El cambio necesario desde la óptica de María Bernal

Necesitamos un cambio

Cada vez que pasaba  por un espacio destinado a la propaganda política, me gustaba pararme y mirar los rostros de los futuros representantes, de la futura oposición y de los partidos que se quedarán por el camino  en el intento de prosperar políticamente hablando (ojalá que algunos de ellos, los que no son extremistas, puedan florecer).

Me pregunté hace unas semanas: ¿A quién votar? La respuesta podría resultar un chiste. Sin intención de ofender a nadie, ¿por qué confiar en esas sonrisas figurantes tan radiantes que  invadieron nuestras calles? ¿Por qué hacerlo en esos ojos que son capaces de decirte: yo voy a cambiar tu vida, vótame?

¿De verdad que va a cambiar mi vida sin conocerme? ¡Qué desfachatez! Para que cambie mi vida, tienen que ser personas que apuesten fuertemente por la verdad universal, por la transparencia y la no privatización de todos los sectores que cimientan este nuestro querido y gran país, que se ha cargado la lacra de sinvergüenzas y cínicos que han jugado sucio una partida de años y años que nosotros en las urnas les concedimos.

Y entonces, nos da miedo el cambio, nos aterroriza salir a las calles y protestar por lo que está sucediendo. Y  mientras, se van a la deriva los logros nacidos del esfuerzo, los grandes artistas, los jueces que hacen un uso culto y considerado de la Justicia, sus increíbles y, en algunos casos, insuperables deportistas, sus intelectuales, sus profesores,  sus médicos, biólogos y científicos, además del sacrificio de miles de personas en su intensa lucha por sostener lo que los altos mandos han hundido en el Mediterráneo, el  Cantábrico y en el Atlántico.

Empiezo por esas leyes que piden a gritos una absoluta modificación. ¿No se han dado cuenta de que mueren víctimas por culpa del amparo que la ley le da al verdugo? ¿Tampoco son conscientes de que abusamos de manera impacientada de nuestros derechos? Y en cambio, ignoramos descaradamente nuestros deberes, muy importantes para la evolución que, a pesar de la modernidad, no llega.

Destinen miles, miles y miles de millones de euros para un sector tan vital y preciso como es el de Sanidad: para que se formen los mejores especialistas (esto requiere un tiempo que por culpa de los recortes no tienen), investigación, tratamientos, infraestructura, servicio instantáneo con el personal en su mejor versión, y no después de haberse consumido tras largas jornadas de trabajo, que vosotros jamás habéis conocido en vuestra puñetera  vida. La investigación, esa parcela de la realidad a la que no se le presta atención, siendo esta la causante de tantas muertes al no poder obtener respuesta por falta de inversión.

Acuérdense de los grandes intelectuales que este país ha concebido (ingenieros, arquitectos, economistas, músicos, artistas, escritores…) gracias a los cuales nace la cultura, tan necesaria y obviada al mismo tiempo. Una cultura que muy pocos conocen, lo que provoca que el ser humano se aferre a la ignorancia y, en consecuencia, al incivismo que, por desgracia, está tan de moda.

No dejen de lado a los asfixiados autónomos, gracias a los cuales cobran muchos funcionarios y/o pensionistas. No piensen que hacen dinero a diestro y siniestro en una España en la que ellos tienen que dar cuenta de todo lo que hacen desde el minuto uno del día; una cuenta que consiste en pagar mensualmente, trimestralmente y anualmente, y que los clientes, que no han trabajado bajo este régimen, desconocen por completo.

Piensen en la igualdad de oportunidades entre todas las personas. Con esto me refiero a la lucha por los distintos colectivos de trabajadores (albañiles, pintores, electricistas, agricultores…) para que la patronal de todos estos oficios asegure mejoras en cada puesto de trabajo, y de esta forma no puedan abusar de ningún trabajador. Además, hay que seguir abogando por dicha igualdad entre hombres y mujeres, sin etiquetas, sin ideales; solo bajo el lema de “hombres y mujeres unidos, igualdad en todos los sentidos”.

Y, dejen a los pensionistas en paz. No les modifiquen sus prestaciones, que muchos ancianos empezaron a trabajar con ocho y nueve años, para que ahora vengan unos señores, muchos de ellos sin experiencia, y que borren de su vida lo que fue miseria, esfuerzo y sacrificio. A las personas mayores hay que cuidarlas y mimarlas, y no putearlas.

Y, por último, me dejo mi sector: la Educación. ¿Por qué no acabar con la marranería de sistema educativo que nos han dejado? ¿Piensan seguir privatizando este sector, como he escuchado en algunos programas electorales? ¿Qué quieren? ¿Qué nos vayamos a la calle los miles y miles y miles de interinos de este país? No, señores políticos. Hemos pasado por uno, dos, tres procesos de oposición dificultosos, que a algunos les ha llegado a costar casi la salud, para que ahora ustedes vengan a meter billeticos donde más os convenga. ¿Y a eso lo llaman educación de calidad? No sean tan improductivos  y hagan de la escuela pública española la mejor del mundo, que los docentes nos esforzamos mucho para eso, casi apenas sin recursos. Déjense las cifras de aprobados, y llenen nuestras arcas para enseñar a la diversidad de alumnos que tenemos en este país, para que en las clases no haya cerca de cuarenta personas, para que disminuyan los hiperbólicos trámites burocráticos que tanto nos machacan y nos prohíben preparar sesiones atractivas para que la peña no se aburra en las clases.

Me pueden decir que escribir es gratis y que desde fuera se ve todo muy sencillo, pero para eso elegí ser profesora de Lengua y no política. Yo asumo ya diariamente mis consecuencias, asuman ustedes las que han elegido.

 

 

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