Docentes inmunes, por María Bernal

Docentes inmunes

Cuando el aire frío parece azotar con una fuerza increíble las carnes apretadas a primera hora de la mañana, suena el timbre a las 8:15 en la mayoría de los institutos de la Región de Murcia. Para alejar al virus, la ventilación se ha convertido en una realidad crucial. Cerramos  y abrimos ventanas cada media hora, si no es antes. Todo depende de que el  medidor de dióxido de carbono  no pida a gritos que se abran urgentemente,  porque el ambiente está pasado de rosca. Y ahí es cuando se producen las corrientes que, según los expertos arrastran a ese SARS-CoV-2  que nos lleva haciendo la vida imposible ya unos cuantos meses.

Y si hace frío, la consejería de Educación, ajena a lo que estamos  presenciando en las aulas, tiene la solución perfecta: abrigarnos más. Porque ha quedado bastante claro que los centros educativos no se van a cerrar. Ni cayendo un meteorito dan su brazo a torcer.

Docentes, alumnos y personal de servicios están trabajando en condiciones míseras e ilegales. Y sí, nos quejamos. Yo no lo había hecho hasta ahora, pero por el cariño que les tengo a mis alumnos, me veo en la obligación de hacerlo y de defenderlos. Ver a los niños y adolescentes tiritar minuto a minuto, sin poderles ofrecer una solución moralmente católica, es una situación que no debemos tolerar más.

Y cuando estamos velando por la seguridad de todos los chavales, en lugar de recibir apoyo por parte de algunos padres, estos se sublevan y disfrutan viendo cómo nos fastidiamos. Leer  por redes sociales, el universo más vil en el que puede vivir el ser humano, continuos ataques contra las personas, que están contribuyendo a la educación de sus hijos,  es el más violento de los guantazos que puede recibir un docente. Y más en estas condiciones que sin ser expertos tan bien estamos controlando.

A ese coro de  borregos y frustrados, que han opinado desde la ignorancia suma que los caracteriza sobre nuestra protesta, le diría que se leyera el Real Decreto 486/1997 por el que se establece  que la temperatura máxima en todos los centros de trabajo es de 27ºC. Por tanto, estamos exigiendo un derecho que está siendo vulnerado y no unas vacaciones pagadas en el Caribe hasta que pase la tormenta.

Parece que cada vez cobra más sentido el hecho de que da igual que los docentes muramos en el aula (nótese el tono irónico y la exageración, evidentemente). Tenemos que estar en nuestro puesto de trabajo aunque estemos contagiados hasta las entrañas. Nosotros nunca vamos a ser contactos directos, según nuestro plan de contingencia, aunque estemos en un aula sin distancia y con más de veinte personas que se bajan la mascarilla, hablan sin ella, tosen, se acercan a ti porque es inevitable  y un sinfín de riesgos, muy difíciles de vigilar. De hecho, ni nos confinan, ni nos vacunan por el momento.

A un trabajo que se ha quintuplicado (y esto es lo de menos, porque hemos demostrado estar a la altura de las circunstancias sin apenas recursos) hay que añadir que, diariamente, convivimos con positivos en el aula. Desde las altas esferas podrán decir misa con la letanía de que “son lugares seguros”. Pero claro, que bien le habla el sano al enfermo desde su despacho bien caldeado. Para comprobar que lo que evidenciamos no tiene nada de farsa, vengan una sola mañana a un aula de cada nivel y después, deduzcan sus propias conclusiones.

Convencer a la población es fácil,  persuadir a los docentes es misión imposible. Que no os cuenten milongas, ya que no es cierto que los centros educativos sean lugares seguros. ¿Motivo? El inexistente nivel de responsabilidad, aunque haya excepciones; además de la escasa inversión que se ha hecho en Educación.

Muchos alumnos van a clase saltándose el confinamiento o a la espera del resultado de PCR. Muchos con síntomas no llaman al médico para evitar que los confinen; luego están los asintomáticos.  Y ahora viene lo mejor: los que siendo positivos y no habiendo acabado la cuarentena van a clase. Y claro, como no se les puede pedir un justificante médico que certifique si ya pueden salir  o no, pues solo nos queda confiar en la palabra de padres y adolescentes. Y pongámosle una puntilla a este retazo de la realidad, añadiendo que en el recreo todos se bajan la mascarilla para almorzar.

Poco importan los docentes en este país;  menos, la educación, porque en este asunto tienen la culpa la ministra y las autonomías. Si las circunstancias para trabajar hubieran sido otras (y no será porque no hubo propuestas desde la comunidad educativa), quizá sí podríamos llegar a la conclusión de que son lugares seguros. Pero duele que a la Administración le toquen el bolsillo, y bastante.

Menos mal que lo positivo de esta situación en las aulas es  la lucha tenaz de todos los docentes inmunes para que ese número de positivos, que sí existe, deje de aumentar. Por el bien de nuestros alumnos, ojalá que la inmunidad nos dure bastante.

 

 

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