión— que marca una diferencia con el concepto clásico, porque redime a sus personajes, despertándoles una conciencia que les aclara la realidad que han creado y hacia dónde les ha conducido, que saben del mal que han bebido y del que ya no quieren tener sed, es decir, arrepintiéndose, conciencia que les humaniza ante quienes les miramos, librándonos, de alguna manera, del desaliento al que nos inducen quienes en la vida real gestan y ejecutan el daño inmerecido a otros, a la sociedad…, y pasan su vida sin reconocerlo y con honores.

Las dos partes de El manantial de las colinas son atemporales, aunque se desarrollen entre los años 20 y 30 del siglo XX, porque ponen de manifiesto, como el buen cine sabe hacer, que la avaricia, el corporativismo negligente y el rechazo al diferente conducen a la miseria interior, aunque se posea riqueza exterior, y esto puede suceder en cualquier contexto, también en el actual, y una fértil manera de mostrarlo, entenderlo y comprenderlo puede ser visionarlo.

Todos son personajes rurales, también Jean, con la diferencia de que él está abierto a lo nuevo, mientras que los otros tienen miedo a perder —unos poder y otros la aceptación del poderoso— todavía no se dan cuenta de que estar receptivos a nuevas buenas ideas incorporándolas a lo bueno conocido, es lo que nos hace avanzar. Lo que subyace no es un enfrentamiento entre la gente del campo y la de la ciudad, en la que aquella es la mala e inculta y la urbanita es la buena, sino una batalla generada por el miedo irracional a dejar de ser —por tener— si otros también ganan. Un dilema social que sigue estando en pie en diferentes ámbitos, incluso por muy capitalinos que sean.

Marcel Pagnol veía símbolo de unión entre tierra y mujeres, también Claude Berri y Gérard Brach (coguionista)  lo respetan y siguen: ‘Jean de Florette’ lleva desde el mismo título el nombre de una mujer, indicando que él nace de ella, que estará presente desde la memoria en toda la trama, lo veremos hasta el final; Manon (Ernestine Mazurowna), niña que intuye y observa; Manon joven (Emmanuelle Béarts), la que busca justicia de una manera que resulta eficaz como enseñanza; Aimée ( Élisabeth Depardieu), viva ternura cuando canta en la ventana mientras Jean toca la armónica, cuando comunica lo que ha vendido y lo poco obtenido… Madre e hija cargan de verdad con vasijas llenas de agua junto a Jean, con un peso visible, tangible a nuestra mirada, lo que da una veracidad impagable a las escenas, son colaboradoras, están ahí, procurando unidad junto al hombre, en lo llano y en lo accidentado; la cinta que Ugolin recoge y la peineta que César acaricia en su mano insertan en ellos una sensibilidad femenina que conmueve; Baptistine (Margarita Lozano), la que cura, cuida y protege, y la que maldice cuando lo estima conveniente.

Inolvidable la escena en la que el hijo de Florette, Jean Cadoret, “el Jorobado» (Gérard Depardieu), se enfrenta a Dios y a la tormenta que se equivocó de lugar, o cuando toca la armónica, se alegra por las cosechas, se apaga ante la sequía, sostiene su afán con una fe racional que no prescribe…; Ugolin Soubeyran, «Galinette» (Daniel Auteuil), magnífico en sus expresiones cambiantes, cuando siente el bien y cuando se vuelve ladino, conmovedor en sus confesiones; César Soubeyran, «Papet» (Yves Montand) excelente como el malo, y más excelente cuando reconoce.

Espléndida fotografía (Bruno Nuytten), solo ella ya invita a ver las dos partes, y bella y hechizante música (Jean-Claude Petit), con referencias a la obertura La fuerza del destino de Giuseppe Verdi.

Es una película, en dos partes, de ritmo lento, con una composición equilibrada que permite disfrutar de los diferentes planos desde una armonía narrativa audiovisual con riqueza de diálogos, de soliloquios, de escritos… La pluralidad de sentimientos vinculados a acciones la hace inmensa, en ellos y en sus derivas podemos identificar lo que destruye y lo que humaniza, además de poner en evidencia uno de los más contundentes mensajes que desgrana y que no debemos ignorar: que el agua es un bien primordial que nos pertenece por naturaleza y que debemos defender de posibles esquilmaciones.

 * Notas

-En 1952 Marcel Pagnol dirigió y escribió el guion de Manon des sources, que también dividió en dos partes, la segunda la tituló Ugolin; pero creyó que necesitaba profundizar en la historia y escribió la novela L’Eau des collines, dividida también en dos partes, Jean de Florette y Manon des sources, publicada diez años después de la película.

-La dirigida por Claude Berri costó 120 millones de francos, aproximadamente 17 millones de dólares —la producción más cara hasta entonces del cine francés— pero los recuperó con creces: más de 90 millones de dólares en la suma de los visionados mundiales. Se rodó entre los meses de mayo y diciembre de 1985, rodando en todas las estaciones, y aguardando a que las nubes con tormenta estuvieran con la presencia oportuna, a que el siroco barriera los campos secos, a la que lluvia callera… Fue toda rodada en el mismo tiempo, durante 9 meses, y el hecho de que la dividiera en dos partes se debió a necesidades comerciales, no narrativas.

-Emmanuelle Béarts (Manon) y Daniel Auteuil (Ugolin) tenían una relación sentimental en ese tiempo de rodaje, por lo que fue muy difícil hacer la escena en la que ella lo rechaza demostrando el odio patológico que Manon sentía hacia su antagonista.

-El manantial de las colinas en sus dos partes, especialmente en la primera, ha sido reconocida con importantes premios.