Cádiz, a través del prisma de José Antonio Vergara Parra

Cádiz

Sólo una vez he estado en sus entrañas y aún así nunca me fui del todo. Algo de mí quedó atrapado entre espumas y riberas. Le extraño cada día y me duele  no verla de nuevo. Por sus calles anduve y en sus plazas detuve mi alma, para girarla y sorprenderme a cada paso. Su mar, antiguo, enteramente atlántico y no menos mediterráneo, bendijo mi frente. Su brisa, vigorosa e insolente, alborotó mis canas para redimirlas de absurdas mazmorras.

No fui un extraño; sólo uno más, entre gentiles que van y vienen. Pedí un cortado para llevar y, sentado en las escalinatas de su catedral, la vida se detuvo ante mí; con toda su belleza, con toda su maravillosa normalidad. Eso es lo que vi y eso es lo que me apaciguó profundamente; la sencillez y mansedumbre de sus gentes donde nadie es oriundo ni forastero. Sentado frente al mar, en espera del eclipse solar, miles de viajeros, de mil lugares diferentes, éramos uno porque en Cádiz no hay raleas ni linajes que valgan. Así me lo pareció y eso fue lo que definitivamente me sedujo. Cádiz, sempiterno testigo  de culturas y credos dispares, se revuelve contra su nombre pues, antes que una ciudad cercada por el mar, es un paraíso abierto a almas dispuestas y radicalmente iguales.

Debe ser eso. Que sus piedras saben latín e irradian sabiduría a quienes las acarician con las yemas de los dedos. Cádiz, que fue fenicia y romana y bizantina y visigoda y musulmana y, finalmente, cristiana pero, ante todo, ecuménica pues toda hostilidad claudica a su encantamiento. No debe ser azaroso que allí, en el Oratorio de San Felipe Neri, la hispanidad gritó hasta desgañitarse. Tal fue el clamor y tal su grandeza, que el viento la llevó en volandas, surcando el Mar de Atlas hasta amerizar en aguas hermanas. No es posible entender España sin Sudamérica, que allí comparecimos con nuestra gloria y con nuestras sombras. Como no es posible entender a España sin Cádiz, donde su finísimo cordón umbilical alimenta a la península y no al revés. Allí, una España en apuros dejó dicho que “el amor a la patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles, y asimismo el ser justos y benéficos”

En ella todo es mar; los guijarros de sus casas y la arena que  amalgama sus sillares, su cielo turquesa y los vientos en salmuera que purifican cuanto abrazan. Aquello fue mar antes que tierra y Cádiz, en algún tiempo olvidado, emergió tal cual es ahora. No puede ser de otra manera.  Siempre estuvo ahí, bajo el mar, aguardando la oportunidad para dibujar un pequeño apéndice geológico donde la Hispanidad morará hasta el final de los días. Ínsula de plata con ínfulas de patria humilde y apañada. De plata, como su luna, como su aura mágica y protectora. Anchurosa pese a ser chica porque allí se condensa lo mejor de España y lo mejor de América.

No sabría decir si la Tacita es la ciudad más bella del mundo pero nunca resudé un panegírico con tanta facilidad y tanta verdad.  No recuerdo haber sentido semejante reposo como cuando la viví.

 

 

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