El genocidio de tonos rojos y anaranjados
Hace 19 meses escribí un artículo, titulado Tonos rojos y anaranjados en el que calificaba de genocidio la masacre que se está produciendo en Palestina. El título, una mera metáfora de las bombas que caen como gotas de rocío en cada amanecer; inexplicables muertes de inocentes y descabelladas historias con un final más que triturado, además de toda la miseria que, desgraciadamente, acarrea todo conflicto bélico. Después de ser publicado, recibí muchas críticas por redes sociales, ese vil y casi bélico escenario donde todos se aprovechan, muy cobardes ellos, para lapidar, si es necesario a todo aquel que, acogiéndose a su derecho de libertad de expresión, intenta pronunciarse sobre algún tema. Y sí, entre otros calificativos bastante desagradables, que a mí afortunadamente no me afectan, me llamaron ingenua, inculta e ignorante.
A pesar de esta tríada de íes de personas que me recriminaron que no era historiadora o profesora de historia (y ahí no se equivocan, porque no lo soy), en ningún momento cambié mi pensamiento, porque si hay un arma heroica que nos salva a los ignorantes esa es la lectura.
Recupero uno de los párrafos de hace 19 meses: “La cifra es escalofriante, más de 20.000 civiles, entre los que se contabilizan 4.000 niños muertos sepultados bajo los escombros. El conflicto entre Israel y Palestina es ya un genocidio, no tienen que darse más factores para decretar el exterminio civil que se está llevando a cabo. Son asesinos descabellados que someten a los civiles a una vulneración de los Derechos Humanos. Y nadie hace nada y el alto al fuego es más necesario que nunca, pero no ahora, sino desde el momento en que la masacre empezó a ser fruto de la meditación fanática. Y esto nos debe golpear la conciencia”.
En realidad, ¿nos golpea la conciencia esta situación que podría ser calificada de horrible e inhumana, de atroz y de esperpéntica? Yo creo que no, ya que actualmente la cifra supera ya las 60.000 personas. Cuando me refiero a ese golpe de conciencia, no lo digo por nosotros, como civiles, que pocos recursos tenemos, me dirijo a los políticos que son los que sí podrían presionar. Lejos de la ambición soberana sobre los territorios, están las personas, están esos niños a los que están matando de hambre, a los que están asesinando desde la más estricta brutalidad por culpa del fanatismo, de la idea de posesión y de la locura de unos líderes verdugos en cuyo corazón solo hay pretensiones que responden a ideologías extremistas descabelladas
¿Y el resto de países? Porque muy pocos son los que le dan cobertura, siendo ahora más que vital la ayuda humanitaria, y muy pocos son los que se atreven a dar los pasos necesarios para ejercer alguna influencia en los actos de guerra que está llevando a cabo Israel, como por ejemplo darles un duro golpe en la economía con la ruptura comercial, ya que, a fin de cuentas, la economía supone la simiente que hace florecer a cualquier país. Pero eso, pesan más los intereses que las propias personas.
Quizás la receta para que esto pudiera ser erradicado requeriría un enfoque multifacético, ya que son imprescindibles constantes como el diálogo, el respeto mutuo, además del vigor internacional con el fin de expandir la paz y la justicia. Es necesario pactar para conseguir derechos que avalen la seguridad de ambos lugares. Es urgente reconocer las necesidades que cada comunidad o pueblo tiene, pero claro, para todo esto hace falta fomentar ineludiblemente la cooperación y la comprensión a base de un raciocinio que difícilmente alberga en los asesinos que están provocando esto.
No podemos pasar de largo que la comunidad internacional ha de respaldar todo proceso pacífico que sea capaz de generar un ambiente de relajación apoyando los Derechos Humanos y alentado por las resoluciones que continuamente nos está lanzando la ONU que ya debería haber provocado la presión diplomática con el único fin de construir un estado de paz.
Pero claro, teniendo en cuenta las heridas acentuadas que ha podido causar la historia, las diferencias que pueda haber entre los derechos y las aspiraciones, así como los distintos factores políticos, es difícil confiar y aceptar; principalmente, porque cada lugar busca justicia y reconocimiento y tienen, según su pensamiento, motivos legítimos para actuar.
¿Y qué hay detrás de todo este escenario maquiavélico? Una única realidad: la muerte de más de 60.000 personas, el hambre y la miseria, el dolor irreparable de aquellos a los que les han asesinado a sus familiares, los llantos de niños que quieren volver con sus papás muertos y una locura de mundo que todavía no es consciente de la suerte que tiene al vivir en un lugar próspero alejado del genocidio de tonos rojos y anaranjados que moralmente nos salpica a los que condenamos esta matanza abominable.
