Caos educativo, por María Bernal

Si desde hace años no corren tiempos ventajosos para la educación, ahora con la toma de decisiones inentendibles y repentinas, esta se ve abocada al sumo fracaso.

La última decisión de la ministra de Educación ha sido decretar, en contra de la Carta Magna, que ahora se podrá titular sin límite de suspensos. Y para lavarse las manos y quitarse el marrón de encima, ha delegado competencias en las autonomías; una forma de hacer política a la que nos tienen muy acostumbrados todos los representantes de este país, incluidas las autonomías, las cuales en lugar de trabajar para los ciudadanos, parecen hacerlo en contra de ellos al no escuchar y satisfacer las necesidades que los expertos reivindican. Y cuando se dan cuenta de que la jugada no les va a salir, piden responsabilidad al gobierno central.

Prescindir del compromiso y de la responsabilidad que hay que tener para ser la máxima autoridad de un sector es la manera más negligente de actuar: yo me lo guiso pero no me lo como. Que cada consejero o consejera  actúe según su criterio supone un problema grave para la calidad de la educación: son  diecisiete maneras de actuar que en algunas comunidades provocan una nefasta gestión a expensas del mínimo coste para el sector público.

En otras palabras, hay una realidad manifiesta: un caos educativo y alarmante en el que advertimos medidas de seguridad inexistentes, una enseñanza semipresencial para la que no hay medios pertinentes que puedan controlarla con efectividad y la negativa a contratar al personal docente que demanda la comunidad educativa. Ahora bien, se siguen concertando bachilleratos y destinando dinero a la escuela privada. ¿Hay o no dinero?

Y ante este escenario desolador, a Celaá se le ocurre la maravillosa idea de que hay que premiar más el trabajo dentro y fuera del aula, antes que una simple prueba objetiva. Es decir, los maestros y profesores estamos rompiéndonos los sesos para enfocar nuestra materia de la manera más flexible, así como programando a diestro y siniestro por lo que pueda pasar, para que ahora se les regale el título a los chavales. Pero, ¿no se dan cuenta de que los estudiantes son demasiado hábiles y optarán por abandonar unas materias y salvar las necesarias para titular como ya están haciendo en Secundaria?

La educación pasa por un momento bastante crítico. Este sector también está en la UCI, y aunque esta expresión sea una simple metáfora, es cierto que se identifica plenamente con lo que estamos viviendo: no hay calidad porque no hay una gestión que se adapte al día a día del aula. Y no hay una gestión coherente porque de la misma manera que los alumnos trabajan bajo la ley del mínimo esfuerzo, nuestros políticos actúan bajo la ley del mínimo ingreso.

Y luego están los padres. No todos, pero sí la mayoría. Ahora sí se han echado las manos a la cabeza con todo lo relativo a la educación de sus hijos. Sin embargo, el desprestigio y la decadencia de la escuela pública empezó a producirse con los severos recortes que allá por el 2012 hizo el PP para reducir el déficit público.

Ya no se acuerdan de que el gobierno de Rajoy no escatimó al recortar 10.000 millones de euros en Educación y Sanidad, además de las privatizaciones que se llevaron a cabo. Triste, ¿verdad? Pues es una herencia amarga que ahora nos toca soportar.

Por aquellos años, mientras que la marea verde reivindicaba los derechos de los docentes y de los alumnos para que no decayera la escuela pública, hubo padres que se callaron y se conformaron ante la decisión de Rajoy, se quedaron en sus casas cuando nos manifestamos por la implantación de la Lomce de Wert y les pareció estupendo que sus hijos estuvieran sin profesor hasta un mes hasta que se cubría una baja.

Sin duda, la base de todo este escenario de quejas, de oportunidades para titular y de decisiones incongruentes es la ignorancia. Celaá no entiende que su decisión no vale en un siglo en el que los niños son educados para vivir como reyes a pesar de no tener ni oficio, ni beneficio. Ahora no se trabaja de la misma manera que lo hacíamos antes. Celaá no es consciente de que trabajan lo justo y menos. Celaá no conoce la frase estrella de nuestros adolescentes muy recurrente en clase: “¿Trabajar? ¡Qué pereza, profesora!”

Estas generaciones, que están más pendientes del bailecito del Tik Tok, de La isla de las tentaciones y de retransmitir las veinticuatro horas del día todo lo que hacen por Instagram, no pueden ser dignas de títulos que a otros tanto os y nos han costado conseguir.

Desde el ministerio y desde las autonomías se debería reflexionar sobre esta precipitada decisión; se debería escuchar a la comunidad educativa; se debería invertir más dinero para nuestro sector, tan esencial y necesario. Si entramos por el aro, habrá muchas personas incultas, incompetentes e incapaces de ser autónomos.

¡Qué no muera la educación por la que tanto estamos luchando! Porque un país sin educación está predestinado a no tener futuro, ya que para los que se encargan de gobernar seremos presas fáciles de cazar, y en consecuencia, de obedecer sin más.

 

 

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