Concepción Arenal, necesaria escritora, por Rosa Campos Gómez

              Dibujo de Rosa Campos
Rosa Campos

Este año se celebra el 200 aniversario del nacimiento de una mujer extraordinaria, Concepción Arenal, escritora y socióloga. Conmemorarlo en este espacio, dentro de las jornadas del V Día de las Escritoras, es de ineludible y grato cumplimiento. Nació en Ferrol, un 31 de enero de 1820, dentro de una familia emparentada con la nobleza. Su padre, militar de ideas progresistas, fue castigado por Fernando VII con sucesivos encarcelamientos, destierro y retirada de salario, como consecuencia de esta degradación enfermó y murió cuando ella tenía 9 años. Todo el sufrimiento y la vergüenza que condujo a la prematura y triste muerte de su padre marcarían su carácter, su manera de defender lo justo y su humanismo.

Se crió en un entorno rural y apartado, trepar por árboles y montañas eran para ella divertimentos asiduos. Parte de su adolescencia la vivirá en Armaño (Santander). Con 14 años se trasladó a Madrid para formarse en un instituto para señoritas. Pocos años después se presentó en la universidad, vestida con ropa masculina y pelo corto; la aceptaron, aunque no fue fácil empresa. Su madre, con quien mantenía desavenencias –no veía bien sus ganas de seguir aprendiendo ni su indumentaria, ni sus ideas progresistas–, murió cuando ella tenía 21 años. Por entonces recibió su parte de herencia de su abuela paterna, lo que le permitió seguir aprendiendo en la dirección elegida.

Contrajo matrimonio con Fernando García Carrasco, abogado, escritor, y su gran aliado; juntos acudían a las tertulias madrileñas, ella vestida con ropa varonil, porque le posibilitaba ser aceptada en esos círculos, además de poner freno a las críticas que la acusaban de persona ruda, sin pulir; vistiendo pantalones y adoptando un trato serio, quiso demostrar la importancia de fijarse en lo que se dice, no en quien lo dice. En ese tiempo creó poesía, fábulas en verso, tres obras de teatro, una novela y una zarzuela y escribió artículos de fondo en ‘La Iberia’, periódico liberal recién creado, en el que también colaboraba Fernando hasta que enfermó, cubriendo ella sus editoriales –muy elogiados por los lectores–, y tras su muerte, pero por poco tiempo, porque ese mismo año salió la Ley de Imprenta, en la que se exigía que ese tipo de artículos tenían que ir firmados. El director, a pesar de tener ideales liberales, no se atrevió a tener la firma de una mujer en ese espacio y la despidió.

Envuelta en un halo de tristeza, viuda, con dos hijos pequeños y sin trabajo, partió hacia Potes pueblo cántabro cercano a Armaño. Allí vivió aislada, recorriendo montes y valles, buscándose. Los vecinos la veían como una loca, y lo decían.  Sin embargo, todo dio un giro a raíz de la profunda amistad establecida con el joven músico Jesús de Monasterio, quien la animó a crear la rama femenina de las Conferencias de San Vicente de Paul, sociedad a la que él pertenecía, ella accedió, iniciando entonces un periodo luminoso en el que el acercamiento hacia los pobres, los enfermos y los encarcelados fueron su primordial objetivo como pensadora, escritora y trabajadora social. Sus escritos y conferencias ganaron todo el respeto y admiración, así como su persona.

En 1860 envió un ensayo con el nombre de uno de sus hijos a un certamen de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, el jurado se sorprendió de la brillantez del texto, nadie esperaba que fuera una mujer la autora. Hacia 1863 dejó Potes. Vivió en Madrid y Gijón. Continuó presentando ensayos a concursos que no siempre ganó, y que son considerados mejor, incluso, que este primero. Aun teniendo una salud debilitada, ejerció una gran actividad hasta el final, viviendo ya en Vigo, donde murió el 4 de febrero de 1893.

Reflejó en sus escritos la dureza de la realidad que observaba y reivindicó mejoras para la vida de los más desfavorecidos, exponiendo sus razonamientos con una excelsa claridad de ideas. Fue pionera en defender la igualdad entre géneros, abogando por que las mujeres salieran de las casas y del rol asignado, para formarse y participar en los diferentes ámbitos de la vida con mejores conocimientos. Fue creyente no practicante de los rituales y dogmas del catolicismo, y practicante de la máxima cristiana de amar al prójimo. Escribió numerosos ensayos con un pensamiento innovador, que buscaba el bien social desde abajo. Los pobres tuvieron en ella una firme defensora de sus derechos.

Fundó el periódico ‘La Voz de la Caridad’ para denunciar, sin que nadie la coaccionara, las degradaciones morales en los centros de beneficencia y prisiones. Creó la Constructora Benéfica, para que los obreros pudieran tener viviendas a bajo precio. Fue nombrada Visitadora de Prisiones por Isabel II, ejerciendo una soberbia labor, sin someterse nunca al poder. Siempre insobornable, denunció lo injusto y defendió lo justo. Dio ejemplo de lo que preconizaba, fue coherente.

Concepción Arenal nos dejó un enorme e importante legado escrito, magnífico trabajo donde la empatía reverbera, y donde lo espiritual junto a lo cotidiano y práctico generan un lazo tan fortalecido que es beneficioso recordar, como podemos ver en esta mínima muestra: “Presumimos de gigantes contando por estatura propia el pedestal en el que nos colocó la fortuna. Todos hemos formulado u oído formular ciertos cargos contra el pobre…; si en vez de decir el pobre dijéramos la pobreza, seríamos más exactos”.  “Es un error grave y de los más perjudiciales, inculcar a la mujer que su misión única es la de ser esposa y madre (…). Lo primero que necesita la mujer es afirmar su personalidad, independientemente de su estado”. “Abrid escuelas y se cerrarán cárceles”. “Se ha dicho: no hay salvación fuera de la Iglesia, nosotros decimos: no hay salvación fuera de la Ciencia”. “Las fuerzas que se asocian para el bien no se suman, se multiplican”. Aunque ser mujer y escritora le fue cerrando puertas, ella supo abrir otras nuevas, más humanizadas, y al hacerlo las fue abriendo para todas las mujeres, para todos los hombres.

 

 

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