Cerrar la puerta, por Maura Morés

Cerrar la puerta

Me aterra la idea de quedarme sin la guarida de mis anhelos y semillas, sin mi hogar. Siempre que veo Centauros del Desierto identifico esa modesta casa abierta a un desierto yermo y hostil al ser humano, el único techo y lumbre en muchas millas de polvo y almajos, como el verdadero hogar, tal y como lo es el mío y el de mis padres. Un escalofrío de ternura la atenaza a una cuando Martha Edwards, la madre buena y recta que fríe rosquillas, empuja la puerta esperando a un divisado Ethan y escudriña el horizonte arenoso, tostado, cubierta con un delantal de coqueta lazada, pulcra entre los límites de la honrada pobreza de los habitantes de frontera. Martha induce a un abrazo con aroma a azúcar, e imaginas sus manos limpísimas y siempre fragantes sobre la sudorosa dureza de su trabajo de mujer del Lejano Oeste; todas las madres de acero huelen bien. Y ese montón de ladrillos y madera es y será casa, hasta que la mancillan; porque hay una vajilla discreta pero bonita, mantas para combatir los rigores de la noche del escorpión, llamas acariciadoras, las esponjosas rosquillas que los hombres se disputan como infantes y un pellizco de tumbas que subrayan la propiedad del emplazamiento y le otorgan apellido.

Me gustaría que las tumbas de los que me precedieron se erigieran junto a mi casa. Es más casa tuya así, pues no te separas de los huesos que un día sentías bajo la ropa al abrazarles locamente, al apretarles los dedos de las manos con la esperanza de necesitarlos siempre y no crecer lo bastante como para desdeñarlos al cruzar los pasos de cebra. Seguramente, si dejáramos de condenar las sepulturas a figurar en espantosos cementerios extramuros de paredes con aspecto de dentadura postiza, sería posible sentirse más cerca del alma que dormita y que gracias a la lápida y a la memoria aún exhibe un nombre completo. Sólo queda de la casa de los Edwards finalmente, junto a la esperanza de un remanente físico encarnado en Debbie, un grupo de tumbas. Sin ellas, ya alberguen carne que se hará tierra o el suspiro de una hoguera, nada nos mantiene amarrados a un suelo apellidado, y eso es bárbaro y fétido.

Cuando no quede más que tierra que a duras penas se mantenga dentro de un puño, aún habrá un hogar, tal y como Escarlata O’Hara comprende cuando ya su padre le falta cotorreando exaltadamente a un lado, dueño de su caballo. La tierra le permite mantener en erección perpetua sueños de deseada opulencia, conservar a los allegados que deben roturarla y arrancarle flores, cobijar a una enemiga que la quiere, buscar un esposo, atacar a un carroñero, arrancar de un surco un lamentable rábano: seguir llamándose O’Hara.
Si mi piso desaparece como los de los palmeros castigados por un volcán indiferente, prodigio telúrico y desgracia de los seres de paso, ya sólo me queda un envoltorio para el esqueleto y los órganos. Porque soy las fotografías de mil encuentros y dulzuras de vida, los libros pagados con irritante lentitud, cada vaso que mi madre llamó ajuar, cada archivo del ordenador que rebosa gustos propios y óleos de la personalidad. Aquí hay mantas como en la casa de los Edwards, milagros del textil que han abrigado abrazos que se desearon interminables y confortaron cuerpos aovillados transidos de temor o abatimiento. Entre estas paredes estuve a salvo de tormentas de lluvia y de palabras maliciosas, y hasta aquí no penetró el pútrido calor extremo de la apoteosis del verano africano.

Una casa es refugio de noticias bellas y privadas, de tazas de té sanador y de sábanas para un matrimonio. El escondite de los tímidos y los que necesitan huir diez minutos de los fuegos y venenos de lo peor de la calle y la vecindad. Es la puerta que abre y cierra Martha, para dejar dentro, más allá del picaporte y la mirilla, los besos y llantos más arcanos. El santuario donde nunca entrará el hálito de la peor de las plagas ya que pintamos con sangre de cordero el dintel y las jambas. La cueva de los últimos secretos y confidencias y el lugar donde quieren morir los torturados en el hospital, arropados con esas mantas que saben a madre y a éxtasis. El pasillo que vigilan los cuadros de paisajes del pueblo y que se ha convertido por tanto en un fragmento más del poblado, pero sólo para nuestras piernas. Puertas, siempre puertas, que permiten relegar a un rincón los más sentidos vagidos. Ollas y cucharones necesarias en las noches de gozo o villancicos, pilas de prendas de ropa que llevamos puesta un día de besos significativos, la ducha que nos libra del estigma del vagabundo. ¡Solo paredes, dicen! Es tanto lo que pierden en La Palma y es tanto lo que perdió Ethan Edwards…

 

 

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