Divorcios, por Maura Morés

Divorcios

Nos hallamos muy preocupados por el uso exhaustivo de gel hidroalcóholico en cuanto entramos en un establecimiento y por toser siempre contra el codo, pero la vida pandémica deja otro rastro de deflagraciones destructoras a su paso. Enrique Ponce ha terminado de cansarse de Paloma Cuevas durante nuestro encierro, seguramente menos idílico que el de Pampinea o Fiammetta. Neifile, la nueva amante, es infinitamente más joven y menos rígida. Seguro que no le importa mancharse la barbilla y los dedos de salsa teriyaki cuando salgan por ahí. Y me abstengo por elegancia vaticana de aventurar otras comparaciones. El caso es que la culpa parece ser de Paloma. Tan envarada, tan de cristal de Murano, tan proclive a la seriedad, tan… pija. Yo no puedo dejar de ponerme de su parte. Puede que coma mucho más a menudo que la reina de los toros en el Muerde la Pasta y que no tenga ningún bolso de Louis Vuitton, pero ¡Ponce ya sabía con qué muñeca se casaba! Ni que no le hubieran avisado. Quería a la hija de Victoriano Valencia pero no su tiesura. Si ahora las esposas no fueran los auriculares que se devuelven en la tienda de electrónica por no cumplir con las expectativas…

Leí en una novela de Reyes Calderón que los hombres con cierto poder se enamoran fulgurantemente de diosas de plástico para después tener que buscarse una amante de caderas anchas y genio vivo con la que poder discutir. Seguro que pensaba en Isabel Preysler y en una bella tabernera de Calabria que no tiene muchas ganas de depilarse bien las cejas. Tenemos que acostumbrarnos a las fisuras de la belleza o seremos eternamente Pigmalión babeando por Galatea. Uno entendería entonces que el torero se hubiera indigestado de tanta nariz griega y tanta pestaña de titanio y ahora coqueteara con la escandalosa dueña de una venta de la N-340, cerca de El Ejido, especialista en caldo de pimentón y desdeñosa con la báscula. Pero ha vuelto a buscar la encarnación de un ángel. ¿Qué hará cuando pierda fuelle y se decante más por la ópera que por los sudorosos bailes medio flamencos por los que pierden la cabeza los matadores a altas horas de la noche? Es decepcionante que un hombre del Mediterráneo aún no haya comprendido con casi cincuenta años que las bellezas que se van adormeciendo y que comen saladitos a escondidas son las que rellenan tus pasillos de soledades. Las mujeres núbiles de Museo del Louvre son sólo para fotografiarlas y encajarlas en alguno de tus sueños venecianos. Por eso hay tantas modelos divorciadas; el síndrome de Stendhal de los que las perseguían se evaporaba en cuanto las necesitaban un poco más carnosas y manchadas de tierra.

Los hombres ya han disculpado a Ponce y le alaban el cambiazo; las mujeres, en una mayoría irritante, lo excusan y dejan claro que es imposible estar unido de por vida a una Cuevas -se entrevé la envidia-, ya que un varón se cansa de vinos y champanes y necesita refrescarse con cervezas no premiadas. ¿Conclusión? Ha hecho bien. Con más años que el hilo negro o la tos, tiene patente de corso para desmenuzar un matrimonio que estuvo encantadísimo de contraer -¿o fue de ganar?-. La historia se repite constantemente a mi alrededor. Muchas mujeres son perseguidas por diferenciarse con un vestido más refinado o unos dedos más pulcros y con aroma a neroli. También por su cerebro, capaz de atesorar conocimientos más impenetrables que el listado de ganadores de Supervivientes. ¿Debemos acostumbrarnos a que sea un antojo para los años cumbres de la vida? ¿A que la cortesía ceda a la espontaneidad de las universitarias, el saber sosegado y envejecido a las ansias de bucear, las huellas de la maternidad a los glúteos y senos intactos? ¿A ellos nunca se les reprochará que su piel, su cabello y sus ganas de acostarse tarde ya no sean los de hace dos décadas? Se ha decidido que la mujer sea la principal e incordiante causa primera del divorcio, porque en general no apetece su madurez, untada de lasitud. No es fastidioso; con el paso del tiempo hallas mucho más sentido en los amaneceres y en las mareas que en pelearte por una mesa en la calle Monte Esquinza a las once menos cuarto y en plancharte el flequillo por imperativo de tus amistades y mirones. Sorprende que haya amigas mías que lo hayan comprendido con treinta años, y que disfruten de auténticos milagros como son la temporada de erizo de mar -lo recomiendo sin aderezos- o caminar por la orilla del Mare Nostrum despidiéndose de las durezas y uñeros y escuchando a Cecilia, dejando las madrugadas sudadas y bañadas en ron a los que Freud mataría por tratar.

Si el divorcio es nuestro destino por no broncearnos lo suficiente y gastar un poco más de la cuenta en las recetas del dermatólogo, preferir los pueblos con bueyes y brujas a las veladas zombis en Talamanca y asentir o negar con la cabeza en lugar de lanzar un gritito de grillo en apuros mientras meneamos el busto, disfrutad, maridos, de las estudiantes y las modelos con canal de YouTube. No necesitamos más que una casita con unas cuantas adelfas y agapantos que cuidar. Algún día quizá invitemos a Paloma Cuevas para que nos cuente también qué hizo mal delante de un zumo de naranja recién exprimido. Sin ron. Qué horterada.

 

 

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