El carné de idiotas, por María Bernal

Carné de idiotas

El covid no entiende de treguas. Los datos siguen siendo muy alarmantes, y las personas, que todavía desafían al SARS-Cov-2, se han convertido en unos auténticos  terroristas de la salud. ¡Ojo! A fecha del domingo 31 de enero de 2021, Cieza ha registrado cifras que preocupan: 506 casos activos, siendo la tasa de incidencia de los últimos catorce días de 1560.54 por cada 100.000 habitantes. Echemos también un vistazo al panorama nacional: 59.081 fallecidos. Se dice pronto.

Pero, ¿qué son más de 50.000 muertes? Total, sentados en casa “a pata suelta” o disfrutando de las prohibidas reuniones clandestinas (porque manda cojones que a estas alturas aún se tenga la desfachatez de hacer lo que os sale de las pelotas), no hay consciencia de nada. Os pasáis los datos por el forro, ya que esa codicia, surgida de la necesidad irremediable de querer seguir llevando una vida normal, os abrasa la garganta si no satisfacéis vuestros deseos, y os anula la capacidad de razonar y actuar, en consecuencia, con sentido común.

Sois unos puñeteros irresponsables, egoístas y vividores que estáis acabando no solo con la vida de tantos y tantos enfermos, sino también con la salud del personal que desde los hospitales nos lanza un mensaje de consternación: “¡Basta ya! Se están muriendo personas delante de nosotros”

Cada vez hay una mayor proliferación de  testimonios dolorosos de sanitarios que piden entre lágrimas que paremos de una vez estos contagios masivos de grupo. Y mientras unos lloran, una imagen que nos debería taladrar la conciencia, otros ya están pensando en qué casa van a quedar para jugar con fuego entre no convivientes el próximo fin de semana. Merecida cárcel es el regalo que la vida les debería dar.

¿Por qué ocurre esto? Lamentablemente, la ignorancia se ha convertido en un estilo de vida que yo no llego a entender; es tan sencillo como escuchar a médicos, virólogos y científicos, grandes eminencias, por cierto, en este país, que están trabajando a destajo para parar una pandemia que a muchos de los mortales se la repanpinfla. Y ya no es solo la ignorancia actual; como docente me preocupa la tosquedad que se está fraguando en la sociedad como una especie de arma cargada de futuro. ¡Qué diferencia había hace un siglo! Gabriel Celaya consideraba la poesía como un arma cargada de futuro y ahora, las nuevas generaciones solo son creedoras únicamente de todas las simplezas que se dicen por redes.

Baltasar Gracián (escritor español de los Siglos de Oro) afirmaba: “El primer paso de la ignorancia es presumir de saber”. Y eso es lo que sucede. Vais de inteligentes por la vida,  y estáis a años luz de alcanzar ese estado. Y a las pruebas más que innegables me acojo: pensáis que por ser familia no os vais a contagiar, creéis que es un simple resfriado porque muchas personas de vuestro alrededor lo pasan de una manera leve, consideráis que no es posible reinfectarse. ¿De dónde deducís tantas gilipolleces?

Pero sin duda alguna, el colmo de los colmos es que sois más devotos de  los estúpidos e indemostrables argumentos de los negacionistas, y leed bien: “estúpidos argumentos, no estúpidas personas”;  los cuales, en su mayoría, se expresan como el culo y suponen un arma emética para la ciencia que tiene que luchar contra la idiotez en estado puro por culpa del ser humano, mientras mueren miles de personas o mientras se asfixian otras tantas. Menuda lucha les espera con la vacuna, el “chips” de Mendoza, el 5G, el Bill Gates. Pues sinceramente,  a mí que me controlen las veinticuatro horas del día con todos los chips que haya, que yo quiero seguir viviendo. Estamos dejando morir también a otros tantos pacientes de otras patologías que ven cómo se les limitan las consultas y/o sus tratamientos. ¡Esto da miedo!

No puedo cerrar la columna de esta semana sin manifestar un halo de esperanza para las personas que sí están comportándose  adecuadamente. El caso de Mateo, el niño de 11 años que esta semana recibía el alta tras 11 días en la UCI y enganchado a un respirador, es el testimonio de un corazón fuerte que ha sido capaz de plantarle cara al covid. Sí, once años que, probablemente sin quererlo, ha estado a las puertas de la muerte, pero muy arropado por esos sanitarios a los que el mismo chaval les ha reconocido que va a estar en deuda con ellos toda la vida, a esos a los que salisteis a aplaudir montando el mayor folclore de la pandemia, y ahora que  están sobrepasando los límites de la extenuación, no tenéis consideración alguna por ellos.

No deberían darse por aludidas las personas que están teniendo el mejor comportamiento desde que comenzó la pandemia, a las que les deseo mis mejores esperanzas. Que los demás sí se ofendan y, además, que les entreguen el carné de idiotas, ese documento que sea capaz de identificarlos para que con él se comprometan a renunciar a la asistencia hospitalaria en caso de que empiecen a asfixiarse por el virus que está fulminando a tantas personas.

 

 

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