El comienzo de la primavera, por Elena Sánchez

El comienzo de la primavera

La Primavera

Mientras camina desesperada intentando penetrar en el inframundo la diosa Deméter piensa en Céfiro, el viento del oeste, y la tan extendida costumbre del rapto. El tiempo no vencerá al mito y querrán los hombres, pasados los siglos, inmortalizar el rapto de su hija. ¡Qué gran honor para mortales y dioses ensalzar el rapto de una diosa! Saben bien los dioses del Olimpo que no lo consentirá y ella que Zeus no se conformará. Dánae, Medusa, Etra, Calisto, Hera, Tiro, Salamina, Alcmena…y tantas otras tomadas por la fuerza. No, Zeus no se conformará, querrá que los hombres sepan, querrá para él y los suyos la gloria del dios caprichoso y ufano que es. La diosa Venus se encargará de complacerlos. Por eso Botticelli hará creer a todos que en su mano está la llegada de la primavera. ¡Ignorantes! No querrán saber de quién es la virtud de hacer que la tierra renueve sus frutos cada año. Mientras camina envuelta en harapos, Deméter maldice el nombre del pintor que dejará constancia del rapto: Cloris a manos de Céfiro. Así dará comienzo la primavera bendecida por una diosa pagana; a cambio, borrará toda huella del rapto de su hija.

El Rapto

Micaela camina despacio. No le importa que el resto de peregrinos la adelanten; no será la última en llegar al albergue. Tampoco le importaría marcharse y no llegar a Santiago. Desde que coincidieron con el italiano su hija lo acompaña en cada una de las paradas que el joven pintor necesita hacer para realizar bocetos del paisaje. “Mamá, me ha dicho que aparecerá mi rostro en una de sus obras”. Micaela suspira. ¡Quince primaveras, por Dios, son solo quince primaveras! Siente deseos de parar el tiempo. La angustia la sobresalta cada día esperando la llegada de su hija. Se tranquiliza pensando que en todos los albergues en los que hacen noche quedan registrados los datos de los peregrinos. En caso de…no tardarían en dar con ellos. Quizás debería advertir a su hija de la falta de sinceridad que encierran los juegos de seducción, o ser más categórica y prohibirle quedarse a solas con un chico ocho años mayor que ella. ¿La escucharía? Probablemente la acusaría de estar celosa porque ella no se divierte. Entonces Micaela recuerda el acento francés de Ulysee y el viaje a Córcega. No, a ella no la raptaron. Pero tampoco ha logrado explicarse a sí misma porque tardó tanto tiempo en regresar de aquel infierno.

El Desafío

—¡Entiéndelo, Deméter, no está en mi mano hacer nada más! Ordené a Hermes que la trajera de regreso. Ella ha elegido permanecer en el mundo de los muertos.

—En ningún momento mi hija ha elegido permanecer en ese lugar. No vas a convencerme de lo contrario, Zeus.

—Deméter, tu hija ya no es una niña. Es hija de dioses y aunque se haya criado lejos del Olimpo, sabe bien a lo que se expone si calma su sed con los frutos del inframundo.

—Había dejado de ser una niña hacía unos meses. ¡Qué fácil es para un Dios engañar a una doncella!

—Estaba advertida: no debía probar fruto alguno durante su estancia en el inframundo.

—Y no lo hizo. Resistió, hasta que en el último momento, a punto de salir y ser libre de nuevo…¡La engañaron!

—Deméter, esto tenía que pasar algún día, no saques las cosas de quicio. Perséfone está bien. Ella ha querido quedarse junto a Hades.

—¿Cómo puedes decir eso? ¡Fue llevada a la fuerza al inframundo!

—Sí, y ya has castigado a las ninfas que debían evitar que Perséfone se alejara  de ti. ¿Qué más deseas, Deméter?

—Perséfone ha sido engañada. Y empiezo a sospechar que tú has tenido algo que ver en todo esto.

—Me acusas por celos, Deméter.

—No, te acuso por traidor. Ella es también tu hija. Eres el rey del Olimpo, haz que regrese o te arrepentirás.

—Por todos los dioses, Deméter, ¿qué vas a hacer?

—Haré que el tiempo se detenga. Te prometo una tierra baldía en la que no habrá semilla que logré germinar ni árboles que den frutos.

—No serás capaz, Deméter.

—Ponme a prueba, Zeus.

 

Nota de la autora: Los orígenes del mito de Deméter y Perséfone se pueden localizar en la tradición oral de las culturas prehelénicas donde  las deidades femeninas, relacionadas con la fertilidad y los ciclos de la naturaleza, eran veneradas independientemente de cualquier vinculación con las figuras mitológicas masculinas. Las diosas prepatriarcales  contenían una idealización de lo femenino vinculado al poder de la creación y la naturaleza. La cultura griega no despojó de poder a las diosas, pero supuso una devaluación simbólica en el imaginario colectivo al ser sometidas a los deseos sexuales de los dioses a través de la violencia. Algunas de estas figuras mitológicas eran, más tarde, recompensadas por la violencia sufrida; es el caso de la ninfa Cloris que, tras ser raptada (y violada) por Céfiro, fue distinguida pasando a ser la diosa de los jardines y las flores. Perséfone se convirtió en la diosa del inframundo y la guardiana de los secretos de los muertos tras ser raptada por Hades. Los cambios en la mitología griega son un reflejo del cambio de estatus de la mujer en la cultura patriarcal, donde la violencia sexual hacia las mujeres fue legitimada y normalizada.

 

 

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